– ¿Se la llevará? -inquirió Jilly.
– Hummm… hummm -masculló Rory, y la miró a los ojos-. Vivo cerca de San Francisco y dentro de unas semanas abandonaremos definitivamente el sur de California y Caidwater.
La distancia entre ambos era tan corta que Rory se quedó fascinado por la piel de la joven.
– Da la sensación de que está deseoso de irse. -Jilly tragó saliva-. ¿Qué pasa? ¿En la casa hay fantasmas?
Rory enarcó las cejas.
– Tal vez -respondió lentamente. Quizá la casa estaba poblada por los fantasmas de los escándalos y las traiciones de sus antepasados-. Será mejor que no hablemos de ese tema.
Kincaid vio que la joven volvía a tragar saliva.
– ¿De qué le apetece hablar?
Un montón de pecas diminutas, de un tono apenas más dorado que el de su cutis, besaba los pómulos altos de Jilly.
Besaba… ¿Por qué demonios pensaba en besos justo ahora? No se le ocurrió nada mejor que prestar atención a la boca de Jilly. Al igual que el resto de su persona, de convencional no tenía nada. El labio inferior era grueso, casi parecía hinchado, mientras que el superior presentaba una ligerísima inclinación. En realidad, esa muchacha ambiciosa tenía infinidad de sensibles terminaciones nerviosas. Era injusto que Jilly poseyera esa melena alborotada, unos pechos voluptuosos y, por añadidura, una boca hecha para besar.
Mejor dicho, para que él la besase.
Medio excitado, Rory notó que otro flechazo ardiente salía disparado hacia su entrepierna.
Paseó la mirada a su alrededor y reparó en que estaban totalmente solos. Era imposible que Iris o un teleobjetivo los pillasen. Aquella era una oportunidad a prueba de desastres. Esa idea repentina lo desconcertó. Rory Kincaid, que por regla general era la personificación de la sobriedad y la responsabilidad, solo pensaba en robar un beso.
Mejor dicho, solo pensaba en robar un beso a una mujer tan menuda y deliciosa como Jilly Skye. Aquella criatura no se parecía en nada a las bellezas calculadoras e interesadas que solían despertar su interés. Era una mujer bromista, que se presentaba a trabajar con una fiambrera y una combinación alucinante de curvas exuberantes y peligrosas.
¿Qué riesgo suponía un beso? Sobre todo, teniendo en cuenta que Jilly estaba hecha para ser besada y porque la electricidad volvía a aumentar, las chispas encendían el aire entre ambos a pesar de que solo rozaba la rótula de la muchacha con el interior de su muslo. Rory se inclinó.
Jilly se echó hacia atrás.
Kincaid estuvo a punto de esbozar una sonrisa; la posibilidad de besarla le resultaba cada vez más apetecible, pese a que era tan absurdo como antes.
– ¿Por qué se aparta?
Rory estiró la mano y liberó la melena de Jilly del pasador. La joven no se movió cuando sus indomables rizos se desparramaron sobre sus hombros.
El hombre cogió un sedoso mechón entre el pulgar y el índice. Tironeó con delicadeza, por lo que Jilly se inclinó, aunque mantuvo quieta su boca perfecta. Rory recordó el tic nervioso que la llevaba a moverla y se alegró de que en ese momento no estuviese alterada.
Jilly se humedeció los labios con la lengua y Rory estuvo en un tris de decirle que ya lo haría él, pero como eso requería demasiado tiempo, inclinó la cabeza y la dirigió hacia la húmeda y deliciosa boca de la joven.
– No creo que le apetezca hacer lo que está a punto de hacer -declaró Jilly.
Rory se contuvo.
– Por muy extraño que parezca, creo que me apetece. -Tuvo que reconocer que, pese a ser muy poco habitual en él, ansiaba saborear sus labios-. ¿Y a usted?
Jilly abrió desmesuradamente los ojos.
– Hummm… No lo entiende. Esta fecha… hoy es un día poco propicio para nuevas relaciones -se apresuró a añadir.
– ¿Cómo dice?
La mirada de la muchacha se tornó nerviosa, pero sus labios siguieron siendo tentadoramente húmedos.
– He dicho que es un día poco favorable para emprender nuevas relaciones.
Rory rió ligeramente.
– ¿Quién lo dice?
– Bueno… verá… mi carta astral. Consulto a una astróloga que interpreta diariamente mi carta.
De repente Kincaid se puso serio.
– Me toma el pelo.
– Claro que no. -Jilly miró hacia otro lado-. Soy acuario, nací el diecisiete de febrero.
– Yo cumplo años el mismo día. -Casi sin darse cuenta, las palabras escaparon de los labios de Rory.
– Pues ya lo ve. Estoy segura de que también para usted es una fecha poco favorable para nuevas relaciones. Si quiere, pediré a mi astróloga que elabore su carta. ¿A qué hora nació?
Rory parpadeó. La energía estática aún chisporroteaba entre ellos, sus bocas estaban tan cerca que el aliento de Jilly le hacía cosquillas en la cara y a la mujer no se le ocurría nada mejor que preguntarle a qué hora había nacido. ¡Cartas astrales… condenada astrología!
En realidad ¿de qué demonios se sorprendía? Al fin y al cabo, estaba en la tierra de lo disparatado e imprevisible. Estaba en Los Ángeles. Esa realidad lo caló como si le hubiesen arrojado un cubo de agua fría.
La electricidad entre ambos echó humo y cesó.
Rory soltó el tirabuzón de Jilly, se apartó y gritó:
– ¡Iris! ¡Es hora de irse!
Kincaid se dijo que también había llegado el momento de recuperar la sensatez.
Cuando Iris subió a la canoa, Rory remó velozmente en dirección al cobertizo. Debía preparar la reunión con los políticos. A decir verdad, tendría que estar agradecido a Jilly y a su reticencia provocada por la astrología, ya que le quedaba muy poco tiempo y un beso podría haber desencadenado un retraso inexplicable o el desastre que tanto temía.
Sí, debería estar agradecido.
Sin embargo no lo estaba porque, mientras regresaban, el temor a que ocurriera algo malo volvió a caerle encima como una asfixiante mortaja.
Aminoró el avance de la canoa cuando el cobertizo, el carrito de golf y la cascada quedaron a la vista. Paseó la mirada por la espalda de Jilly, que se mantenía recta y con aspecto sereno gracias a la blusa blanca.
De repente sintió otro impulso en su interior; un capricho surgido de una emoción que ni siquiera reconoció y que tal vez tuvo que ver con la impotencia de no haberla besado o con que estaba hasta la coronilla de esperar que ocurriese lo peor. Intentó controlar esa peligrosa inspiración, realmente se esforzó, pero fue algo precipitado, irracional e irrefrenable.
El temerario impulso lo dominó, lo llevó a remar más allá del carrito de golf y del cobertizo y a seguir avanzando. Iris chilló encantada cuando Rory bordeó la cascada.
Jilly lo miró por encima del hombro y le dirigió una mirada sobresaltada, como si hubiera adivinado qué se proponía. La salpicadura había cubierto su melena con gotas de agua que semejaban joyas y su boca tentadora parecía decir que no, pero Rory estaba dispuesto a que sucediera.
– No creo que sea capaz -murmuró Jilly.
Hacía un mes, una semana e incluso una hora, Kincaid no se habría atrevido, pero el estanque para canoas y el recuerdo del niño que había sido y que había jugado en esas aguas lo habían vuelto osado. Quizá la fiambrera de Perdidos en el espacio lo había puesto en contacto con el niño que llevaba dentro. Esa sí era una magnífica excusa basada en las chorradas psicológicas del sur de California.
Para no hablar de su certeza visceral de que, actuara como actuase, algo saldría mal.
Una voz le susurró al oído esa deliciosa tentación: «Supéralo de una vez por todas. Vamos, deja caer por su propio peso el condenado yunque».
La idea le pareció endiabladamente buena, ya que era el modo más rápido de acabar para siempre con su temor.
Dio dos fuertes remadas y a la tercera atravesaron el manto de agua fría. Iris rió, el agua repiqueteó como mil bailarines de claqué con los zapatos mojados y cuando salieron al otro lado los tres estaban calados hasta los huesos.