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Rory se mostró muy ufano y su satisfacción ni siquiera desapareció cuando aproximó la canoa a la orilla. Jilly no pronunció palabra. Para no correr riesgos, Rory evitó mirarla durante el viaje de regreso en el carrito de golf. Sin duda, la joven esperaba una explicación lógica y racional, pero no podía decirle nada que tuviese sentido. De todos modos, se alegró de haber resuelto personalmente el problema del yunque que pendía de un hilo.

Cuando estaban a una distancia que les permitía avistar la terraza trasera de la residencia, la satisfacción se esfumó en el acto y Rory tuvo la sensación de que el alma se le caía a los pies.

¡Maldición! Vislumbró una colección de trajes. Al igual que en su premonición, el equipo de estrategia del Partido Conservador, que probablemente incluía al «contundente» Charlie Jax, había llegado antes de lo acordado y lo esperaba en la terraza. Miró a Jilly de reojo y se le escapó un quejido. ¡Vaya con la ropa ceñida y empapada! El remojón había vuelto prácticamente invisible su blusa blanca y podía ver el adorno de encaje del sujetador y la redondez de sus extraordinarios pechos, que parecían querer escapar.

El cuerpo de Rory se tensó y comenzó a sudar.

– Rory, ¿quiénes son? -preguntó Iris, y señaló al grupo con trajes oscuros.

Jilly se apartó de la cara un mechón de pelo empapado y ondulado y enarcó las cejas interrogativamente.

– Son las personas con las que tengo una reunión. Es un equipo formado por políticos. -¡Dios mío…! Él e Iris parecían focas pasadas por agua y Jilly la sirena voluptuosa que los cuidaba. No tenía nada que ver con la imagen de rectitud que el Partido Conservador esperaba de sus candidatos. Apartó la mirada de los senos de Jilly y añadió-: Teníamos una reunión importante y… y yo soy un idiota. -Aunque no lo dijo, pensó que era un idiota cachondo.

Jilly lo fulminó con la mirada.

– Estoy totalmente de acuerdo.

Kincaid se estremeció. ¡Maldición…! ¿Qué se le había pasado por la cabeza? Aunque en su momento le había parecido inevitable, ahora resultaba evidente que sus actos eran una verdadera estupidez. Se pasó la mano por el pelo empapado. La culpa era de las decisiones equivocadas y de las malas ideas que había tenido desde su regreso a Caidwater. En general era muy listo, muy controlado y no se inmutaba ante nada… ni ante una cara bonita… ni ante un cuerpo descomunal.

– Quiero que me escuche -se apresuró a decir a Jilly-. Mi futuro está en manos de esos hombres. Piensan nombrarme candidato al Senado y…

– Ya lo sé -lo interrumpió la mujer, y arrugó el entrecejo, como si la idea le provocase mal sabor de boca.

Rory no hizo caso de su expresión.

– Es fundamental que les cause la mejor impresión posible.

– Pues creo que seco habría quedado mucho mejor -comentó Jilly con todo el sarcasmo del mundo.

¡Buen golpe! Evidentemente, en ese momento la joven no le sería de gran ayuda, pero lo cierto es que tampoco podía censurarla.

Decidido a salvar la situación, Rory miró hacia la amplia escalinata que conducía a la terraza y a los miembros del equipo, al tiempo que su mente buscaba excusas y explicaciones.

– Tiene que haber alguna manera de arreglarlo -musitó. En caso contrario, los estrategas del Partido Conservador le darían una patada en el culo y lo obligarían a abandonar la candidatura. De repente se le ocurrió algo-: ¿Qué le parece lo siguiente? -Se detuvo y se volvió para mirar a Jilly y a Iris-. ¿Y si digo que os salvé de ahogaros?

Jilly puso los ojos en blanco.

– Responderemos que es un grandísimo mentiroso. Iris, ¿estás de acuerdo?

La niña sonrió, se refociló y replicó:

– Diremos que es un grandísimo mentiroso.

Rory esbozó otra mueca de contrariedad.

– Vale, está bien. ¿Qué os parece si…?

– ¡Greg! -gritó Iris repentinamente, y miró por encima del hombro de Rory.

Kincaid se volvió. Al parecer, mientras él se dedicaba a crear problemas, su hermano había regresado inesperadamente a Caidwater. Greg bajaba la escalinata de la terraza e iba hacia ellos.

Iris pasó como un suspiro junto a Rory. El actor sonrió y se preparó mientras la niña iba a su encuentro y se arrojaba a sus brazos; cuando se encontraron la estrechó con todas sus fuerzas.

Rory se acercó más despacio y Jilly caminaba detrás. Vio que Greg daba un abrazo de oso a su tía.

– Hola, bichito -dijo Greg, y besó la coronilla mojada de la pequeña. Luego miró a Rory con expresión dubitativa-. Hola, hermano.

La sonrisa de Greg se amplió cuando clavó la mirada en Jilly.

Rory puso cara de pocos amigos al recordar la blusa transparente y esos pechos inolvidables. Su hermano no tenía por qué mirarlos. Para no hablar de la forma en la que Iris había recibido a Greg, mientras que a él lo trataba fatal.

Desvió la mirada y su expresión de contrariedad fue en aumento. Como se encontraba más cerca, pudo ver las expresiones de los miembros del equipo del Partido Conservador y sus caras de sorpresa al reparar en las curvas mojadas y provocadoras de Jilly.

Abrió la boca, deseoso de encontrar una explicación mínimamente plausible, pero de sus labios no brotó una sola palabra.

¡Maldición! En lugar de allanar inmediatamente el terreno con los políticos, Rory se quitó la camisa, la dejó caer sobre los hombros de Jilly y, pese a que tenía la intención de apartarse de ella sin decir nada, masculló:

– Póngasela. -La muchacha estaba tan irritada y se parecía tanto a un gato escaldado y a punto de bufar que Rory titubeó y murmuró-: Lo lamento.

Con el dedo rozó la nariz mojada y salpicada de pecas doradas de la joven. Suspiró y no dejó de mirarla mientras Jilly cubría sus fantásticas curvas con su camisa chorreante.

Claro que lo sentía, lo lamentaba profundamente porque, a pesar de todo, ese remojón fuera de lugar no había modificado ni resuelto nada. La oscura nube de la perdición volvía a cernerse sobre él.

Como lo único que le quedaba era intentar salvar la situación lo mejor posible, Rory respiró hondo y subió la escalinata al encuentro de los hombres de traje oscuro. Si la suerte lo acompañaba, el equipo pasaría por alto lo que acababa de ver.

Cuando se presentó y con su mano húmeda estrechó la de Charlie Jax, Rory se dio cuenta de que el director de la campaña era la clase de hombre que no hace la vista gorda ante nada. En realidad, sus ojos pequeños y oscuros escrutaron a Jilly, que subió los peldaños cubierta con la camisa de Rory y con una expresión indescifrable.

La cara delgada de Jax resultaba igualmente inescrutable.

– ¿Y esta es…? -inquirió el jefe del equipo de estrategia.

Alguien que, a partir de este momento, me comprometo a evitar, pensó Rory.

– Bueno, veamos… es… es una amiga. -Rory estuvo a punto de lamentar en voz alta su absoluta falta de tacto, pero se centró velozmente en su hermano y en Iris, que también subían la escalinata-. Quiero presentarle a Iris Kincaid y a mi hermano, Greg Kincaid.

Por suerte Greg tenía las manos secas.

– El actor -afirmó Jax.

– Exactamente.

Greg se adelantó y estrechó afablemente la mano del político, pese a la actitud notoriamente desaprobadora de Jax.

Rory saludó a los otros tres miembros del equipo del Partido Conservador e impostó una pesarosa sonrisa:

– Si me disculpáis, enseguida me reuniré con vosotros en la biblioteca y celebraremos la reunión.

Rory miró de forma significativa a su hermano, que afortunadamente captó el mensaje y condujo a Iris a la casa, por lo que se quedó junto a la chorreante Jilly. Cuando la cogió con fuerza del brazo se preguntó hasta qué punto estaría furiosa.

– Te acompañaré… te acompañaré a la puerta.

Claro que sí, lo mejor era que se fuese, reflexionó.