La voz de Charlie Jax los paró en seco:
– ¡Un momento!
Rory se volvió a regañadientes y murmuró:
– Te escucho.
Jax esbozó una débil sonrisa.
– No nos has explicado qué ha pasado. ¿Cómo habéis acabado tan… tan mojados?
Una palabra tan sencilla como «mojados» contenía infinidad de interrogantes. ¿Qué hacía Rory con una mujer como Jilly? ¿Qué hacía un mojado Rory con una mujer como Jilly?
– Ha habido… ha habido un ligero contratiempo -respondió, y no se atrevió a mirar a la mujer a la cara.
– Vaya, lo siento -dijo Jax. Esbozó otra sonrisa breve y cómplice mientras repasaba el cuerpo húmedo y sinuoso de Jilly-. Rory, debemos cerciorarnos de que estos episodios no son habituales. Es indudable que un ligero contratiempo como este podría resultar… tentador, pero el Partido Conservador tiene ciertas exigencias. En tu condición de candidato no podemos permitir que cometas la menor indiscreción.
Rory se obligó a sonreír y pensó que la amonestación había sonado fuerte y clara.
– Lo comprendo -reconoció.
Por supuesto que lo entendía. Una carrera política en ciernes, sobre todo una carrera en el seno del Partido Conservador para alguien que se apellidaba Kincaid, no necesitaba la complicación que entrañaba una mujer calada hasta los huesos, con un parche en los vaqueros en el que se leía «¡Desmelénate!».
El director de campaña estudió a Rory.
– En ese caso, estoy seguro de que en el futuro reducirás al mínimo tus contratiempos o serán más… privados.
¡Más privados y una mierda! Lo que Jax quería decir era que, en el futuro, bellezas provocadoras como Jilly estaban vedadas porque, de lo contrario…
Porque, de lo contrario, el Partido Conservador se replantearía la conveniencia del candidato escogido.
Rory asintió y agarró con más firmeza el brazo de Jilly, al tiempo que fingía no reparar en su delicioso cuerpo ni en su expresión totalmente impenetrable. Había llegado la hora de llevársela.
Esa mujer tenía que desaparecer de su vista… y de su mente.
En el instante mismo en el que la introdujo en la casa, Jilly se soltó, plantó los pies en el suelo y desapareció su expresión inescrutable. Rory pensó que quizá estaba un poco cabreada.
– No me gusta que me llamen contratiempo -se quejó acalorada.
Kincaid llegó a la conclusión de que estaba realmente cabreada, carraspeó y tomó la palabra:
– Verá…
– Y me gusta menos todavía si minutos antes esa misma persona me ha tirado los tejos, me ha obligado a atravesar una cascada y luego intenta hacerme pasar por una amiga. Soy una profesional…
– ¡Por Dios, ni se le ocurra repetirlo!
Jilly lo miró furibunda.
– Soy una profesional… una empresaria profesional.
Kincaid puso los ojos en blanco.
– La próxima vez dejaré que reparta su tarjeta de visita.
Jilly cruzó los brazos sobre el pecho. Rory pensó que no debía hacerlo, ya que así sus dotes alcanzaban proporciones imposibles de pasar por alto.
– Será mejor que no haya una próxima vez -espetó la mujer.
– Eso espero -replicó Rory ferviente y sinceramente.
Desde luego que esperaba que no hubiese una próxima vez.
Varias horas después de la reunión con el equipo de la campaña, Rory estaba sentado en la biblioteca, frente al ordenador portátil, con la mirada fija en el salvapantallas, que hacía rebotar una bola de color rojo brillante a través de un laberinto siempre cambiante. Cuando sus dedos encontraron el ratón y lo tocaron, en realidad ni siquiera sabía qué hacía.
Su mente estaba centrada en los últimos puntos que había repasado con Charlie Jax: básicamente otra ronda de severas indirectas. Acabar calado y medio desnudo en compañía de una mujer sensual y voluptuosa no tenía nada que ver con el estilo de los candidatos «serios y leales» del Partido Conservador.
El objetivo del partido era infiltrarse en Washington y dar una buena sacudida a la ciudad, respaldar a políticos profundamente éticos y que, en el terreno público, fuesen irreprochables. Ser un líder nacional volvería a significar algo honroso y positivo.
Mientras miraba distraídamente la pantalla, otra parte de su mente se conectó a internet casi sin darse cuenta de lo que hacía. El cursor recorrió la pantalla de navegación hacia el icono de favoritos. Clicó. Pulsó el botón del ratón y aparecieron las direcciones de los sitios que visitaba habitualmente, incluida una que no recordaba haber guardado.
Volvió a clicar y apareció otra pantalla.
Rió sin alegría. ¿Una dirección que no recordaba haber guardado?
Exactamente.
¿Por qué se engañaba a sí mismo? Lo que estaba viendo era la web de Jilly, y recordaba perfectamente que la había guardado. Desplazó el ratón por la pantalla y clicó.
La imagen volvió a cambiar y vio él interior de Things Past, ya que la webcam barrió lentamente la tienda. Rory se inclinó, apoyó los codos en el escritorio y el mentón en las manos y esperó. Por fin la vio.
Allí estaba Jilly.
Ya seca, la joven estaba sentada tras la caja y su posición era un remedo de la de Rory, ya que apoyaba un codo en el mostrador, la barbilla en una mano y su mirada era pensativa. No parecía cabreada como cuando se había ido de Caidwater. Mientras Rory la observaba, Jilly se mordió el labio inferior. En el acto los músculos de Kincaid se tensaron.
La situación era insoportable. Fuera o no un buen día para establecer nuevas relaciones, ni siquiera hacía falta que estuvieran en la misma canoa para que Rory desease saborear esa boca única, acariciar sus numerosas pecas y rozar esos pechos extraordinarios.
A pesar de todas las señales de alarma, esa mujer lo volvía loco.
Tal vez era la maldición familiar. Bien sabía Dios que los Kincaid siempre habían estado rodeados de mujeres que los desestabilizaban.
Tal vez Jilly Skye era su maldición, su perdición.
No, quedaba totalmente descartado permitir que esa joven lo afectase. La cólera volvió a dominarlo y tragó una bocanada de aire. Ya estaba bien, esa tía vendía ropa usada. Se vestía y se comportaba de forma estrafalaria, anormal e imprevisible, que era todo lo que detestaba de Los Ángeles. Y no podía olvidarse del Partido Conservador, la candidatura, el senador ni la oportunidad de convertirse en el Kincaid que llevase a cabo algo realmente digno de encomio.
La cámara se detuvo y volvió a recorrer la tienda en dirección contraria. Jilly levantó la mano y, distraída, la llevó a su indomable melena. Como si la tocara, Rory volvió a notar en la palma esa cabellera mullida. Cerró los ojos y fue incapaz de seguir engañándose.
Maldita sea, aquella mujer no le caía bien, pero la deseaba y, para ser sincero, nunca había sido capaz de rechazar lo que deseaba.
Capítulo 5
Dos días después de su regreso a casa, Greg Kincaid entró en la cocina y se topó con Rory que, sentado con los hombros hundidos, evidentemente estaba de un humor de perros o sufría un intenso dolor de cabeza. Desde su regreso de la gira promocional, Greg había notado que su hermano estaba cada vez más tenso y, nada más verlo, le preguntó:
– ¿Estás bien?
Rory se enderezó y automáticamente respondió:
– Estoy bien. ¿Necesitas algo?
Greg pensó que su hermano era incapaz de responder con una negativa y meneó mentalmente la cabeza. Rory siempre había actuado como el hermano mayor fuerte y responsable.
– ¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?
Rory masculló algo entre dientes.
– Tú no puedes hacer nada.
Greg esbozó su sonrisa más encantadora y preguntó:
– ¿Qué tal si te convenzo de que abandones esa historia de la candidatura al Senado?
– No empieces otra vez -advirtió Rory-. Ya he oído diez o doce veces tu opinión sobre el tema.
– Eres impaciente, autoritario y muy poco diplomático -declaró Greg en tono quedo.