Rory se masajeó la nuca y apostilló secamente:
– Caray, agradezco infinitamente tus comentarios.
– Pues esos son tus rasgos positivos -aseguró Greg, y se metió las manos en los bolsillos-. Supongo que podría imaginarte realizando sucios juegos políticos si durante los últimos diez años hubieses escalado posiciones en alguna corporación.
Lo cierto es que a lo largo de esa década Rory había creado su propia empresa de software y mantenido el estricto control de las riendas hasta que, seis meses atrás, la había vendido.
– El Partido Conservador desea poner fin a esa clase de juegos -puntualizó Rory.
¿Qué era lo que quería Rory? Greg suponía que solo existían dos razones por las cuales su hermano se planteaba la posibilidad de presentar su candidatura al Senado.
– Te aburres -afirmó, ya que consideraba que esa era la primera razón.
Rory frunció el ceño.
– ¿Por qué te opones a que me dedique a la política? ¿No quieres que el apellido Kincaid represente algo más que escándalos?
Greg se dijo para sus adentros que ese era el segundo motivo y se sentó frente a Rory.
– ¿Acaso no estoy colaborando en ese aspecto?
– Greg, los Kincaid ya han recibido varios Oscar.
– Está bien, está bien. -El actor ya sabía que su hermano no comprendía su pasión por la actuación, que lo había llevado a dedicarse a la misma profesión que su abuelo y su padre. Rory no respetaba el oficio porque tampoco respetaba a los miembros de su familia que habían sido actores-. Sabes cómo herir a la gente.
– Disculpa -dijo Rory, que no estaba en absoluto arrepentido-. ¿Dónde está Iris?
Ese era otro aspecto que Rory no entendía, ya que no sabía cómo tratar a la niña.
– La señora Mack se la ha llevado a hacer unos recados. Han dicho algo acerca de un helado.
– Ah…
Greg se llenó los pulmones de aire.
– En cuanto a Iris…
– No -lo interrumpió Rory tajantemente.
Greg volvió a respirar hondo para serenarse. Su hermano era terco como una muía y contrariarlo no serviría de nada.
– Rory…
– Greg, por amor de Dios, te aseguro que la estoy salvando. Por si no lo recuerdas, de pequeños vivimos aquí. Nos criamos en Los Ángeles y nuestro padre era actor. ¿Quieres que le ocurra lo mismo? ¿Es lo que verdaderamente deseas para Iris?
Se trataba del mismo argumento que Rory mencionaba cada vez que Greg se refería a la tutela de la niña.
– Rory, yo no soy como nuestro padre.
Rory se limitó a mirarlo con expresión tensa.
Greg se sintió impotente y apretó los puños. Detestaba discutir con su hermano. Desde la más tierna infancia, Rory lo había cuidado y lo había criado, por lo que merecía su lealtad, pero ahora de lo que intentaba hablar era de salvar la infancia de otra persona.
– Rory…
– Déjalo de una vez.
Furibundo, Greg se puso en pie, apoyó los nudillos sobre la mesa y gritó:
– ¡Maldita sea, Rory!
Rory entornó los ojos y, como evidentemente tenía ganas de pelea, también se puso en pie.
– En realidad, lo que te gustaría es mandarme a la mierda. -Con la mirada encendida y el mentón tenso, el hermano mayor se inclinó sobre la mesa.
Greg retrocedió sobresaltado. Aunque era cierto que, en el fondo, era un hombre autoritario e impaciente, generalmente Rory se mostraba muy sensato y reservado. La cólera y esa postura eran tan descontroladas y atípicas en Rory que su impotencia y su ira se esfumaron en el acto.
– Olvídalo -dijo Greg, suspiró y volvió a sentarse.
Se dijo que hacían falta tiempo y paciencia. Confiaba en que el tiempo y la paciencia desenmarañasen la situación ya que, cuando se ponía de ese humor, Rory era inflexible. Algo se había apoderado de su hermano. Greg se lo achacaba al Partido Conservador, aunque quizá también tenía que ver con Jilly Skye. Había visto que, con tal de no encontrarse con ella, Rory daba complicados rodeos por la casa.
Fue entonces cuando se acordó de algo y preguntó:
– Ayer, antes de irse, ¿Jilly no te preguntó si podía llevarse un vestido negro?
A la hora de la comida, la empresaria había seguido a Rory hasta la cocina y, sorprendido e interesado, Greg había sido testigo de cómo el aire chisporroteaba entre ellos. No estaba seguro de si se irritaban o excitaban mutuamente o de si se trataba de una peligrosa combinación de ambos fenómenos.
Ante la mera mención de la joven, Rory volvió a sentarse y su expresión se tornó ilegible.
– Sí que me lo preguntó. Quería mostrarlo en un desfile del fin de semana.
– En ese caso, seguramente se lo olvidó, ya que está en la mesa de la entrada.
Rory masculló.
Greg pensó que, evidentemente, su hermano mayor no quería pensar en esa mujer ni hablar de ella. Sonrió para sus adentros y le entraron ganas de meterse con Rory. Era tan raro verlo descolocado y se mostraba tan terco con respecto a Iris que, en realidad, se lo merecía.
– Creo que deberías llevárselo -añadió Greg en tono indiferente.
Rory mordió el anzuelo.
– Ni lo sueñes -replicó con determinación-. Desde este momento hasta el lunes por la mañana estoy libre de esa chalada y de su disparatada ropa, y te aseguro que pienso disfrutarlo al máximo.
Greg enarcó las cejas con toda la inocencia del mundo.
– Entonces supongo que Jilly tendrá que venir a recogerlo. Te apuesto lo que quieras a que, puesto que ya está aquí, se quedará a trabajar unas horas. -Se rascó el mentón-. Me gustaría saber qué se pondrá. Me contó que acaba de comprar un vestido que Marilyn Monroe lució en Con faldas y a lo loco.
Rory se mostró tan asustado que Greg estuvo a punto de echarse a reír. Era genial ver desconcertado al imperturbable Rory. Alguien con un espíritu libre como Jilly, que no tenía nada que ver con las frías mujeres con las que su hermano solía relacionarse, era la espina ideal para traspasar la puritana piel de Rory.
Greg no tardó en reparar en las señales de tensión de su hermano, en su irritabilidad y su cansancio, y se apiadó.
– ¿Tienes la dirección de Jilly? Yo le llevaré el vestido.
Greg todavía sonreía al abandonar Caidwater. Nada más ofrecerse a llevar el vestido, tuvo la sensación de que Rory lo habría besado y llegó a la conclusión de que, pese al dilema que planteaba Iris, se alegraba de tener cerca a su hermano.
De repente su sonrisa se esfumó, pues se dio cuenta de que no le gustaría que el caos dejado por Roderick echase a perder la relación fraterna.
¡Maldito vejestorio…! Maldijo su persona y también su desmedido ego. Durante los últimos cuatro años, Greg siguió viviendo en Caidwater en compañía de Roderick y tanto uno como otro se negaron obstinadamente a compartir sus secretos. Claro que al final, maldita sea, había ganado Roderick, ya que había concedido la tutela de Iris a Rory.
La idea lo deprimió tanto que se obligó a no pensar en ella y se concentró en los guiones que el agente le había enviado la víspera. Si no lograba convencer a Rory y este se llevaba a Iris a San Francisco, necesitaría un nuevo proyecto para llenar el inmenso vacío que se produciría en su vida.
Iris había sido como su hija desde el día en el que nació.
Mejor dicho, lo había sido desde antes de que naciera.
Por otro lado, Greg no sabía con qué intensidad y hasta qué extremo luchar por la pequeña. Sin lugar a dudas, Rory sería una figura paterna responsable para Iris, pero ¿llegaría a entenderla y la querría como la cría merecía?
Greg comprendía perfectamente a Iris, la apreciaba y la quería con toda el alma.
De lo que no estaba tan seguro es de si perderla sería su castigo por los errores del pasado.
Como esas reflexiones también lo deprimían, decidió concentrarse en los guiones. El día anterior los había leído; el que más le interesaba se rodaría en Wyoming.