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Hasta entonces había interpretado papeles de «compinche», el típico personaje que nunca se queda con la chica. El que le interesó era parecido, pero incorporaba un elemento que le resultó muy atractivo: Ned Smith era el mejor amigo del héroe; era un domador de potros que a lo largo de toda la película sufría dolores crónicos muy intensos.

Sería un reto interesante y, según su agente, hasta era posible que se tratase de un papel decisivo en su carrera, pero solo lo conseguiría si podía interpretar con realismo a un hombre que sufría. Cuando tenía once años se rompió una pierna mientras esquiaba en Big Bear. Claro que esa fractura, así como algún que otro dedo aplastado jugando al vólei-playa, era toda la experiencia personal en la que podía basarse.

En cuanto llegó a FreeWest, Greg aparcó el Land Rover en un espacio libre que encontró a poca distancia de la tienda de Jilly. Echó un vistazo a su alrededor. Vio la tienda de preservativos, y en el cine de arte y ensayo de la esquina ponían una película de la que había leído varias críticas. El director era indio y, según decían, estremecía incluso al erotómano más rebuscado. Greg sonrió. Se dijo que votaría por su hermano a cambio de la posibilidad de ver su expresión cuando conociese el barrio en el que se encontraba la tienda de Jilly.

La imagen lo llevó a silbar una desenfadada canción que reservaba exclusivamente para los momentos más alegres. La larga tira de campanillas de la entrada de Things Past emitió sus notas musicales, pero Greg siguió silbando mientras recorría unos metros por el interior de la tienda, con la caja con el vestido en las manos.

No vio a Jilly ni a nadie, por lo que llamó:

– Hola… ¿Jilly? -En el fondo había una puerta y dedujo que conducía a un despacho, por lo que se dirigió hacia allí-. ¿Jilly? -repitió, y asomó la cabeza.

¡No…!

¡No podía ser!

A Greg se le paró el corazón y enseguida volvió a latir, aunque en realidad pareció dispararse, ya que emitió una apresurada ráfaga de estallidos.

– ¿Kim? -Greg tuvo la sensación de que no era su voz la que oía. La muchacha, sentada en la silla de la reducida oficina, se parecía a Kim. Vio el conocido tono dorado de su melena, aunque la mujer a la que miró fijamente lo llevaba recogido en vez de suelto. Reparó en la conocida delicadeza de su tez, tan diáfana y delicada como la de Iris. Se fijó en la familiar y conmovedora belleza del óvalo de su rostro. También experimentó la conocida y desesperada sensación de vergüenza que lo abrumaba cada vez que la miraba y la deseaba-. ¿Kim? -insistió.

Nunca la había visto moverse con tanta rapidez. Kim se levantó a toda velocidad, pasó como un suspiro a su lado, le rozó el pecho con el hombro y huyó de la tienda.

Greg no supo cómo volver a respirar, dónde tenía los pies o cuál era la salida de la tienda. Su corazón continuó disparando ráfagas irregulares.

Al percatarse de que Kim no volvería, Greg finalmente logró dar a sus pies la orden de moverse. Tardó una eternidad en regresar al coche porque cada medio metro hacía un alto para recuperar el aliento y, desesperado por volver a verla, escudriñaba calle arriba y abajo.

Kim no apareció.

Greg depositó la caja en el asiento del acompañante del Land Rover, sin recordar qué contenía o qué tenía que hacer con ella. De alguna manera encendió el motor, salió del aparcamiento y se dedicó a conducir. Si hubo semáforos, no los vio. Supuso que, si hubo peatones, se apartaron de su camino.

– Kim… -Pronunció su nombre de viva voz y notó una punzante cuchillada.

Se le hizo un nudo en el estómago y se acurrucó para aliviar el dolor, pero siguió notándolo una y otra vez; lo asaltaron pinchazos aguzados y lacerantes, y las lágrimas le quemaron los ojos.

Cuando recobrase la cordura, tal vez dentro de varios meses o, mejor aún, años, tendría que llamar a su agente. Después de todo, seguramente podría interpretar a un personaje como Ned Smith porque volver a ver a la primera mujer que había amado, a la única mujer que amaría en su vida, dolía lo indecible.

De camino a la tienda de Jilly, Rory condujo el Mercedes en medio de la luz crepuscular y del tráfico de finales de la tarde del sábado. La gran caja con el condenado vestido se encontraba a su lado, en el asiento de cuero. Pocas horas antes Greg le había dado una sorpresa mayúscula al entrar en la biblioteca y arrojar la caja sobre el escritorio sin dar más explicaciones. La cara tensa y pálida de su hermano lo había sobresaltado. Los ojos de Greg tenían un brillo que advirtió inmediatamente a Rory de que más le valía mantener la boca cerrada.

Por lo tanto, había vuelto a concentrarse en las pilas de papeleo que tenía sobre el escritorio. Se sumió en el trabajo y no prestó ninguna atención a la caja.

Mejor dicho, no se la prestó durante aproximadamente nueve minutos. Como una moneda en el bolsillo de un chiquillo, la caja se empeñó en que le hicieran caso.

Rory se convenció de que se trataba de una maniobra preventiva, ya que si Jilly iba a buscarla, Dios sabía cuánto tiempo permanecería en la casa, con lo que lo distraería y lo irritaría. Por consiguiente, cogió las llaves y se dirigió a West Hollywood. Tenía un recuerdo difuso de la zona en la que se situaba Things Past. Diez años atrás era una desastrada sucesión de bares, tiendas de artículos de segunda mano y casas de huéspedes. Supuso que ahora sería distinta.

Cuando giró por Freewood Drive, Rory se percató de que había cambiado radicalmente. El letrero de neón que atravesaba la calle de acera a acera se encendió justo cuando pasó por debajo y proclamó con llamativas letras azules: ¡FreeWest! Los signos de exclamación eran sendas palmeras de color amarillo verdoso.

Los colores deslumbraron a Rory. Hizo una mueca, bajó la mirada y observó el peculiar conjunto de tiendas y negocios. ¡Por Dios! Tatuajes y tarots, una tienda especializada en artículos de cuero para moteros y un club de baile que anunciaba que el sábado era para «Mover el esqueleto en la noche de las burbujas… que cada uno traiga su toalla».

Mover el esqueleto en la noche de las burbujas… Rory se preguntó qué demonios quería decir y meneó la cabeza. Se respondió a sí mismo que estaba en Los Ángeles. Debía reconocer que San Francisco, su ciudad de adopción, tenía su cuota de excentricidades, pero una comunidad de elegantes e irónicos europeos suavizaba los bordes chirriantes, del mismo modo que la niebla volvía más apacible el aire del norte del California.

En Los Ángeles todo era brillante como el neón, descarado y agresivo. Mientras aparcaba y se fijaba en el único artículo que vendía la tienda contigua a la de Jilly, la condonería, Rory concluyó que en Los Ángeles todo tenía que ver con el sexo.

El sexo fue en lo único en lo que pensó cuando avistó a Jilly en el fondo de la tienda. La noche había caído y los escaparates de Things Past estaban iluminados como la pantalla de un televisor. Rory paseó la mirada por el escaparate y la posó en la mujer que, con otra de sus indescriptibles vestimentas, se encontraba de pie junto a un perchero.

El cuerpo serrano de la joven estaba cubierto por una falda de color rosa intenso y chaqueta corta a juego. Un sombrero redondo del mismo tono cubría su cabeza y el velo que colgaba sobre sus ojos rozaba el tabique de su nariz impertinente. El atuendo tendría que haber resultado ridículo, pero cuando Jilly se inclinó sobre una barra y acomodó las perchas, Rory clavó la vista en su trasero redondo y pensó que era muy erótico.

¡Por Dios…! Se restregó la nuca. Tenía que afrontarlo. Daba igual que Jilly se vistiese como Janis Joplin o como Jackie Kennedy; en su caso, el cuerpo de la joven era el parque temático del sexo y ansiaba hacer cola para montar en sus atracciones preferidas.

Rory tensó la mandíbula, aferró la caja y bajó del coche. Decidió que le entregaría el vestido y se largaría. No era el momento de pensar en qué podría hacer si le regalaban una entrada para el parque temático.