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Después de todo, no eran tan distintos.

Descartó esa idea e intentó restar importancia al arrebato de admiración que experimentó por Jilly. Por muy paralelas que pareciesen sus historias, habían escogido mundos distintos e insalvables.

Rory se agachó para recoger la caja con el vestido y, al tiempo que se acercaba a la joven, explicó:

– He venido a traerle esta caja.

Jilly arrugó las cejas y de repente su expresión se animó.

– ¡El vestido! -Sonrió de oreja a oreja-. Muchísimas gracias. Ayer tenía tanta prisa por marcharme que lo olvidé por completo.

La joven avanzó hacia él con la boca entreabierta y los ojos brillantes. Extendió los brazos. Un lengüetazo de contrariedad retorció el vientre de Rory, que retuvo la caja.

– ¿Por qué ayer tenía tanta prisa por largarse?

– ¿A qué se refiere?

– ¿Tenía una cita u otra obligación? -indagó Rory. Jilly puso mala cara y cogió un extremo de la caja. Rory no la soltó-. ¿Qué me dice? -Jilly tironeó de la caja y Kincaid la mantuvo agarrada-. ¿Tenía una cita? -insistió.

La joven puso los ojos en blanco e inquirió:

– ¿Y usted? -Como Kincaid no soltó la caja ni respondió, la muchacha volvió a poner expresión de contrariedad-. Además, no estoy obligada a contarle mi vida privada.

Rory retuvo la caja porque consideró que era necesario que Jilly le contase su vida privada. Tenía que hacerlo porque, maldita sea, justo cuando quería pensar en ella únicamente como un objeto sexual, la joven le había mostrado su faceta más vulnerable, alguien que había sido una muchacha que no conoció a su madre hasta que abrió una puerta, alguien que se había quitado de la falda una pelusilla inexistente para que él no se percatase de que la muerte de la madre todavía la afectaba, alguien que se había hecho cargo de un negocio y lo dirigía.

Era más seguro pensar en ella exclusivamente como objeto sexual y, todavía más seguro si cabe, considerarla el objeto sexual de otro.

– Jilly, dígame si anoche tuvo una cita -solicitó Rory quedamente.

Ante el cambio de tono, la exasperación abandonó el semblante de la muchacha que, de todos modos, aferró la caja con más fuerza y levantó la barbilla.

– ¿Y usted? ¿Tuvo anoche una cita?

Una imagen apareció en la mente de Rory. Era de la víspera. Jilly estaba en la puerta de la biblioteca de Caidwater. Él hablaba por teléfono con Lisa, una mujer de San Francisco con la que quedaba de vez en cuando. Había intentado convencerla de que cogiera el primer avión y al llegar a Los Ángeles una limusina para desplazarse hasta Caidwater. Se comprometía a llevarla a cenar a Spago's siempre y cuando llegase antes de las cinco.

Kincaid entornó los ojos. En el transcurso de la conversación telefónica, Jilly había desaparecido y poco después estaba tan impaciente por largarse antes de las cinco que olvidó el vestido con el que ahora jugaban al tira y afloja.

– ¿Está celosa? -quiso saber Rory.

Jilly le dirigió una mirada demoledora.

– ¿De qué? ¿De quién? ¿De una mujer que llevó a Spago's?

Jilly dio un violento tirón, arrancó la caja de las manos de Rory y se dio cuenta de que acababa de delatarse. Le temblaron los dedos y tanto la caja como el contenido acabaron en el suelo.

Consternada, Jilly bajó la mirada y su rostro adquirió un rosa más intenso que el de su falda y su chaqueta. Ambos sabían que ella había escuchado esa conversación telefónica.

– ¡Mire lo que acaba de hacer! -protestó Jilly.

Rory se agachó para recoger el vestido e intentó no reírse. La chica estaba muy contrariada porque la había pillado. Pensó que debería decirle que no tenía la menor importancia, que él siempre había sabido que la atracción era mutua. No hacía falta un genio para deducir que el calor que generaban requería dos personas. A decir verdad, había llamado a Lisa simplemente para demostrarse a sí mismo que era capaz de pensar en una mujer que no fuese Jilly.

Cogió el vestido negro y fruncido de los hombros y lo sacudió al tiempo que lo levantaba. Sus miradas se cruzaron; en la de Jilly había una mezcla de engorro e interés. Kincaid volvió a contener la sonrisa y pensó que, ruborizada, Jilly era… bueno, era dulce y encantadora.

¡Por Dios!

Le extendió el vestido y pidió:

– Póngaselo para mí.

Jilly abrazó la prenda y la estrechó contra su cuerpo.

– ¿Qué ha dicho?

– Que se ponga el maldito vestido.

Dulce y encantadora… Rory se preguntó en qué estaría pensando. Esa clase de ocurrencias eran tan aterradoras como el hoyuelo. Debía recordar que esa mujer representaba un peligro, un desastre en potencia, su perdición, el símbolo de todo lo que podía salir mal si bajaba la guardia durante su estancia en Los Ángeles. Metería la pata si pensaba que ese bombón ambulante y pecaminoso no era letal.

Rory miró hacia abajo. El vestido era bastante escueto. En cuanto viese las carnes de Jilly recordaría perfectamente por qué no debía tocarlas, por qué no podía tocarla.

Se lamentó para sus adentros. Esperaba que la muchacha no le pidiese explicaciones, ya que todo eso tampoco tenía sentido para él, simplemente sabía que necesitaba que lo hiciera.

– Por favor -pidió, y suavizó el tono-. Quiero saber a qué viene tanto alboroto. -Claramente desconcertada, Jilly ladeó la cabeza. Kincaid decidió que no se permitiría pensar que la confusión de la joven también era dulce y encantadora-. Por favor -insistió-. Muéstreme por qué piensa que es tan especial este vestido.

Jilly pareció aceptar esa explicación. Con la prenda pegada al traje rosa fuerte, se dirigió hacia un par de probadores con puertas batientes.

– Estoy bastante segura de que esta prenda no es de vestuario cinematográfico -comentó Jilly, como si a Rory le interesase realmente-. Por otro lado, se parece a un vestido que podría haber lucido Audrey Hepburn.

Kincaid dejó de prestar atención en cuanto la joven entró en detalles y se concentró en su retirada tras la puerta. Jilly era tan baja que, en cuanto se quitó los tacones de aguja, su pelo rizado se volvió invisible y Rory solo pudo contemplar sus pantorrillas bien torneadas mientras se cambiaba de ropa.

Fue suficiente. Avistó fugazmente el tul rosa cuando la muchacha se quitó el sombrero. Su voz sonó más suave y Rory imaginó que apoyaba la barbilla sobre el pecho mientras se desabrochaba los botones de la chaqueta.

En el momento en el que la falda rosa se deslizó hasta el suelo del probador, a Rory se le disparó la sangre. Esa chica había logrado que volviera a pensar en la lencería. Los ojos prácticamente se le salieron de las órbitas cuando encima de la falda Jilly depositó un sujetador con adornos de encaje.

¡Santo cielo!

Esa exquisita divinidad sexual estaba a salvo de él y él de ella siempre y cuando solo sintiera lujuria por ella, lo que no podía permitir era que le cayese bien.

Tampoco podía tocarla.

Rory se cruzó de brazos y la observó mientras se ponía el vestido negro. Hasta el sonido fue provocador, ya que su frufrú se pareció a las peticiones roncas y susurrantes de la mujer durante un encuentro sexuaclass="underline" «Acaríciame ahí. Sí, exactamente aquí». Rory pasó el peso del cuerpo de un pie a otro e imaginó el timbre de la voz de Jilly, el calor de su piel, los rincones en los que querría que la acariciasen.

¡Esa mujer era puro sexo! Kincaid percibió el calor y el aroma de su sensualidad, que se deslizó por debajo de la puerta del probador y se coló por los batientes de la puerta.

Rory se dejó envolver por la sensualidad y la expectación, por los ardientes tentáculos de la tentación suave y perfumada. Las puertas del probador se abrieron lentamente y se quedó sin aliento.

Jilly salió. Aunque había mencionado a Audrey Hepburn, Rory pensó que ese vestido negro era lo que se pondría una bailarina: mangas minúsculas que caían desde los hombros, el corpiño que a la altura de la cintura se ceñía como una segunda piel y la falda larga, como una campana, que llegaba justo por encima de los tobillos.