¡Dios santo! Intentó tomar aire, pero los pulmones no le respondieron y supuso que el demonio debió de oírlo cuando deseó ver las carnes de la joven.
La piel suave y clara de Jilly estaba descubierta desde las muñecas hasta los hombros; a continuación venían esas mangas casi inexistentes y luego el generoso escote, que simultáneamente exponía y elevaba sus senos casi desnudos.
Rory no supo si encender un cirio para dar las gracias a Dios o persignarse en busca de protección.
Cuando la muchacha se volvió, Rory se quedó estupefacto. El vestido estaba desabrochado, por lo que pudo admirar la uve de piel clara de la espalda de Jilly, desde tres centímetros por encima de la cintura hasta los hombros. Recorrió con la mirada ese triángulo de desnudez y se detuvo en cada vértebra, desde la punta del pelo rizado hasta el comienzo de la curva de las nalgas.
– Necesito ayuda -dijo Jilly-. La cremallera se ha atascado.
Rory tragó saliva.
– En ese caso, quítese el vestido.
Pensó que ya había visto bastante, más que suficiente. La lujuria volvió a asaltarlo y tenía delante lo que deseaba. Más le valía guardar las distancias. Cualquier otra maniobra representaba un peligro.
Debía recordar que no podía tocarla.
– No puedo -reconoció la muchacha-. La cremallera está atascada en un punto en el que no puedo ponerme ni quitarme el vestido.
¡Lo que faltaba!
Kincaid tuvo la sensación de que era incapaz de mover los pies. Al cabo de una eternidad logró desplazarlos, si bien le pareció oír chasquidos al arrastrarlos por el suelo, que intentaba retenerlo para que no se acercase a la joven, a la que no debía tocar.
Rory se dijo que era una pena, pero la cremallera se había atascado, e intentó no poner en duda su sensatez.
Cuando el hombre se acercó, Jilly tensó los hombros y su voz sonó jadeante:
– Mueva la lengüeta un par de veces. En cuanto se suelte me apañaré sola.
– Como usted mande -murmuró Rory.
Al final se aproximó lo suficiente como para notar el calor que desprendía el cuerpo de la mujer. Rory se armó de valor, se acercó a la díscola cremallera y el ardor de Jilly le quemó los nudillos. Pensó en las mujeres con las que habitualmente compartía fragmentos de su vida. Eran mujeres altas y nórdicas, como Lisa, cuya elegante frialdad le gustaba derretir a cámara lenta. Claro que Jilly era distinta, ya que estaba ardiendo. Los representantes del Partido Conservador pondrían el grito en el cielo si supieran al tipo de fiebre que se exponía.
Al manipular la lengüeta de la cremallera, Rory le acarició el final de la espalda con un nudillo. Jilly se estremeció y la carne de gallina cubrió esa piel cremosa, clara y abrasadora.
Rory cerró los ojos para dejar de verla, manipuló con gran cuidado la lengüeta metálica y deseó que la condenada pieza se soltase de una vez.
Jilly lo miró por encima del hombro y preguntó:
– ¿Ha habido suerte?
Kincaid abrió los ojos y su suspiro agitó el tirabuzón de color café que caía sobre la sien de la muchacha. Pues no, no había habido suerte.
No había tenido suerte ni con la cremallera, ni con no hacer caso del ardor que despedía el cuerpo de la joven, ni con el dominio de su lujuria.
Con esos ojos verdes clavados en su rostro, Rory tampoco tuvo suerte a la hora de recordar que la chica solo era objeto de deseos picantes y ardientes más que un ser dulce y encantador.
Jilly se humedeció los labios con la lengua.
Rory llegó a la conclusión de que no había tenido suerte en absoluto.
– Jilly… -susurró, y se acercó a su boca.
En el exterior de la tienda un claxon sonó estrepitosamente.
La joven se sobresaltó, Rory también, y la combinación de sus movimientos hizo que la cremallera se deslizase.
Jilly avanzó un paso y Rory retrocedió otro. Sin atreverse a mirarlo, la joven echó a correr hacia el probador.
Rory Kincaid no pronunció palabra y se dirigió hacia la puerta de la tienda. Maldijo a los impacientes conductores de Los Ángeles, quitó el cerrojo y salió. Si no lo hubieran interrumpido, cualquiera que se hubiese tomado la molestia de mirar por el escaparate intensamente iluminado habría sido testigo de todo un espectáculo.
Rory ni se atrevió a pensar en lo que podría haber conseguido.
Greg se acercó a su hermano y comentó:
– Rory, será mejor que veas esto.
El mayor de los Kincaid estaba concentrado en la pantalla del ordenador y abrió la boca para pedir a su hermano que se fuera. Era lunes por la mañana y disponía de aproximadamente veinte minutos antes de que Jilly llegase y destruyera su capacidad de concentración. Dada su ausencia, el domingo había sido un día bastante tranquilo… siempre y cuando no tuviera en cuenta las tentadoras imágenes de la espalda desnuda de la joven, que aparecían incesantemente en su mente.
– Rory… -repitió Greg.
Se acercó a la pantalla plana de cincuenta y dos pulgadas que Roderick había instalado donde antes estaba la obra completa de Shakespeare encuadernada en cuero, cogió el mando a distancia, encendió la tele y seleccionó un canal. Con actitud misteriosa introdujo una cinta en el vídeo. En la pantalla parpadeó la palabra «Pillados» y apareció fugazmente el logotipo de Celeb! on TV. Una música pésima resonó en los altavoces Bose, situados en los extremos de la biblioteca.
Rory volvió a mirar la pantalla del ordenador.
– Oye, Greg, si te gustan los cotilleos, me alegro por ti, pero no tengo tiempo para estas sandeces.
– Rory, esto no tiene nada que ver conmigo.
Rory volvió a mirar la tele y la imagen que apareció en la pantalla fue como un puñetazo en el estomago. Se trataba de la imagen granulosa de una foto extraída de un fotograma, aunque no por ello le resultó menos conocida. En su mente había aparecido una y otra vez desde la noche del sábado: la espalda desnuda de Jilly.
Algo frío se deslizó por su nuca y la nube amenazadora con la que convivía pareció descender un poco más.
Se escurrió en la silla, cerró los ojos, los abrió y volvió a mirar la pantalla plana. Enseguida comprendió lo que había ocurrido. Se trataba de la webcam de Jilly, que había filmado su espalda. Dentro del alcance de la cámara también quedaron registrados los hombros de Rory y el momento en el que acercó las manos a la espalda de la joven. A pesar de la pésima calidad de la imagen, vio cómo temblaban sus condenadas manos, que parecían desvestirla.
Rory apretó los puños cuando Jilly lo miró por encima del hombro y su rostro quedó totalmente expuesto a la cámara. Su expresión se tornó soñadora y, al igual que en la escena que Rory había repetido mentalmente hasta el infinito, la joven se humedeció los labios al tiempo que hacía un mohín.
– ¡Joder! -exclamó el magnate.
– Es exactamente lo que pensará todo el mundo -coincidió Greg.
Rory frunció el ceño y preguntó:
– ¿Por qué se meten con Jilly? ¿Qué les puede…? -La respuesta fue como un segundo puñetazo en el estómago, ya que fue su nuca la que se inclinó hacia la desnudez de la espalda de la muchacha y hacia su boca; se estremeció, según recordaba por el bocinazo, y por fin fue su propia cara la que quedó totalmente expuesta ante la cámara-. ¡Joder, joder!
– Actividad que resulta todavía más interesante cuando el aspirante a candidato del Partido Conservador, precisamente el partido que quiere devolver el honor a la política, parece realizar la susodicha actividad ante los internautas. -Greg quitó el sonido cuando una mujer dentuda, evidentemente la presentadora del programa basura, ocupó la pantalla. Cambió de expresión y levantó el mando a distancia-. ¿Te apetece oír los comentarios?
Rory cerró los ojos y desechó esa idea repugnante.
– Te aseguro que imagino qué dirá. -Lanzó un quejido-. ¿Qué diablos puedo hacer?