Pensó en su compañero, el director de campaña Charlie Jax, y se lamentó un poco más. Ese hombre se lo cargaría y nadie lo censuraría. Los actos eróticos en la red no mejoraban la reputación de Rory ni la del Partido Conservador.
– Tendrás que actuar rápidamente -opinó Greg-. Me desagrada tener que dar malas noticias, pero ha sido la señora Mack quien me ha avisado de la existencia de este programa. También ha dicho que los periodistas se han congregado a la entrada de Caidwater.
Rory volvió a lamentarse.
– Por si eso fuera poco, Jilly llegará en cualquier momento. -El teléfono del escritorio empezó a sonar. Lo miró como si se tratase de una serpiente venenosa-. No lo cojas. Ah, dile a la señora Mack que hoy no responderemos a las llamadas telefónicas. -Miró a su hermano y, aunque tardíamente, apostilló-: Por favor.
La expresión de Greg fue de complicidad y de algo más, probablemente regocijo, por lo que Rory evocó cuando jugaban al escondite y a policías y ladrones y ambos podían correr a su antojo por una casa llena de adultos, en la que la persona más responsable siempre era a él.
Descartó los recuerdos y el resentimiento porque hacía una eternidad que no experimentaba ese regocijo juvenil y se levantó de un salto de la silla. Era imprescindible que actuara porque, sin lugar a dudas, Jilly estaba a punto de llegar a la mansión.
Capítulo 6
Rory se acercó a la verja del final de la calzada de acceso a Caidwater en el mismo momento en el que la furgoneta roja de Jilly intentaba abrirse paso en medio de los reporteros y los paparazzi arremolinados del otro lado. ¡Por Dios, el sur de California, la política y el apellido Kincaid los atraían como moscas!
Había dos clases de buitres: periodistas serios con chaquetas baratas y paparazzi jubilosos que vestían vaqueros y camisetas tan arrugadas que daba la sensación de que habían pasado la noche entre los matorrales.
Apretó los dientes cuando dirigieron sus cámaras, todas con un poderoso teleobjetivo que parecía tan monstruoso y amenazador como el ojo de un cíclope, hacia el coche de Jilly. Si los cristales no hubieran sido ahumados la habrían inmortalizado.
Por otro lado, el destartalado y llamativo coche rojo era bastante condenatorio.
Rory pulsó el botón y las puertas se abrieron, por lo que un periodista distraído sufrió un merecido golpe en el trasero. Kincaid se mantuvo en el interior de la calzada de acceso e hizo señas a Jilly para que entrase, sin hacer el menor caso de los chasquidos de los obturadores de las cámaras y de los gritos de los carroñeros que habían acudido a limpiar sus huesos.
– ¡Rory!
– Señor Kincaid, nos gustaría hacerle una pregunta sobre el Partido Conservador…
– ¿Qué opinión tiene de la pornografía en la red?
Sonaron risillas disimuladas.
Se preguntó con impaciencia qué esperaba Jilly para pisar el acelerador, ya que avanzaba centímetro a centímetro, por lo visto mucho más preocupada que él ante la posibilidad de golpear las rodillas de los periodistas o de romper sus cámaras.
Rory ya no pudo soportarlo y gritó:
– ¡Dejen de interponerse en el camino de la señorita!
Se percató en el acto del error que acababa de cometer. Había revelado que en el coche viajaba una mujer. Los congregados se apiñaron alrededor del coche, dejaron de centrarse en él y se ocuparon exclusivamente de la furgoneta de color cereza que en ese momento paró por completo.
Como Rory no era el único que podía cometer una tontería, Jilly bajó la ventanilla y asomó la cabeza.
El sonido de los obturadores fue ensordecedor.
La joven parpadeó consternada, su alborotada melena zigzagueó en todas direcciones y entreabrió los labios, que llevaba pintados del mismo tono que el vehículo. Paseó la mirada por los periodistas y cuando lo vio, musitó:
– ¿Rory…?
Kincaid fue hacia Jilly y se abrió paso en medio de la marea de reporteros que la rodeaban. A través de la ventanilla abierta vio que iba vestida al estilo de Annie Hall. Llevaba una corbata alrededor del cuello y un chaleco masculino con dibujos de cachemira rojos. Al reparar en que tenía los brazos desnudos, Rory se dijo con resignación que Jilly se había olvidado de ponerse una camisa.
La muchacha se movió para asomarse un poco más por la ventanilla y Rory reparó en la camiseta blanca sin mangas que lucía bajo el chaleco exageradamente grande. Pensó con resignación que era el detalle que faltaba: la camiseta era muy ceñida.
Suspiró y empujó con el hombro a un chico flaco que, por su olor, parecía que se dedicaba a revolver cubos de basura. No tuvo más remedio que reconocer una de las grandes virtudes de Jilly: nunca decepcionaba. Esa semana los lectores de la prensa sensacionalista encontrarían un buen regalo.
Los periodistas gritaron a voz en cuello, algunos pronunciaron el nombre de la joven y le hicieron preguntas sobre sí misma mientras otros lo hacían sobre sus ideas políticas. Rory intentó abrirse paso más rápido, ya que temía las respuestas de Jilly. Los paparazzi no dejaron de tomar fotos y cuando alguien pidió a Jilly que se humedeciese los labios, Rory detectó un rojo más intenso y fuerte que el tono de su pintalabios.
Kincaid utilizó el hombro como un jugador de rugby, apartó a ese imbécil de mente sucia y finalmente se detuvo junto a la portezuela del coche.
Jilly se mordió el labio inferior.
– ¿Qué pasa?
Rory meneó la cabeza.
– Tenemos que salir de aquí. -Lo cierto es que no había adónde ir. Estaban rodeados, los periodistas y los fotógrafos se encontraban tan cerca que a Rory le resultó imposible darle una explicación y, menos aún, abrir la portezuela de la furgoneta-. Vamos.
Kincaid introdujo los brazos por la ventanilla y cogió a Jilly de las axilas para sacarla del asiento del conductor.
La joven se echó hacia atrás, levantó el tono de voz y preguntó:
– ¿Qué pretende?
Sonó otra salva de obturadores.
– Jilly, tiene que cooperar -masculló Rory apretando los dientes.
No hizo caso de las protestas de la muchacha, volvió a cogerla, pasó su cuerpo ligero a través de la ventanilla y la sostuvo en brazos.
Entonces se dio cuenta de que estaban pegados, ya que los periodistas no estaban dispuestos a dejarle sitio para que la dejase en el suelo… ni siquiera para respirar.
Rory la acomodó junto a su pecho, apretó los dientes, se volvió, empujó a los allí reunidos con la espalda y se dirigió hacia la verja. Aunque se esperaba lo peor, hubo algo cuando lo vieron con aquella mujer en brazos que pareció modificar la actitud de los periodistas. Mientras trasladaba a Jilly andando hacia atrás para cerciorarse de que no los seguían, la agresividad de la prensa desapareció y ya no hubo preguntas a gritos.
Rory temía dejarla en el suelo y que Jilly intentase volver a su coche o fuera secuestrada por uno de los reporteros demasiado impacientes y deseosos de someterla a una entrevista exclusiva a corazón abierto. Quizá la joven también estaba asustada, ya que le rodeaba firmemente el cuello con los brazos.
El perfume suave y delicado de Jilly le llegó a los pulmones y, pese a la mirada furiosa de los periodistas, apreció las formas del trasero redondo de la muchacha. Por Dios, esa chica era sexy hasta las últimas consecuencias. Era la primera vez que estaba tan cerca de ella y tenía como testigos a treinta y pico personas desesperadamente interesadas en esa situación.
Todo eso sin mencionar a los miles o millones de personas que en el vídeo de internet verían lo que querrían.
¡Maldición…!
Rory se detuvo junto al botón que le permitiría cerrar la verja en los morros de aquellos intrusos. Movió a Jilly a fin de liberar un dedo con el que accionar el botón y su boca rozó sin querer la piel suave y ardiente de la sien de la joven.
Ardiente… Jilly estaba endiabladamente ardiente.
– ¡Oiga, Rory…!