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La voz sonó amistosa y, por algún inexplicable motivo, Kincaid miró en esa dirección al tiempo que se disponía a pulsar el botón.

El periodista esbozó una sonrisa cómplice, de hombre a hombre, e inquirió:

– ¿Tiene algo especial con ella?

Rory miró a Jilly con los ojos del periodista: los rizos indomables, aquella boca tentadora y sus exuberantes pechos. Le resultó imposible contener una sonrisa. No pudo evitarla porque tenía en brazos a la mujer más erótica y ardiente que recordaba. Apreciarlo no tenía nada de malo, sobre todo porque la suerte quedó echada cuando la webcam los pilló y porque ya había decidido cómo intentaría solventar ese desastre.

– Sí, por supuesto -replicó al sonriente reportero, sin apartar la mirada de la cara de sorpresa… mejor dicho, de desconcierto, de Jilly-. Tengo algo especial, algo realmente especial con ella.

A renglón seguido, como si fuera lo más natural del mundo y no lo hubiese planeado dos minutos después de ver ese condenado vídeo de Celeb! on TV, Rory bajó la cabeza y besó la tentadora y pecaminosamente roja boca de Jilly.

Los obturadores no cesaron de emitir chasquidos a la puerta de la mansión.

Ese sonido apenas llegó a los oídos de Rory. Se proponía darle un beso juguetón, casi de saludo entre amigos, pero los senos de Jilly rozaron suavemente su pecho y los labios resultaron tan calientes y dulces como el caramelo líquido. Insistió para catar otros sabores y Jilly reaccionó ante su ansia y se relajó lo suficiente como para que Rory le entreabriese los labios con una ligera presión de la lengua. Fue como el fuego.

Rory notó cómo le quemaba los pies y subía por sus venas cuando introdujo nuevamente la lengua en la boca de la mujer, que dejó escapar un gemido y le acarició la nuca con las yemas de los dedos.

Rory se hundió en su boca.

Jilly estaba al rojo vivo, por lo que el anhelo de Rory se volvió insaciable.

El sonido de las puertas al cerrarse puso fin al beso. Agitada, Jilly suspiró, miró a Kincaid y luego a los periodistas que se encontraban al otro lado de la verja. Con el dorso de la mano se secó los labios húmedos… los labios que Rory había humedecido.

– ¿Qué está pasando? -preguntó Jilly con voz ronca.

Rory deslizó el cuerpo de Jilly hasta dejarla en el suelo y la cadera derecha de la muchacha rozó dolorosamente su erección, por lo que ahogó un quejido. Hasta el más pequeño de sus músculos estaba duro como una roca.

– ¿Qué está pasando? -repitió la joven.

Pero sus músculos no estaban tan duros como duro sería comunicarle a Jilly la noticia del pequeño… problema que tenían que afrontar.

– ¿Ha dicho un pequeño problema? -Jilly saboreó las palabras porque era mejor que cogerle el gusto al beso de Rory, ese beso vertiginoso y exigente que perduraba en sus labios, que todavía no habían dejado de palpitar-. ¿A qué pequeño problema se refiere?

Rory se apoyó en el borde del escritorio de la biblioteca. Estaba guapísimo y exasperantemente tranquilo; vestía unos chinos y una camisa blanca, impecable y con las mangas arremangadas hasta los codos. Jugueteaba con una cinta de vídeo y daba la sensación de que ni siquiera recordaba que la había besado, lo que significaba que probablemente había olvidado el motivo por el que a última hora del sábado se había presentado en su tienda.

Perfecto, ya que eso también significaba que había olvidado que Jilly había hecho el ridículo al revelar que estaba al tanto de los planes que Kincaid tenía para la noche del viernes. Tal vez tampoco se acordaba de que ella había estado a punto de derretirse cuando le tocó la espalda.

Jilly dejó escapar un ligero suspiro de alivio. Se había sentido incómoda al delatar lo sensible que había sido al contacto de sus dedos y le alarmaba la reacción de Rory, que no pareció darse cuenta. Por lo visto, la joven no tenía de qué preocuparse.

Jilly arrugó el entrecejo. No tenía más preocupación que el «pequeño problema» al que su jefe se había referido.

– Está bien, Rory, explíquese.

Una extraña expresión demudó las facciones de Rory. Sin pronunciar palabra, se acercó al televisor y al reproductor de vídeo; colocó la cinta y en pantalla apareció Celeb! on TV y, poco después, la imagen de su espalda desnuda, las manos de Rory, su cara mientras lo miraba con una inconfundible expresión de deseo y, por último, los maravillosos ojos azules de Kincaid y sus exóticos pómulos.

– No puede ser -masculló Jilly, y lo primero que se le ocurrió fue negar lo que estaba viendo-. No puede ser… ¿Cómo diablos…?

– Su webcam -sintetizó Rory-. Supongo que se olvidó de apagarla, del mismo modo que esa noche se le olvidó echar la llave a la puerta cuando cerró.

¡Estúpida! Jilly se sintió culpable y se sonrojó. Rory tenía razón. Cuando cerró no se le había ocurrido desconectar la cámara y cuando él apareció su mente dejó de funcionar racionalmente. De su boca escapó un ligero quejido cuando en la pantalla volvieron a reaparecer las imágenes. Volvió la cabeza; no estaba dispuesta a ver nuevamente su expresión, que parecía pedir que la besasen.

– No, siga mirando -ordenó Rory.

En la pantalla apareció una rubia corpulenta que comenzó a lanzar especulaciones sobre lo que probablemente se disponía a hacer el célebre Rory Kincaid.

Los periodistas ya sabían que Rory pensaba echarle un polvo a Jilly Skye. La mujer pronunció su nombre en tres ocasiones y la describió como «vendedora de ropa usada».

– Querrás decir vendedora de ropa vintage -espetó Jilly a aquella rubia estúpida.

El cabreo le sentó bien, ya que era mucho mejor que el engorro.

Rory levantó una ceja.

– ¿Ha terminado de refutar las palabras de la rubia? -Al oír que Jilly suspiraba, Kincaid apagó el televisor y lo señaló ladeando la cabeza, al tiempo que añadía-: Ese es nuestro problema.

Jilly tragó saliva e intentó asimilar que el momento de intimidad que el sábado por la noche habían compartido en la tienda había aparecido en un programa de difusión nacional.

– Ah, eso -comentó, se encogió de hombros e intentó disimular su profunda incomodidad.

Rory volvió a levantar una ceja e inquirió:

– ¿Qué significa su respuesta?

La joven tragó saliva por segunda vez.

– ¿A quién le interesa? ¿A quién le importa lo que piensan los demás?

¡Ya estaba bien! Jilly se miró los pies y restó importancia al sofoco que sintió en su cara. ¿Cuántas personas habían visto su espalda y… peor aún, muchísimo peor, el ardiente deseo que sus ojos delataban al mirar a Rory?

Sin mencionar lo peor de todo: ¿él se había dado cuenta?

– A mí sí me importa lo que piensan los demás -replicó Rory en tono tenso.

Jilly levantó la cabeza. Kincaid se alejó del televisor y cruzó la alfombra oriental de color tostado.

La joven volvió a morderse el labio inferior.

– No ha ocurrido nada malo. En realidad, no hicimos nada -aseguró Jilly.

Rory la miró significativamente. La joven tuvo que reconocer que parecía que estaban a punto de hacer lo predecible pero, de todos modos…

– Nosotros sabemos perfectamente que no pasó nada. ¿Cuál es el problema?

– El problema consiste en que, en este momento, hay un montón de periodistas aparcado a las puertas de Caidwater. Antes hacían acto de presencia una o dos veces por semana; sin embargo estoy seguro de que ahora convertirán los próximos días en un infierno. -Le dirigió otra mirada colérica-. Dicho sea de paso, todo esto ha ocurrido gracias a su webcam. Si no recuerdo mal, usted dijo que la imagen no era muy nítida, que tenía una especie de pelusilla. Le estoy muy agradecido porque ahora esa pelusilla ha ensuciado mi vida.

La culpa volvió a asaltar a Jilly, que no tardó en entornar los ojos. Rory se había referido a un montón de periodistas. ¡Un momento…! Se cruzó de brazos y espetó: