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– Un momento, no soy yo quien ha dado rienda suelta a las especulaciones besándome en la entrada de su casa.

Sin dejar de andar, Rory la miró de soslayo y apostilló en tono incluso más tenso:

– Hágame un favor, no avive más el fuego. Ahí es donde empezó todo.

Jilly clavó su mirada en él. Al parecer, ese hombre le echaba las culpas, parecía pensar que era la responsablede no sabía todavía qué. Pues bien, ella no había tenido nada que ver con el beso.

– ¿A qué se refiere?

Kincaid se detuvo junto al ventanal de la biblioteca.

– Vamos, preciosa, sabe perfectamente que es una mujer ardiente.

Jilly abrió desmesuradamente los ojos.

– ¿Lo soy? -La joven volvió a preguntarse si lo era y si cabía la posibilidad de que Rory Kincaid, el principal protagonista de sus fantasías más voluptuosas, la considerase ardiente. Reprimió una sonrisa pero, de todas formas, esa sorprendente idea la entusiasmó-. ¿Me considera ardiente?

Rory volvió a andar de un lado para otro, como si ya hubiera respondido.

– Le propongo un trato. Entre nosotros hay algo especial. A fin de cuentas, es lo que preguntó el periodista… Quiso saber si era algo «especial». Me ha gustado. Nos ceñiremos a esa definición.

A pesar de que todavía estaba entusiasmada, la sorpresa dejó boquiabierta a Jilly.

– ¿Cómo ha dicho?

Kincaid estaba tan concentrado que no pareció oírla.

– Haré un comunicado explicando el despiste con la webcam. Diré que pensaba que estaba a solas con mi amiga… con mi amiga especial.

– ¿Hará un comunicado? ¿Qué es eso de amiga especial? ¿Es una descripción más favorable que la que hizo en presencia de aquel político adulador? -Jilly meneó la cabeza-. Francamente, Rory, ¿a quién le importa tanto lo que piensan los demás?

– Al Partido Conservador. Al partido le preocupa mucho lo que la gente piensa.

Jilly se quedó de piedra; de repente, todo cuanto Rory había dicho y hecho cobró sentido.

– ¡Pensé que se refería a un verdadero problema! -Furiosa, Jilly se acercó a él, se interpuso en su camino y puso fin a su incesante deambular-. ¡Una mierda! -Rory enarcó las cejas-. Dijo que teníamos un problema, que es algo que los dos tendríamos que resolver juntos, pero usted ya lo ha decidido todo, ¿no? Incluso antes de que yo llegase ya sabía qué quería hacer. ¡Comunicados, amistades especiales… y… y besos!

Rory le había dicho que era ardiente. ¡Ja! Jilly se dio cuenta de que era una mentira tan grande como el supuesto «problema». Lo había dicho para que bajase la guardia y así poder controlarla. No tardó en reconocer la estrategia, pues había vivido una infancia cargada de desaprobación y con la obligación de respetar determinadas reglas. Sabía perfectamente que Rory pretendía manipularla para hacer lo que fuera más conveniente para él.

La joven cruzó los brazos y declaró:

– No pienso seguirle la corriente.

Rory le clavó sus penetrantes ojos azules.

– Sí, lo hará -aseguró roncamente.

Jilly negó con la cabeza.

– No pienso hacerlo. Me da igual que provoquemos el mayor escándalo del mundo después del de Monica y Bill.

Rory aferró una punta de la corbata de Gucci que la joven llevaba y la acercó a su cuerpo.

– No habrá más escándalos en los que un Kincaid esté implicado, ¿me ha entendido? -preguntó entre dientes-. No quiero que nada ni nadie eche a perder mi nominación a candidato del Partido Conservador. Además, ¿quiere que la gente piense que se desviste ante cualquiera que entra en su tienda?

Jilly vaciló. Había una persona que, sin duda, pensaría como él. Había una persona que había tenido esa opinión de su madre y augurado que la propia Jilly seguiría sus pasos en el caso de que no acatase lo que se le decía.

Sigue las normas… haz caso de las monjas… vive una vida en blanco y gris… Control, control y más control, siempre con el pretexto de que «querían» lo mejor para ella.

– Me trae sin cuidado -repuso tercamente-. ¿Y qué si alguien piensa así?

Se preguntó fugazmente si Rory utilizaría la corbata para estrangularla, pero su jefe soltó la prenda de seda de primerísima calidad y la cogió de los hombros.

– ¡Maldita seas! -exclamó-. ¡Jilly, maldita seas! A mí me preocupa que alguien piense así y no permitiré que tengan esa opinión de ti.

Por algún motivo absurdo e inexplicable, el repentino tono de preocupación de Rory y que la tuteara la llevó a balancearse hacia él, momento en el que por la ventana entró un chispazo, como el reflejo de la luz del sol en el metal o el cristal. Jilly se sobresaltó e intentó apartarse.

Rory se lo impidió. La abrazó, la alzó hasta que quedó de puntillas, se acercó a su boca y ordenó roncamente:

– Prométeme que cooperarás.

En ese momento la joven vio la mirada intensa y penetrante del príncipe del desierto, el mismo que poblaba sus fantasías. El sol del Sahara calentó su piel y notó que la hebilla del cinturón de Rory le presionaba el vientre y sus poderosos muslos rozaban los suyos.

Tal vez por eso respondió que se lo prometía antes de que Rory le diese un impetuoso y placentero beso.

El beso terminó demasiado rápido porque alguien entró en la biblioteca.

– ¡Vaya! -exclamó Greg.

Cuando Rory y Jilly se separaron, Greg ya estaba a punto de salir.

– No te vayas -dijo Rory bruscamente-. Solo ha sido para los paparazzi entrometidos. He visto el reflejo del sol en un teleobjetivo.

Por segunda vez en poco rato, con el dorso de la manó Jilly intentó arrancarse un beso de los labios. Rory la había besado de cara a la galería. La joven se preguntó cuándo aprendería la lección.

Greg dirigió una sonrisa comprensiva a la joven, al tiempo que entregaba unos papeles a Rory y decía:

– Han llegado estos faxes para ti.

Jilly había visto el fax en el despacho del ama de llaves, situado junto a la cocina. Mientras Rory leía, Jilly retrocedió paso a paso, convencida de que era un buen momento para poner pies en polvorosa. Kincaid levantó la cabeza en el acto y ordenó:

– No muevas ni un músculo.

El tono autoritario le hizo sentir ganas de moverse o correr sin cambiar de lugar. ¿Por qué no dar algunas volteretas? Le habría gustado hacer algo que la obligase a mover todos sus músculos, pero se decantó por cruzarse de brazos y suspirar.

– Es un tipo muy dominante, ¿no te parece? -preguntó Greg, y sonrió.

Jilly se dio cuenta de que estaba ante un espíritu afín y también sonrió.

– Se parece mucho a Patton.

– ¿No crees que tiene más que ver con Sherman? -acotó Greg-. Lo digo por el tanque.

La muchacha fingió que reflexionaba.

– ¿Qué tal Schwarzkopf? No, retiro lo dicho, es demasiado simpático.

– En ese caso, MacArthur.

– O Maquiavelo.

– Si me permitís…

Ambos se volvieron inocentemente hacia Rory.

– Soy toda oídos -murmuró Jilly con voz empalagosa.

Rory abanicó los faxes.

– Lo de la relación especial queda excluido.

– Alabado sea el Señor -dijo Jilly en el acto-. Tendré que creer que algunas plegarias obtienen respuesta.

– En lugar de mantener una relación especial estaremos comprometidos.

Jilly parpadeó, miró a Greg y comentó:

– Ese hombre no acaba de decir lo que creo que ha dicho, ¿verdad?

Daba la sensación de que Greg intentaba disimular una sonrisa.

– Depende de lo que creas que ha dicho.

Lleno de impaciencia, Rory volvió a agitar los faxes.

– Ya practicaréis en otro momento vuestro numerito para El club de la comedia, ¿de acuerdo? Hablo en serio. Este asunto es muy serio. Tanto el senador como Charlie Jax me han escrito un fax.

Greg miró de soslayo a la joven y preguntó:

– ¿Te acuerdas de Charlie Jax? Me refiero al director de campaña Charlie Jax.

Era el político adulador. Jilly tragó saliva y pensó en las malditas ambiciones políticas de Rory.