Greg volvió a mirar a su hermano y suspiró.
– Supongo que ya han visto vuestra aparición en internet.
Rory se peinó los cabellos.
– Jax la ha visto y el senador hace caso de sus palabras. Me aconsejan que actúe sin más dilaciones. Quieren que haga algo para que la situación se vuelva respetable. -Bajó, tanto la voz que se volvió casi inaudible-: Por lo visto, dan por hecho que puedo hacer algo.
Jilly se acordó de su espalda al descubierto y de su anhelante mirada. Llegó a la conclusión de que la respetabilidad no era una opción factible, pero volvió a intentarlo:
– Rory, es tu problema, no el mío.
El aspirante a político la miró furibundo.
– Lo provocó tu webcam. Jilly, ya lo hemos hablado. Es nuestro problema, sobre todo si tenemos en cuenta la clase de tonterías que están difundiendo -apostilló, y le mostró uno de los faxes.
A desgana, Jilly dirigió la mirada hacia la hoja. Parecía la copia impresa de una columna de cotilleo que diariamente colgaban en la web. El apellido Kincaid aparecía a menudo y lo habían escrito en negrita. Ella también figuraba, junto a un montón de disparatadas y sobrecogedoras especulaciones acerca de la clase de mujer que era y el tipo de relación que mantenían.
– ¡Puaj! -exclamó disgustada, y devolvió rápidamente el fax a Rory, que se lo entregó a Greg.
– Greg, haz el favor de convencerla. Explícale que las cosas irán de mal en peor si no le pongo un anillo en el dedo.
– ¡Un anillo! ¿Para qué?
– Un anillo de compromiso. Solo será temporal, romperemos el compromiso en cuanto me vaya de Los Ángeles.
Greg dejó de hojear el fax y su mirada se cruzó fugazmente con la de Rory. Entre ambos sucedió algo, tal vez un intercambio de dolor o de humillaciones vividas.
– Jilly, en este caso estoy con Rory. Por mucho que me pese, decir que estáis prometidos os protegerá.
La joven se mordió el labio.
– No es posible que sea tan grave.
– Sí, sí lo es -confirmó Greg, y miró nuevamente a su hermano-. La situación puede ponerse mucho, muchísimo peor.
Jilly pensó en las fiestas decadentes que, según los rumores, se habían celebrado en Caidwater. Se acordó de las once esposas del abuelo y el padre Kincaid y de que, evidentemente, Rory quería algo distinto para sí mismo. Por último, fue sincera y reconoció que era culpa suya que la cámara los hubiese pillado, pero de todas maneras insistió:
– Me niego.
– Te lo suplico. En realidad, nada cambiará entre nosotros. Además, no olvides que lo has prometido -declaró Rory. Se puso muy serio y se cruzó de brazos-. Jilly, no permitiré que te ocurra nada malo. Me niego a aceptar que la prensa te haga daño con la manipulación de este asunto.
Jilly jugueteó con una punta de la corbata de Gucci. Protegerla suponía una actitud tierna y heroica, aunque sabía muy bien que tenía su contrapartida. Su abuela también había dicho que quería protegerla, pero gracias a esa protección no llegó a conocer a su madre y nunca volvió a ver el afecto desde la misma perspectiva.
La expresión implacable e imperativa de Rory le indicó que no tenía muchas opciones, razón por la cual le costó mucho más obedecer.
Lo único positivo de ese lío radicaba en la posibilidad de que, en el caso de que cooperara, Rory se sintiese en deuda con ella… aunque ante todo debía encontrar la manera de mencionar a Kim y a Iris. Tras ser testigo de la reacción angustiada de Kim cuando mencionó la intención de Rory de llevarse a la niña del sur de California, Jilly estaba más empeñada que nunca en reunir a madre e hija. Tal vez acceder a la petición de Rory haría que este se volviese más sensible cuando saliera en defensa de su amiga.
De repente Rory entornó los ojos y preguntó:
– ¿Hay algo más que deba saber?
Jilly se sintió culpable y dio un respingo.
– ¿A qué te refieres?
Sabía que era imposible hablar con claridad sobre las razones por las que estaba allí, sobre todo teniendo en cuenta que Rory consideraba que tanto ella como su webcam eran las culpables del contratiempo.
– ¿Ya estás casada? ¿Escondes en el armario un cadáver que podría salir y perseguirnos?
Jilly ahogó una carcajada y meneó la cabeza.
– No tengo marido. Por otro lado, te garantizo que el armario de Jilly Skye está bastante vacío.
De hecho, se trataba de un armario bastante nuevo porque, hasta los veintiún años, Jilly Skye había vivido como Gillian Skye Baxter. Era imposible conectar ambos nombres, ni siquiera podía hacerse a través de Things Past. Había hecho borrón y cuenta nueva con relación a su abuela.
– Entonces estás de acuerdo -concluyó Rory como si lo diera por hecho.
Jilly supuso que, al fin y al cabo, era lo mejor y dijo a regañadientes:
– Bueno, vale.
Rory ni se inmutó e inmediatamente se dirigió hacia el otro extremo de la biblioteca. Presionó el panel de madera trabajada, una puerta se abrió y la caja fuerte quedó al descubierto. Sin mirar marcó unos números en el teclado.
– Veamos, ¿qué te gusta como sortija de prometida? Roderick siempre tenía a mano un surtido de joyas femeninas. Elige, ¿rubíes, diamantes o esmeraldas? Esta última es mi piedra preferida.
Greg observó a su hermano mientras cerraba la caja fuerte y corría el panel de madera para colocarlo en su sitio. Jilly se retiró al ala este de Caidwater para ocuparse de la ropa de Roderick; al salir giró incómoda la sortija de esmeraldas que Rory había insistido en que llevase.
– ¿Sabes lo que haces? -preguntó Greg.
Rory se encogió de hombros y se volvió para hacer frente a la mirada de su hermano.
– Hago lo que hay que hacer. Ya has visto lo que han escrito. Ambos sabemos que todo empeorará a menos que Jilly y yo volvamos debidamente respetable nuestra relación.
Greg meneó la cabeza, pero decidió no preguntar si en una misma frase se podía mencionar a «Jilly» y las palabras «debidamente respetable».
– Es cada vez más complicado, ¿no? Me refiero a tu relación con el Partido Conservador.
Rory se tensó a la defensiva.
– Este tipo de atención no está relacionada con que sea un posible candidato, sino a mi pertenencia a la familia Kincaid.
Greg no tuvo más remedio que estar de acuerdo. El legado del apellido y del proceder tanto de su abuelo como de su padre se había cobrado su precio en ambos hermanos. En Rory había creado la obsesión de dar al apellido familiar un sentido algo mojigato e indefectiblemente intachable. Al recordar la preocupación de Rory de que Jilly ocultase algo, Greg se dio cuenta de que su hermano no conseguía librarse de su arraigada desconfianza cuando de mujeres se trataba. Estaba siempre en guardia ante la presencia de motivos ocultos. En cuanto a él, no conseguía librarse de…
No lograba librarse del recuerdo de Kim, del dolor del reencuentro, de la atroz pregunta acerca de dónde había estado y qué había hecho durante los últimos cuatro años.
Tampoco conseguía deshacerse de su persistente bochorno, lo que lo llevaba a plantearse y replantearse hasta el infinito la decisión de enfrentarse con Rory a causa de Iris.
La señora Mack entró en la biblioteca.
– Señor Rory, sé que hoy no quería recibir llamadas, pero se trata de Michael Riles. Tiene que ver con los centros comunitarios de tecnología…
– Cogeré la llamada.
Rory se acercó apresuradamente al teléfono del escritorio y adoptó una expresión de alivio e impaciencia. Greg meneó la cabeza y preguntó:
– Rory, ¿te das cuenta de la rapidez con la que te ocupas de un asunto como los centros comunitarios de tecnología en barrios marginales? Ese es tu próximo proyecto, olvídate de ir a Washington.
Rory hizo una pausa con el auricular en la mano.
– Lárgate, Greg.
– Es imposible que quieras ser senador.
– Greg, haz el favor de largarte.