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El actor sonrió a su hermano. Rory no se había defendido. De pronto su sonrisa se esfumó. Jilly había negado que hubiese algo más que Rory debería saber sobre ella, pero a Greg le resultaba imposible creer que el puro azar hubiera llevado a Caidwater a la propietaria de la tienda en la que Kim trabajaba.

Greg suspiró. Hacía poco más de cuatro años se instaló en Caidwater, supuso que transitoriamente, cuando un corrimiento de tierras destrozó su casa de Malibú. Fue entonces cuando conoció a la última esposa de su abuelo. En menos de un año esa mujer había desaparecido de su vida y desde entonces intentaba olvidarla, lo mismo que la historia que compartían. Había algunas cosas que él tampoco podía negar.

Una de ellas era el anhelo súbito e irresistible de dirigirse a Free West y entrar en Things Past, esa tienda cuyo nombre le resultó realmente paradójico: «Cosas del pasado».

Kim estaba en un rincón de la tienda y no apartaba la mirada del escaparate de la derecha. Un equipo de cine filmaba desde fuera; se mantuvo inmóvil tras la protección de un perchero con batas de los años cuarenta. En caso necesario, se esfumaría por la escalera trasera.

Aunque públicamente nada la vinculaba al negocio, ya que el acuerdo con Jilly era verbal a fin de quedar ambas a salvo del rencor de Roderick, lo cierto es que tampoco podía correr riesgos, ni siquiera aunque pensase que apenas se parecía a la jovencita que hacía años se había casado con él.

Estaba tan concentrada en las idas y venidas de los medios de comunicación que solo notó que alguien se había acercado cuando el aire se agitó a su lado.

Se sobresaltó.

– ¿Qué…?

Era Greg. Debió de franquear la puerta como si fuera de humo. A Kim se le heló la sangre, tensó los músculos de las piernas y se preparó para huir. Al final apretó los dientes y se obligó a quedarse quieta… a pesar de que Greg había vuelto a la tienda.

Permanecieron en silencio, simplemente se observaron; Kim tenía la esperanza de que su mirada no estuviese cargada de deseo. Experimentó un gran anhelo y se sintió deseada mientras asimilaba los cambios ocurridos en cuatro años.

Greg no se había convertido en un desconocido para ella desde su marcha de Caidwater. Durante ese período, había visto todas sus películas. Era uno de sus grandes secretos y uno de los pocos que no había revelado a Jilly.

Claro que ver a Greg en persona era algo muy distinto, diferente y, a la vez, angustiosamente igual. Estaban cara a cara, cada uno con su metro ochenta y dos, pero Greg tenía los hombros más anchos y el cuerpo más musculoso que cuando ambos vivían en Caidwater. Sus rasgos eran regulares, típicamente estadounidenses, distintos a las facciones exóticas de otros hombres de la familia. Aunque no transmitiera la sexualidad legendaria e irresistible de su abuelo o de su padre, Greg poseía algo que Kim valoraba mucho más: decencia.

Pese a que lo llevaba muy corto, su pelo castaño aún formaba ese remolino adolescente en la frente. Aquella Navidad, la única durante la cual estuvo casada, Kim bromeó con ese mechón ingobernable y le regaló una caja enorme llena de geles capilares y productos para domar el pelo. Con un pantalón de chándal agujereado y una camiseta rota del mismo tono azul que los ojos de los Kincaid, Greg se sentó en el suelo, junto al árbol, y rió hasta que las lágrimas cayeron por sus mejillas.

Quizá fue entonces cuando el marido de Kim, que no era otro que el abuelo de Greg, empezó a desconfiar.

La ex modelo tensó nuevamente las piernas y la intuición volvió a aconsejarle que huyera. Se dominó y no hizo el menor caso de las señales de peligro que emitieron sus nervios. Huir sería lo más fácil y lo fácil era aquello que se había prohibido.

– ¿Qué quieres? -preguntó a Greg.

Aunque solo emitió un susurro, Kim pensó que lograr hablar era toda una victoria.

La boca de Greg esbozó el fantasma de su tierna y torcida sonrisa. Kim se mordió los labios para disimular cómo le dolía el corazón.

– No lo sé -repuso el actor. Volvió a levantar una de las comisuras de los labios, pero en su mirada no hubo nada risueño-. No estoy seguro.

Kim desvió fugazmente la mirada y se armó de valor. Si Greg no lo sabía, todo dependía de ella. Necesitaba estar segura. Debía cerciorarse de que Greg no volviera a pisar la tienda. Tenía que asegurarse de que no volvería a verlo, salvo en el cine, en la primera sesión y en la golfa, cuando permanecía sola en su butaca y fingía que las sonrisas de chico bueno de Greg iban dirigidas exclusivamente a ella.

Al fin y al cabo, una mujer tenía derecho a soñar, aunque no mereciese nada más, ¿verdad?

– Yo…

– Yo…

Hablaron a la vez y se callaron. Greg le tendió una mano y Kim se replegó a toda velocidad.

– No.

¡Por Dios, claro que no! Greg no debía tocarla. No se lo había permitido ni siquiera cuando con la mirada le transmitió la desesperación de su corazón y la suya lloró por él.

Kim pensó que tal vez había usado un tono demasiado alto, ya que los pocos clientes del lunes por la mañana los miraban fijamente. Respiró hondo y se dirigió a su despacho, situado en la parte trasera de la tienda.

– ¿Por qué no vamos a un lugar menos público? -propuso la ex modelo.

En lugar de esperar una respuesta, se dirigió al despacho y rezó para que, en el momento decisivo, el valor no la abandonara y echase a correr a través de la puerta trasera.

Los nervios y el miedo siempre le habían jugado malas pasadas. Cuando tenía dieciocho años y su padrastro la dejó en las calles de Hollywood con excelentes notas y solo quince créditos para obtener el diploma de la escuela secundaria, Kim siguió su camino e hizo exactamente aquello para lo que su padre siempre había dicho que servía: entregó su cuerpo joven y su belleza rubia a cambio de la seguridad y el dinero que un hombre podía proporcionarle.

Claro que no lo hizo con cualquiera, desde luego que no. Kim llegó a un acuerdo con un icono hollywoodiense de ochenta y cinco años, acuerdo que, en su momento, le pareció fantástico. Cabía la posibilidad de que, después de todo, su padrastro se sintiese orgulloso.

Para ser sincera, accedió al matrimonio con intención de ser lo que Roderick deseaba: una esposa joven, bella y capaz de demostrar que él todavía podía satisfacer a una mujer, que aún conservaba la virilidad.

Supuso que, a cambio, alcanzaría la seguridad que ansiaba desesperadamente. Dijo el «sí, quiero» sin remordimientos de conciencia y no se le pasó por la cabeza pensar que renunciaba al matrimonio por amor. Desde luego, tampoco pensaba que Roderick estuviera enamorado de ella. Porque lo cierto es que no lo estaba. Nadie la había querido nunca, y a los dieciocho años ya no esperaba que alguien la amase.

Por eso se entusiasmó tanto con el embarazo. ¡Por fin alguien a quien querer y que la querría!

Descartó esos pensamientos dolorosos y comprobó que, milagrosamente, había logrado llegar a su despacho. Tomó asiento ante el escritorio e indicó a Greg que hiciese lo propio del otro lado. El actor permaneció de pie, con las manos hundidas en los bolsillos de los vaqueros, y paseó la mirada por la pequeña habitación.

– Terminaste la escuela secundaria -comentó mientras observaba el diploma enmarcado.

Hacía tres años que Jilly se lo había dado como regalo de «graduación».

– Es el diploma de educación general básica.

Greg se inclinó para estudiar otro cuadro y Kim lo observó atentamente. Le gustaba su pelo corto, que parecía espeso y cálido, y se preguntó si era sedoso. Sus manos jamás lo habían rozado; mejor dicho, ni sus manos ni sus mejillas ni su boca habían estado cerca y jamás lo estarían de la cabellera de Greg.

El actor se volvió para mirarla.

– ¿Tienes un título de informática?

Greg no se mostró sorprendido y la ex modelo se lo agradeció de corazón, aunque solo para sus adentros.

– Sí. En junio sacaré el de bachiller con especialización en ciencias. También creo páginas web.