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Kim esperaba que no se notase lo orgullosa que estaba, ya que Greg era perfectamente consciente de sus limitaciones y probablemente opinaba que no merecía estar tan contenta con lo que hacía.

– O sea que, aparte de estudiar y trabajar en la tienda, ¿también te dedicas a crear páginas web? -Greg pareció sorprendido y tal vez un poco impresionado.

– No trabajo en la tienda, soy socia -replicó y en el acto lamentó haber pronunciado esas palabras… por incontables razones.

– Socia… -repitió lentamente el actor-. ¿Eres socia de Things Past? Eso no ocurre de la noche a la mañana.

Kim apretó los puños. Greg acababa de señalar con el dedo una de las incontables razones por las que tendría que haberse callado. El actor volvió a mirar el diploma de informática. Kim supo qué buscaba en ese certificado de un centro de estudios local.

Greg se volvió bruscamente.

– Siempre has estado aquí -afirmó.

No hizo falta que pronunciase esas palabras como si fueran una acusación.

– Sí -confirmó Kim.

Greg levantó una mano y la dejó caer nuevamente a un lado del cuerpo.

– Pensé… siempre supuse… Roderick dijo que abandonaste Los Ángeles y que fuiste a Las Vegas… o tal vez mencionó Phoenix.

– Sí -repitió Kim, poco dispuesta a contarle que no había tenido suficiente dinero para llegar tan lejos.

Greg estaba en un rodaje fuera de Los Ángeles cuando Roderick le dio a Kim los papeles del divorcio. Greg solo permanecería fuera cinco semanas y, durante su segundo día de ausencia, Roderick dijo serena y discretamente a su esposa que se largase. Kim estaba dando el biberón a su hija; Roderick había hablado por teléfono con el sheriff por si se negaba a marcharse sin armar jaleo.

Por lo visto, Greg había supuesto que Roderick proporcionó a Kim lo necesario para iniciar una nueva vida, cuando lo cierto es que la expulsó de casa; solo se llevó una maleta pequeña y el dinero que llevaba en el bolso. Su billetero contenía diecinueve dólares con veinticuatro centavos.

En aquel momento Kim se rió amargamente. Diecinueve dólares con veinticuatro centavos: los diecinueve representaban sus años, y los veinticuatro los de Greg.

El actor se pasó la mano por los cabellos.

– Dado que has estado aquí, podrías haber visto a…

– ¡No! -Por algún motivo fue incapaz de oírle pronunciar el nombre de su hija-. Roderick… el acuerdo prematrimonial…

– Kim, lo sé perfectamente -admitió Greg con suavidad-. Roderick me habló de lo que firmaste. -Kim asintió. Había sido tan ingenua y estúpida que ni se le ocurrió leer el acuerdo prematrimonial. Greg volvió a tomar la palabra-: Lo que quería decir es que podrías haberme visto.

La ex modelo se quedó tan estupefacta que se limitó a mirarlo.

Una expresión demudó las facciones de Greg; Kim no se atrevió a definir qué era. Al cabo de unos segundos el actor le volvió la espalda.

– Kim, te busqué. Te busqué en Las Vegas, en Phoenix y en otras ciudades.

¡Vaya! Kim volvió a morderse los labios y notó sabor a sangre. ¡Greg la había buscado!

Kim no hizo caso del nudo que tenía en la garganta. ¿Por dónde había buscado a la Kim de hacía cuatro años? ¿La había buscado entre las coristas o entre las camareras? ¿Había buscado a una mujer comprada por otro vejestorio acaudalado?

En ocasiones aún se odiaba a sí misma.

– Greg, tienes que irte. -Kim concentró todas las fuerzas que le quedaban en el tono de voz-. No quiero volver a verte. -Tragó saliva y repitió la frase-: No quiero volver a verte nunca más.

Greg se volvió tan lentamente para mirarla que Kim tuvo la sensación de que moría cuatro veces antes de reparar en los estragos que sus palabras habían causado. Los huesos del rostro del actor parecían descarnados y tenía la mirada como perdida.

– Antes de irme tendrás que darme una explicación. Hay algo que no comprendo. -La muchacha aguardó; de momento era incapaz de dirigirse a ese rostro bello y descarnado-. Quiero saber qué pasa. ¿Por qué está Jilly en Caidwater? ¿Qué tiene que ver con Rory?

Jilly… Rory… Kim tuvo la sensación de que su corazón chocaba con las costillas. ¡Por Dios! Se aferró al borde del escritorio como si pudiese arrancar respuestas al plástico revestido de madera. Se había quedado tan fascinada al encontrarse de nuevo con Greg que no estaba preparada para esa pregunta.

Greg podía echarlo todo a perder. Si ponía sobre aviso a Rory antes de que Jilly encontrara la manera de hacerle entender su posición, lo más probable era que no volviese a ver a su hija.

Se levantó tan bruscamente que la silla cayó al suelo.

– Por favor, Greg. -Se le quebró la voz-. Te suplico que no digas nada a Rory ni a Jilly. A ella jamás le he contado que… que… ni siquiera le he dicho que tú y yo nos conocemos. Te prometo que Jilly y yo no pretendemos hacer daño a nadie.

No sabía si Greg la creía, ya que su expresión era pétrea y sus ojos parecían fragmentos de hielo azul. ¡Dios santo!

Kim tragó saliva e insistió:

– No hacemos nada malo. Te lo ruego, Greg. -Se dio cuenta de que su desesperación era perceptible-. Por favor, por favor, no digas nada.

La expresión de Greg se volvió aún más gélida… si eso era posible.

– Recuerdo haberte oído pronunciar exactamente las mismas palabras. Fue hace cuatro años.

Kim se aferró a ese comentario y no hizo caso de la severa expresión del actor.

– Y tú no dijiste nada. Hace cuatro años guardaste silencio.

Kim estaba embarazada de seis meses cuando Greg pronunció su nombre desde el otro extremo de la biblioteca de Caidwater. La joven levantó la mirada del libro y en el acto percibió los sentimientos de Greg y su intención de confesárselos, pero estaban en casa de su abuelo, ella era la esposa de su abuelo y en su vientre crecía un hijo de su abuelo. Pensó que expresar aquellos sentimientos solo serviría para torturar un poco más a Greg. Mejor dicho, a ambos. Tanto entonces como ahora el silencio era lo más adecuado.

Presa del pánico, Kim avanzó hacia Greg, pero chocó con el escritorio. Bajó la cabeza, miró el mueble como si hubiera surgido de la nada y volvió a fijarse en el azul brillante de los ojos del actor.

– Jamás dijiste una palabra a Roderick ni a nadie sobre… sobre nosotros. Tendría que habértelo agradecido.

Greg la observó con la mirada vacía y negó con la cabeza.

– ¡Mierda, Kim! -Su tono transmitía dolor, confusión y, sobre todo, una cólera inconmensurable-. ¿Tendrías que habérmelo agradecido? ¿Crees que ahora tienes que agradecérmelo? ¿Crees realmente que tienes que hacerlo? -El actor echó a andar rápidamente hacia la puerta, pero cambió de parecer y se volvió poco a poco para añadir en tono cansino-: No sufras. Por los… guardaré tu secreto por los viejos tiempos.

Kim lo vio partir con el corazón acelerado por el pánico. Otra vez los secretos… Estaba harta de tantos secretos.

Capítulo 7

Sentada en un rincón del bar Beans & Leaves y rodeada de algunos de sus miembros preferidos de la asociación de comerciantes de FreeWest, Jilly observó el poso de su taza de té Cosmic Comfort, suspiró y se dio cuenta de que intentaba ganar tiempo.

La asociación de comerciantes se reunía el último viernes de cada mes a las siete de la mañana para discutir los problemas comunes. En su condición de secretaria de la asociación, Jilly era la encargada de levantar acta de la reunión; jamás faltaba a los encuentros. Hacía casi una hora que Ina, la presidenta de la asociación y propietaria del gimnasio dedicado al método Pilates, situado en la esquina de Freewood y la calle Cuatro, había puesto fin a la reunión depositando enérgicamente su taza sobre la mesa.

– Guapetona, ¿te pasa algo?

Jilly alzó la vista hacia el otro lado de la mesa y se topó con la cálida mirada del doctor John, su buen amigo. El doctor John medía dos metros y la apodaba «guapetona» desde la primera vez que la vio.