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– Bueno, ya sabes… -Jilly intentó sonreír y levantó la mano para rascarse la ceja. Un aro de oro atravesaba la piel de ébano de un extremo de la ceja izquierda del doctor John. Cada vez que lo veía le entraban ganas de rascarse-. Tiene que ver con el agotador trabajo que hago en Caidwater.

Como sabía que podía confiar en sus amigos, hacía varios días que les había contado la verdad sobre el «compromiso» del que Rory había informado a los medios de comunicación. No le quedaba más remedio que reconocer que en ese aspecto tenía razón. El interés periodístico había disminuido, sobre todo desde que Rory precisó que la fecha de la boda aún no estaba decidida. De vez en cuando Jilly se topaba con los reporteros, pero hasta entonces había logrado evitarlos.

El doctor John abrió desmesuradamente los ojos y el aro de oro que le atravesaba la ceja pareció subir.

– ¿Llevas retraso?

Jilly se rascó la zona de la nariz que le picaba.

– No, con la ropa he hecho grandes avances. -El pequeño diamante que el doctor John lucía en una fosa nasal captó el brillo de la lámpara y titiló. Jilly volvió a frotarse la nariz-. Se trata de otra cosa.

El problema era que, a pesar del anuncio del compromiso, con Rory no había progresado. Al tratar de evitar que algún teleobjetivo espía y provocador de besos la pillase en su compañía, también había esquivado al magnate propiamente dicho.

Jilly se rascó el labio superior y miró al doctor John con actitud especulativa.

– ¿Qué harías para conocer a un hombre?

El rubio sentado a su lado lanzó una carcajada.

– Guapetona, no creo que sea la persona más adecuada para responder a esa pregunta. Ya sabes que el doctor John es un hetero convencido.

Jilly se movió en el asiento y sonrió a Paul, el 50 por ciento de Paul and Tran's Catering, una de las nuevas empresas del barrio, que también era el 50 por ciento de Paul y Tran, una pareja comprometida desde hacía mucho tiempo.

– Está bien, Paul, explícame qué tengo que hacer. Digamos que quiero pasar un rato con un hombre y que me conozca. ¿Cómo lo harías?

Sentado frente a Paul, Tran se inclinó hacia su socio y respondió en su nombre:

– No lo dudes, Paul cocinaría. Prepararía montones de exquisiteces que se comen con los dedos y serviría ostras. -Tran se pasó la mano por sus fuertes y moldeados abdominales y guiñó el ojo-. ¡Qué rico!

– Pues yo iría al cine. -El aro que atravesaba el labio superior del doctor John y el de la ceja, a juego, se movieron cuando habló-. Da la casualidad de que tengo entradas gratuitas. -Sacó dos entradas del bolsillo interior de su elegante chaqueta de Armani, de color ceniza, y las depositó junto a Jilly-. Puedes estar segura de que Entre los cojines contribuirá a que cojáis confianza.

La muchacha aceptó las entradas sin dejar de pensar. El doctor John tenía el 25 por ciento del cine de arte y ensayo local, si bien su ocupación principal consistía en dirigir The Cure, la tienda especializada en piercings, tatuajes y mehndi, el arte corporal efímero.

– No estoy segura… -En primer lugar, Rory no parecía el tipo de persona a la que le gustaría visitar su barrio y, menos aún, un cine de arte y ensayo. Y, en segundo lugar, pese a que era más importante que el motivo anterior, la perturbó el escalofrío que recorrió su columna vertebral cuando pensó que estaría a solas con él en la oscuridad. Se secó en los vaqueros las palmas de las manos, súbitamente humedecidas, y suspiró-. Por lo visto, soy incapaz de tomar la más insignificante decisión.

Por primera vez desde que se había iniciado la conversación, Aura, otra amiga de Jilly, levantó la cabeza y preguntó:

– ¿Por qué no me habías dicho que tienes problemas? Te habría ayudado encantada.

Jilly sonrió a la mujer mayor. Aura llevaba corto y revuelto su pelo rubio rojizo y salpicado de canas. El peinado combinaba a la perfección con su vestuario cómodo y conservador, casi siempre de denim o de color caqui, al que ocasionalmente incorporaba un jersey de punto.

Aura apretó los labios y consultó el cuaderno que llevaba consigo a todas partes. Muy grueso y con las tapas de color azul celeste, las páginas con cantos dorados estaban llenas de ecuaciones, anotaciones y dibujos realizados con la caligrafía angulosa e indescifrable de la astróloga.

Señaló una página con el dedo.

– Acuario -masculló casi para sus adentros, y volvió a dirigirse a Jilly-. Por culpa de la energía adicional que recorre tu cuerpo, no sabes con qué carta quedarte. La culpa la tiene el eclipse de hace unos días. El desasosiego no desaparecerá hasta que encuentres la forma de disminuir tu estrés.

El doctor John rió burlonamente y Aura lo fulminó con la mirada.

– Pues sí, John, el estrés que Jilly necesita aliviar podría ser perfectamente aquel en el que estás pensando.

Jilly se lamentó para sus adentros mientras Paul, Tran y John se desternillaban de risa. En cierta ocasión, tras beber un par de copas de vino, Aura confesó que se quitó la ele inicial del nombre de pila poco antes de abrir la consulta de astrología. La buena mujer era incapaz de abstenerse de ofrecer asesoramiento, del mismo modo que el doctor John jamás dejaba de encontrar zonas del cuerpo en las que practicar un piercing.

Aunque no se tomaba en serio los consejos astrológicos de Aura, lo cierto es que Jilly la respetaba. Aura, que tenía un asombroso parecido con Martha Stewart y hablaba de proyecciones astrales en lugar de dar la receta de un pastel de manzana, había sido la mejor amiga de su madre. Cuatro años atrás, la astróloga se presentó en San Francisco con un fajo de cartas y acabó convirtiéndose en amiga de Jilly.

Solo Jilly, su abuela y el pastor estuvieron presentes cuando enterraron a la madre de la joven en el mausoleo de mármol erigido en una colina fría y ventosa del cementerio. Después Aura la abordó con su sonrisa y sus manos cálidas y depositó en los helados dedos de Jilly las cartas que su madre le había escrito a lo largo de los últimos veinte años. Se trataba de la correspondencia que la abuela había devuelto sin abrir y que jamás había mencionado.

Esas misivas la llevaron a Los Ángeles. Jilly se trasladó a esa ciudad para conocer a su madre, pese a que sabía que ya era demasiado tarde para conocerla. Intentaba escapar de su abuela, aunque era consciente de que era demasiado tarde para huir del miedo insuperable que se experimenta hacia el daño que algunas personas pueden hacer cuando saben que las quieren.

La voz de Aura devolvió a Jilly al presente:

– Jilly, no hagas caso de estos payasos. Veré cómo puedo ayudarte. -Bajó la cabeza y volvió a consultar el cuaderno.

Jilly adoptó una expresión de expectante interés, hizo caso a Aura y pasó por alto las ironías y las indirectas que los tres hombres le lanzaron. Más le valía prestar atención, ya que era imprescindible encontrar la manera de establecer cierta amistad con Rory, para poder defender la situación de Kim cuando llegase el momento. Personalmente no se le había ocurrido ninguna solución factible.

Aura volvió a levantar la cabeza.

– Tran tenía razón. Tiene que ver con la comida. Pide a Paul que prepare una cesta con algo que valga la pena.

Jilly pensó en la propuesta y bebió un sorbo de té, que para entonces se había enfriado.

– Tal vez… -Quizá era una buena idea. Podía llevar una cesta de picnic a Caidwater, invitaría a Iris como carabina y, de paso, vería los progresos de la relación de Rory con su tía. Sonrió a Aura y se puso de pie de un salto-. Paul, ¿te atreves? -El restaurador movió afirmativamente la cabeza-. ¿Eres capaz de preparar una cesta con comida para tres para… digamos que para dentro de una hora?

Jilly abandonó su rincón favorito y sonrió de oreja a oreja a sus amigos. Antes de llegar a FreeWest no sabía lo que significaba tener familia, una «familia» en el sentido más profundo de la palabra: un grupo de personas que miran por tu bienestar porque realmente se preocupan por ti y no por la imagen que de ellos se refleja en ti.