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– Muchas gracias a todos. Me parece que acabáis de resolver mi problema.

Jilly pensó que ya tenía un plan y un picnic organizado. Por primera vez en varios días se permitió un poco de optimismo.

– Jilly, vas demasiado rápido.

La ligera expresión de contrariedad de Aura no frenó su deseo de salir del bar a saltos en lugar de caminando.

– ¿Qué pasa? -inquirió la joven sin dejar de sonreír-. Te escucho.

La mujer mayor levantó un dedo.

– Ten cuidado con lo que dices porque el día de hoy será propicio para los equívocos.

– Tengo que irme. -Jilly comenzó a moverse, pero Aura llamó su atención con la mirada, por lo que la muchacha regresó obedientemente. Cruzó una mirada paciente y divertida con el doctor John y se rascó la ceja-. Aura, ¿quieres decirme algo más?

La expresión de la mujer era muy seria.

– Todo lo que esperas que ocurra saldrá al revés -anunció agoreramente, y por último sonrió-. Ahora vete y diviértete.

Durante el viaje a Caidwater, con una manta y la cesta de picnic a su lado, Jilly se preguntó cómo lograría convencer a Rory de que se sumase al almuerzo. ¿Y si no se ceñía a su plan? Tuvo la sospecha de que Kincaid la había evitado tanto como ella a él.

Encontró la solución mientras tosía a causa del polvo que los neumáticos levantaron en el camino de tierra: Iris. Tras su primer y único encuentro con la prensa, Rory le había mostrado esa entrada incómoda pero secreta a la mansión.

Rory deseaba agradar a Iris. Mejor dicho, le tenía tanto miedo que en su presencia palidecía y le temblaban las rodillas. Por si eso fuera poco, la niña lo manipulaba con una habilidad de la que carecían mujeres hechas y derechas. La cría haría el trabajo sucio.

Alrededor de mediodía, Jilly disimuló una sonrisa cuando Iris salió a la terraza trasera de Caidwater… con Rory cogido de la mano. Tal vez deberían enviar a la niña a Oriente Próximo, darle un puñado de golosinas y sentarse a ver a qué velocidad avanzaban las conversaciones de paz.

Cuando Rory se acercó, Jilly se puso seria y se le cortó la respiración. En su mente aparecieron dunas, piernas masculinas desnudas bajo túnicas ondulantes y calor, calor y más calor. No era extraño que el sur de California padeciese otra sequía, ya que Rory estaba allí.

Kincaid se detuvo frente a Jilly, la miró y suspiró. De sus labios escapó un sonido resignado y casi ahogado. Por lo visto, él no imaginaba dunas.

– ¿Por qué vas vestida como una refugiada de una pésima puesta en escena de Grease? -quiso saber.

Jilly no se dio por aludida. Llevaba unos vaqueros, una blusa blanca, unos zapatos con cordones, blancos y negros, y un jersey de cartero que había encontrado en una venta benéfica.

– Será mejor que te explique que se trata de ropa auténtica de los años cincuenta. -Al notar el calor del sol en la espalda, se quitó el jersey que llevaba en los hombros y se lo colgó del brazo-. Además, ¿qué importancia tiene mi forma de vestir?

Rory le dirigió otra mirada imposible de interpretar y volvió a suspirar.

– Ninguna, ese es el problema.

– Oye, Rory, ¿sabes una cosa? -preguntó Iris con voz de pito-. Miras raro a Jilly.

Ambos adultos centraron la mirada en la cría de cuatro años, de cuya presencia Jilly prácticamente se había olvidado.

Rory frunció el ceño.

– ¿Qué has dicho?

– He dicho que la miras raro.

– No es verdad -replicó Kincaid, pero puso esa expresión desesperada que siempre adoptaba cuando se comunicaba con Iris.

– Sí que lo es.

Jilly se dijo que la charla se volvía interesante, se acercó a Iris e inquirió:

– ¿Qué significa que me mira raro?

– Cuando sabes que te mira o cuando no sabes que te mira. Siempre te mira raro, pero se fija en distintas partes de tu persona.

Jilly, llena de rabia, fulminó a Rory con la mirada.

– ¿A qué partes te refieres?

– A tu…

– ¡Iris! -se apresuró a interrumpirla Rory-. No dispongo de mucho tiempo para el picnic. Será mejor que nos pongamos en marcha.

Jilly dirigió otra mirada a Rory y… ¡sorpresa!, de repente Kincaid pareció empeñado en coger la cesta que la joven había dejado a sus pies.

Kincaid se incorporó y echó un nuevo vistazo a las dos, pero evitó la mirada de Jilly.

– ¿Seguiremos parloteando o haremos el picnic prometido?

Sin aguardar respuesta, Rory bajó la escalera a toda velocidad y se dirigió hacia una de las ocho puertas del jardín, incorporadas en el seto alto y tupido que bordeaba la terraza trasera. Iris lanzó un grito y corrió tras su sobrino. Jilly cogió la manta, se movió con más lentitud y se dijo que ya interrogaría más tarde a la niña. Por supuesto, en realidad no le interesaba cómo la miraba Rory ni las zonas de su cuerpo en las que se detenía. Abrió la puerta que Rory e Iris habían franqueado y se quedó deslumbrada por lo que vio. Solo era uno de los jardines cuneiformes que rodeaban la mansión Caidwater, jardines que todavía no había explorado, pero le pareció imposible que los demás pudieran ser tan extraordinarios.

Del tamaño de un parque pequeño, era un jardín claramente diseñado para niños. El terreno, un poco ondulado y cubierto de césped, incluía árboles para trepar, frutales y un estanque con una fuente en el medio y un puente diminuto en un extremo. Jilly avanzó por la mullida alfombra de hierba. El campo de criquet ocupaba una zona llana y las rayas de colores de los pequeños aros y los mazos infantiles resplandecían bajo el sol. Trepó a una pequeña elevación para reunirse con Iris y Rory y reparó en los edificios que se alzaban en los dos extremos del jardín con forma de trozo de pastel. A la izquierda había una pequeña escuela, pintada de color rojo, con campanario incluido, y, a la derecha, una casita de campo con techo de paja muy inclinado y las paredes cubiertas de hiedra.

Jilly clavó la mirada en Rory.

– ¡Dios mío! ¡Es… es…!

– Un ejemplo más de los extremos hasta los que la gente del sur de California es capaz de llevar sus fantasías -replicó Kincaid secamente.

La muchacha parpadeó e intentó asimilar cuanto la rodeaba.

– ¿Quién lo construyó?

– Los dueños originales de Caidwater, una pareja de estrellas del cine mudo. -Rory torció el gesto-. Es una visión adulta pero exagerada de un campo de juego de niños.

Sin dar tiempo a que Jilly respondiese o intentara interpretar la expresión de Rory, Iris volvió a corretear y ordenó:

– ¡Seguidme!

Dejaron que la cría escogiese el lugar exacto del picnic. Con la cara convertida en una máscara de resignación, Rory acomodó y volvió a estirar la manta de acuerdo con las instrucciones de Iris; no reparó en que la pequeña parecía provocarlo deliberadamente. Por último Jilly puso fin a la situación y se sentó en el centro de la manta de tonos pastel.

Dirigió a Iris una mirada de mujer a mujer y declaró:

– Este lugar es perfecto.

Como de costumbre, la cría era muy sensata si se trataba de hablar con alguien que no fuese Rory, por lo que Jilly también se ocupó de repartir la comida que llevaba en la cesta preparada por Paul y Tran. Iris se mostró muy satisfecha con una rodaja de melón y dos bocadillos con forma de mariposa, así como con una copa de champán, de plástico, llena de burbujeante zumo de manzana.

A Rory no le resultó tan fácil relajarse. Observó atentamente a su joven tía y se dirigió a Jilly con voz apenas audible:

– ¿Te has fijado en lo que hace? Le pega mordiscos a las alas de las mariposas.

Jilly entregó a Rory un plato que contenía más bocadillos, melón y una ración de ensalada de col y nueces.