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– Rory, lo que la niña tiene que hacer es comer, para eso sirve el almuerzo. -Miró a Iris y vio que, con notorio regodeo, la cría clavaba los dientes en un «insecto». Rió a carcajadas-. A su edad me habría encantado tener la posibilidad de zamparme bichos. -Se dijo para sus adentros que su abuela jamás habría permitido algo tan frívolo-. ¿Ya no te acuerdas de cuando eras niño?

– ¿Mi niñez? Por supuesto que la recuerdo. -Con una ligera sonrisa que no era exactamente de diversión, Rory miró a lo lejos, como si el pasado estuviera al otro lado del seto-. En Caidwater todos eran niños, desde mi abuelo, pasando por mi padre, hasta las mujeres con las que estaban liados y los amigos que en cualquier momento se presentaban en la mansión.

Como no supo qué responder, Jilly masculló algo ininteligible con la esperanza de ayudarlo a explayarse.

Tras hincar el diente en el bocadillo y masticar, Rory volvió a tomar la palabra:

– La vida no era más que una fiesta tras otra para un grupo de críos de tamaño adulto, espantosamente malcriados y caprichosos.

Rory dio esa explicación con toda naturalidad, como si hiciera mucho tiempo que había analizado su infancia y compartimentado sus sentimientos hacia esa época de la vida. Aunque se le heló la sangre, Jilly también admiró su capacidad de hacerlo.

– No parece tan fabuloso -comentó sin excesivo entusiasmo.

Kincaid la sorprendió con una sonrisa.

– ¿Te has vuelto loca? Durante mucho tiempo fue realmente divertido. -Echó un vistazo a Iris, pero la niña no parecía interesada en la conversación-. A Greg y a mí nadie nos obligó jamás a sentarnos a comer a horas estipuladas. Nadie nos obligaba a irnos a dormir a cierta hora. A nadie le importaba que asistiéramos o no a la escuela.

Jilly parpadeó.

– ¿Y cómo hicisteis para…? ¿Por qué nadie…? -insistió, e intentó imaginar a los dos niños librados a su suerte-. Lo que dices parece sacado de El señor de las moscas.

– No. -Rory negó con la cabeza-. No fue tan horrible. Es más parecido a lo que les ocurre a Tom Sawyer y a Huck Finn.

A Jilly le costó conciliar las palabras de Rory con la persona en la que se había convertido. Greg y Rory habían sido dos críos abandonados que cuando crecieron desarrollaron carreras exitosas.

– Pero en algún momento comenzasteis a ir a la escuela, ¿no? ¿Cómo se civilizaron Tom y Huck?

Kincaid se encogió de hombros.

– A veces te conviertes en lo contrario de aquello para lo que te han criado… o de la persona que pretendían que fueses, si es que lo que digo tiene algún sentido. -La joven concluyó que lo que decía tenía muchísimo sentido-. En realidad, soy capaz de señalar el día en el que me di cuenta de que alguien tenía que ser adulto en Caidwater. Fue durante el quinto curso, en la clase de la señora Russo. Aquel día tocaba experimento de ciencias, algo relacionado con cables y electricidad. -Rory sonrió, atrapado por la evocación-. Te aseguro que no quería perdérmelo por nada del mundo.

– Hummm… -musitó Jilly.

Obtuvo su recompensa porque Rory continuó hablando:

– La víspera se había celebrado una gran juerga en casa. Me levanté temprano para cerciorarme de que disponía de tiempo suficiente para despertar a alguien que nos llevase a la escuela. Deambulé llevando en la mano una jarra con el famoso remedio de Roderick para la resaca, es decir, vodka con naranja, el célebre destornillador. Como sabía que era mejor no entrar en los dormitorios, busqué a alguien que durmiera la mona en el suelo o en un sofá. La mansión estaba totalmente tranquila, pero vi las luces encendidas en la piscina cubierta y entré.

Jilly intentó interpretar la expresión de Rory, pero no lo consiguió. También le costó imaginarse a un niño que llevaba una jarra con vodka y zumo de naranja. Tragó saliva y preguntó:

– ¿Qué pasó cuando entraste?

– No había nadie, aunque en la piscina flotaban unas medias de mujer… El resto de la ropa se encontraba en el fondo de la piscina, como si la mujer se hubiera ahogado. Hubo algo en esa composición… no sé, la ropa abandonada, la imagen de una persona ahogada… me di cuenta de que no quería que Greg lo viese. -Rory desvió la mirada-. Solté el remedio para la resaca, corrí al trastero, busqué el gancho salvavidas y me apresuré a retirar la ropa de la piscina. Recuerdo que, cuando la saqué, me di cuenta de que dependía de mí… nuestra salvación dependía de mí.

Jilly tuvo la sensación de que, más que un bocadillo, mordía el polvo.

– ¿Qué… qué mas hiciste?

Rory volvió a mirarla y se encogió de hombros.

– Te lo explicaré. Aquel fue el último día que falté a la escuela. También me encargué de que Greg asistiera. Forcé a quien hiciese falta, desde Roderick hasta cualquiera de los jardineros, para que nos llevase. Guardaba dinero y, cuando estaba realmente desesperado, llamaba a un taxi.

Jilly paseó la mirada por el jardín en miniatura y extremadamente cuidado y tragó saliva.

– Cuesta creer que la infancia en Caidwater no haya sido idílica.

La sonrisa de Rory contenía un toque de cinismo.

– Lo dices porque todavía estás atrapada por lo fantasioso de este lugar. En mi caso, tenía once años cuando me di cuenta de que no puedes fiarte de las fantasías. -Esbozó otra sonrisa-. También me di cuenta de que soy la clase de persona que necesita estar absolutamente segura de qué es real y qué no lo es.

Un escalofrío volvió a recorrer a Jilly, que jugueteó con la sortija de pedida, maravillosa pero demasiado grande.

– Rory…

– Yo quiero ir a la escuela -intervino Iris repentinamente-. Greg dice que el año que viene, cuando cumpla cinco años, tendré que ir a la escuela, y quiero ir.

Como si acabara de recordar su presencia, Rory se volvió hacia la niña y sonrió con actitud aprobadora.

– Irás, Iris, irás, te lo prometo. Recuerda que estaremos en mi casa, cerca de San Francisco, y es posible que después nos mudemos a Washington.

Jilly tragó saliva. «Recuerda que estaremos en mi casa, cerca de San Francisco, y es posible que después nos mudemos a Washington…» En ese caso, ¿qué relación podrían mantener Kim e Iris? El aire se enfrió a su alrededor como si una nube tapase el sol. Perdió el apetito y se limitó a observar su plato mientras Iris y Rory acababan con el contenido de la cesta. En cuanto se comió hasta las migas del pastelillo de postre, Iris dio un salto y corrió hacia la escuela pintada de rojo.

– Mis felicitaciones al chef -declaró Rory, y pasó a Jilly el plato y la copa vacíos.

– Los chefs -lo corrigió casi sin pensar en lo que hacía-. Mis amigos Paul y Tran llevan un negocio de catering en FreeWest.

Rory estiró la manta, se tumbó, cruzó las manos detrás de la cabeza, cerró los ojos y declaró:

– Ahora te toca a ti.

Jilly cerró la tapa de la cesta.

– ¿Qué es lo que me toca?

– Te toca hablar de Jilly Skye y de su vida. Te he dado una versión abreviada de las crónicas de Caidwater. Me parece justo que, a cambio, hagas los mismo. Seguro que tienes cosas interesantes que contar.

Jilly se preguntó si realmente tenía cosas interesantes que contar, se humedeció los labios con la lengua y lo miró. Rory se llevaría un buen chasco si pensaba que su pasado había sido emocionante. Como su madre había sido una adolescente rebelde que se quedó embarazada, su abuela impidió que Jilly tuviese vivencias interesantes. La abuela solía decir que, en nombre de su amor, la protegía de la «mala sangre» que corría por sus venas.

Rory abrió los ojos. Su azul era asombroso y contrastó vivamente con su piel morena y su pelo negro.

– ¿Eres tímida?

– ¿Tímida? -Jilly pensó que no tenía nada de tímido pensar en las largas túnicas árabes y en lo que los hombres no llevaban debajo. Recorrió con la mirada el delgado cuerpo de Rory y se preguntó qué sentiría al rozar esa piel con sus manos. Se preguntó qué experimentaría al recorrer con la lengua las intrigantes colinas de su pecho y su estómago. Se secó las palmas en los vaqueros y carraspeó-. No soy tímida. Simplemente, no tengo nada que contar.