Kincaid sonrió y volvió a cerrar los ojos. Jilly descubrió que le resultaba más fácil respirar cuando él no la miraba.
– Comentaste que tu abuela te crió en una casa caracterizada por el gris y el blanco.
– Cuando murió mi madre vine a Los Ángeles -sintetizó Jilly-. Me hice cargo de su negocio, me integré en la asociación de comerciantes de FreeWest y saqué adelante la tienda de una forma de la que, supongo, mi madre se sentiría muy orgullosa.
Rory abrió nuevamente los ojos.
– ¿Para ti es importante?
– ¿Te refieres a que mi madre se sienta orgullosa de mí? -Jilly movió afirmativamente la cabeza-. Pues sí, es el modo que tengo de vincularme con ella. Mi abuela estaba convencida de que mi madre no haría nada bueno en la vida y de que la mía sería un desastre, pero…
– ¿Le demostraste que estaba equivocada?
– Y es probable que también me lo demostrase a mí misma -añadió lentamente-. Supongo que sabes a qué me refiero. Tu caso es parecido. Conseguiste tu negocio de la misma forma. Lo creaste por tu cuenta y riesgo y te hiciste a ti mismo.
Rory tardó un rato en incorporarse, pero en ningún momento dejó de observarla. Jilly se dijo que parecía como si mirase sus entrañas. De repente Kincaid sonrió y la joven volvió a quedarse sin aliento.
– Me hice a mí mismo -musitó, y apoyó la mano en la mejilla de Jilly-. Tienes razón. Tanto tú como yo nos hemos hecho a nosotros mismos.
Jilly pensó que no era buena idea que Rory la tocase, pero no se habría apartado un milímetro aunque sus dedos la quemasen… que fue lo que sucedió. ¡Vaya quemazón tan tierna y estremecedora!
Mejor dicho, vaya quemazón tan peligrosa. «Sor Bernadette», dijo Jilly para sus adentros a fin de defenderse del cosquilleo seductor y tentador que recorría su cuerpo.
Rory aguzó la mirada.
– ¿Qué has dicho?
Jilly se preguntó si había expresado su pensamiento con un susurro. Abrió desmesuradamente los ojos e intentó apartarse, pero Rory deslizó los dedos por los cabellos de su nuca a fin de mantenerla cerca.
El calor de la palma de la mano de ese hombre le erizó el cuero cabelludo.
– Yo no he dicho nada.
– Has dicho «sor Bernadette». ¿Quién es?
– Es… fue una de mis profesoras. -Jilly tragó saliva e intentó dominar todos los recovecos que súbitamente entraron en calor como respuesta a algo tan sencillo como los largos dedos de Rory enredados en su pelo-. Fue una de mis profesoras de secundaria en la escuela Nuestra Señora de la Paz. Daba a las alumnas mayores una clase llamada Comportamiento y Disciplina.
Rory sonrió.
– Y pensar que acabas de decir que no tenías nada interesante que contar. Suena a asignatura de sadomasoquismo.
– ¡Claro que no! -Jilly abrió los ojos con una divertida expresión de sorpresa-. Sor Bernadette rezaría para salvar tu alma por pensar semejante disparate. Era un curso de relaciones entre hombres y mujeres.
Rory meneó la cabeza.
– ¡Venga ya! ¿Quieres que crea que recibiste clases de relaciones entre hombres y mujeres cuando tenías diecisiete o dieciocho años? ¿No era demasiado tarde?
– Te aseguro que es verdad. Nuestra Señora de la Paz es una escuela situada en un antiguo convento. Solo hay alumnas. Te garantizo que, dada la forma en que nos protegían, los diecisiete era una edad prematura para hablar de educación sexual.
Pareció que Rory estaba a punto de caerse de espaldas, pero era imposible porque aún la cogía del pelo.
– ¿Alguien… alguien como tú… y con ese aspecto…? ¿Te criaste en un convento?
– Me crié con mi abuela y me educaron las monjas en una escuela muy estricta.
Jilly vio cómo tragaba saliva y cómo se movían suavemente los músculos de su cuello bronceado. Azorado, Rory ladeó la cabeza de un lado a otro.
– Me cuesta creerlo -reconoció-. Te educaron las monjas y después te instalaste ni más ni menos que en FreeWest. Estoy seguro de que estabas deseosa de recuperar el tiempo perdido.
Rory bajó la mirada de los ojos a la boca de Jilly.
¡Oh, no…! ¡Oh, no…!, se dijo la muchacha por dos veces. La primera porque la expresión interrogativa de ese hombre hizo que se sintiera nuevamente estremecida y acalorada y, la segunda, porque no podía permitir que pensase que «estaba deseosa de recuperar el tiempo perdido». Al menos, no podía decir que lo estaba en el terreno sexual, sino todo lo contrario, ya que se había trasladado a Los Ángeles decidida a demostrar que los espantosos vaticinios de su abuela eran equivocados.
Recordó que según la predicción de Aura debía tener cuidado con lo que decía porque todo lo que esperaba que ocurriese saldría del revés.
– Nada de eso -declaró Jilly apresuradamente, ya que le preocupó que Rory no apartara la vista de sus labios-. No lo entiendes.
Daba la impresión de que Kincaid no la escuchaba. No cesaba de observarla y tocarla, y Jilly experimentó una atracción irresistible.
– ¿Sabes una cosa? -inquirió Rory con aire distraído-. Hace días que evito contestar a preguntas acerca de por qué no aparecemos en público.
Presa del nerviosismo, Jilly tragó saliva.
– Pues yo estoy constantemente en público. Ayer mismo salí a comprar comida.
La ligera sonrisa de Rory no distrajo su mirada concentrada.
– Me refería a nosotros, a por qué no aparecemos en público juntos.
A Jilly no le gustó el rumbo que tomaba la conversación.
– Me niego. Dijiste que nuestro compromiso no modificaría en nada lo que hay entre nosotros.
– Y nada ha cambiado, pero sigo estando muy intrigado. -Se inclinó hacia ella-. ¿Y tú?
Jilly se echó hacia atrás. Lo que ocurría no debería estar sucediendo. El picnic tenía que fomentar su amistad, no pretendía nada apasionado. Pero tenía que reconocer que también estaba intrigada.
– ¿Sabes que me vuelves loco? -musitó Rory, y acortó un poco más las distancias.
A Jilly se le aceleró el corazón, pero no tardó en acordarse de la carabina de cuatro años, de la niña que había incorporado a la excursión.
– ¡Iris! -dijo a modo de advertencia, apoyó la mano en el pecho de Rory, no hizo caso de su atractiva musculatura y lo empujó. Kincaid no cedió un ápice-. ¡Iris! -gritó.
Ansiaba desesperadamente la presencia de la chiquilla para que arrojase un cubo de agua fría sobre lo que estaba ocurriendo.
Por fortuna, Rory desvió la mirada y repentinamente levantó la cabeza.
– ¡Maldita sea! Greg está aquí.
Como si ocurriera muy lejos, Jilly oyó el agudo grito de bienvenida de Iris y sus palabras entusiastas mientras informaba del picnic a Greg. Era evidente que la niña creía que en el más joven de los Kincaid había encontrado al padre de su vida. Ese pensamiento se borró de su cabeza cuando los dedos de Rory se enredaron en su melena y tironearon con suavidad. Aunque a regañadientes, Jilly volvió a hacer frente a su intensa mirada.
– Esta noche -afirmó Rory-. Esta noche saldremos. Nos veremos lejos de casa. Saldremos los dos solos.
¡Claro que no! Supuestamente, era lo que solía responder ante semejantes órdenes, aunque en este caso se lamió los labios resecos y respondió con la verdad:
– No creo que quieras salir conmigo. Acabas de decir que te vuelvo loco.
– ¿Ya has olvidado que estamos prometidos?
– Eso es de cara al público -se apresuró a añadir Jilly.
– Y también para los internautas y los lectores de la prensa sensacionalista. -Rory le acarició la mejilla con el pulgar-. Dado que todos creen que no podemos dejar de estar el uno con el otro, ¿qué importancia tiene?
Jilly buscó mentalmente una respuesta convincente porque, sin duda, como mínimo había quince razones de peso para rechazar la propuesta.