Se dijo que debía pensar. Era imprescindible que recordase los motivos por los cuales debía responder que no. El problema era que únicamente podía pensar en Rory, en sus ojos azules, en sus roces cálidos y en esa boca erótica que la había besado tan apasionadamente.
Estaba segura de que Kincaid también había besado a otras, a mujeres de su tipo, aquellas que no lo volvían loco; a rubias de belleza clásica, de piernas largas y estilo Grace Kelly, que conocían bien a los hombres y eran capaces de satisfacer a un individuo como Rory mucho mejor de lo que ella lograría con el pobre bagaje de una clase dada por una monja.
– Imposible -sentenció Jilly, y mencionó lo primero que se le cruzó por la cabeza-. Hay luna llena. -Carraspeó y se escabulló de las manos de Rory-. Mi astróloga me ha… bueno, me ha aconsejado que con luna llena guarde las distancias con el otro sexo.
A Rory le hizo gracia.
– Cariño, eso es para los hombres lobo.
– Sí, claro, aunque… -Jilly se interrumpió cuando Iris se acercó llevando a Greg a rastras-. Me acabo de acordar de una cosa -añadió, y miró a la niña rubia-. Esta noche tengo un compromiso. Iré con mi socia a la inauguración de una nueva galería de arte en FreeWest.
Jilly suspiró aliviada y desvió la mirada hacia Greg. Tras la ardiente intensidad de Rory, su presencia resultaba agradable y relajante. El hermano mayor jamás aceptaría un no por respuesta. La joven sonrió a Greg y este hizo lo propio.
– ¿Esta noche irás con tu socia a la inauguración de una galería en FreeWest? -Greg cogió a Iris en brazos y la pequeña se le colgó del cuello como un mono-. Me parece fantástico. A Rory y a mí nos encanta apoyar nuevas iniciativas. ¡Y no hablemos del arte! Adoramos el arte. Allí nos veremos.
Rory miró alternativamente a Greg y a Jilly, que había enmudecido por la sorpresa. Sonrió de oreja a oreja y exclamó:
– ¡Increíble, lo has conseguido! Por extraño que parezca, Jilly se ha quedado sin habla. ¡Bien hecho!
La joven miró boquiabierta a los dos hombres, descaradamente presuntuosos y satisfechos, recordó que Aura había dicho que todo lo que esperaba saldría del revés y empezó a farfullar:
– Oh… Oh, no…
Rory ya se había incorporado de un salto y los hermanos se alejaban sin darle la menor posibilidad de protestar, negarse o excusarse.
¡Santo cielo…!
Capítulo 8
Greg se apoyó en uno de los pocos espacios libres de las paredes de la galería de arte y ocasionalmente bebía un sorbo de la copa de vino blanco que sostenía en la mano. No sabía si su mal sabor de boca se debía al espantoso chardonnay o a que tenía que ver cómo Kim se relacionaba con otros hombres e incluso los tocaba.
Con vaqueros negros y una camisa de frac de faldones sueltos, Kim estaba de perfil a Greg, rodeada por un corro de supuestos amigos. Se había recogido la tupida cabellera rubia a la altura de la nuca y la sostenía, en apariencia mágicamente, con dos palillos de laca negra. La ex modelo se inclinó para asestar un golpecito en el antebrazo de un negro descomunal y cuando sonrió ante la reacción del hombre, los destellos de su melena reflejaron la luz y captaron toda la atención de Greg.
El más joven de los hermanos Kincaid la había observado desde que la conoció. Greg había vuelto a vivir a Caidwater cuatro meses después de que Kim se casara con Roderick. Entonces supuso que sería solo una estancia temporal.
Estaba entre un rodaje y otro y, como disponía de tiempo y en la mansión había una joven que le alegraba la vida, se dedicó a observarla. La observó mientras nadaba en la piscina cubierta, cortaba rosas en uno de los jardines y se pintaba las uñas de los pies en el solario.
Al principio Kim se mostró muy tímida. Se disculpaba cada vez que Greg entraba en una estancia, no lo miraba a los ojos cuando este lograba arrancarle unas palabras y sujetaba los frascos de laca para uñas como si fueran cuerdas de salvamento.
Pero al cabo de poco tiempo Kim cambió. En cuanto supo que estaba embarazada, sustituyó los frascos de laca para uñas por libros. Greg no dejó de observarla y se quedó fascinado por el modo en el que la joven florecía al ritmo que marcaba su cuerpo. Kim empezó a sonreír, a reír, a bromear y a hablar con él sobre el embarazo, los bebés y cualquier otro tema que le interesó, porque se puso a leer de todo un poco. La biblioteca de Caidwater encontró por fin su ratón.
A lo largo de aquellos meses Greg la vio madurar, alcanzar la maternidad y llegar a adulta.
Al observarla ahora y verla reír y golpear delicadamente con el hombro a la persona que tenía a su lado, Greg volvió a experimentar una enfermiza sensación de vergüenza en la boca del estómago, que finalmente lo abrumó.
Todavía se sentía avergonzado, aunque no por estar enamorado de la esposa de su abuelo o porque cuatro años atrás la dejara escapar.
Estaba espantosamente avergonzado porque todavía no lo había superado.
Kim podría haberse puesto en contacto con Greg cuando los documentos que Roderick le hizo firmar la obligaron a mantenerse lejos de Iris. A lo largo de esos cuatro años Greg se había hecho infinidad de preguntas y había esperado, pero ella jamás se puso en contacto con él; además la semana anterior le dejó más claro que el agua que no quería volver a verlo.
Así que esa noche Greg había acudido a la inauguración de la galería para convencerse a sí mismo de que lo que sentía por Kim no era amor y de que, simplemente, se trataba de un caso de desear lo prohibido.
Su forma de pensar tenía sentido, ¿no?
– ¿Qué haces solo aquí? -preguntó Rory, y se apoyó con tanta fuerza en la pared que sonó como un golpe seco.
Greg se obligó a apartar la mirada de Kim y prestó atención a su hermano. Esa noche también había algo extraño en Rory. Iba vestido totalmente de negro y solo los ojos daban un toque de color que aliviaba tanta oscuridad.
– Sería más interesante saber por qué has querido venir -respondió Greg, bebió otro sorbo de vino y envidió a su hermano que, por lo visto, había pillado la única cerveza de la inauguración. Fingió que estudiaba una escultura vanguardista: una torre de hueveras de cartón salpicadas de virutas de madera-. ¿A tus jefes del Partido Conservador les parece bien que aprecies las artes?
Rory entornó los ojos y echó un vistazo a la copa de vino de Greg.
– Esa bebida debe de ser mucho peor de lo que suponía porque estás de un humor de perros. Si lo que aquí se expone es o no «arte» tendrá que decidirlo alguien que sepa del tema más que yo. -A pesar de su mal humor, Greg no tuvo más remedio que reír al recordar que la mente de Rory era unidireccional. Este paseó la mirada por la sala y preguntó-: ¿Has visto a Jilly?
– Siempre piensas en lo mismo -masculló Greg.
– ¿Cómo dices?
– No, no la he visto.
Rory se apartó de la pared con actitud impaciente.
– Tengo la sospecha de que me evita. -Terminó de beber la cerveza y dejó la botella vacía en manos de Greg-. Voy a buscarla.
Greg meneó la cabeza y siguió donde estaba. Como de costumbre, se quedó impresionado por la necesidad inmediata de actuar de Rory. Era precisamente el motivo por el que pensaba que la vida política no estaba hecha para su hermano y lo que siempre había llevado a Greg a sentirse menos hombre que los demás.
Se hizo un repentino silencio, en medio del cual resonó una carcajada. Greg miró hacia el lugar del que procedía el sonido, pese a que ya sabía quién lo había emitido: Kim. La joven, que se encontraba en un rincón de la galería, se volvió a medias y en ese instante avistó a Greg.
Jilly no le había advertido que él estaría presente.
Diversas expresiones se alternaron en su rostro cada vez más pálido: sorpresa, miedo, ansia… Por fin sus miradas se encontraron. Greg recordaba perfectamente la oscura calidez de sus ojos pardos.