La copa de vino se deslizó entre los dedos de Kim y chocó estrepitosamente contra el suelo encerado.
Kim apartó la mirada de la de Greg y recuperó el color. Greg reparó en que la joven se excusaba ante sus acompañantes. El negro se agachó y con una servilleta recogió la mayoría de los trozos de cristal.
Cuando el negro se incorporó, Kim casi le arrancó la servilleta y, sin volver a mirar a Greg, se alejó a toda velocidad.
El actor pensó que tal vez se parecía a su hermano más de lo que suponía, ya que no pudo reprimir el deseo repentino de seguirla y solo pensó en darle alcance.
Fue detrás de ella hasta que Kim entró en una cocina diminuta. Estaba de espaldas a la estrecha entrada y había inclinado la cabeza, por lo que daba la sensación de que se miraba las manos.
– ¿Te has cortado? -preguntó Greg.
Al oír su voz, Kim sacudió los hombros y meneó la cabeza.
– Estoy bien.
Greg avanzó un paso y, como si lo hubiera notado, Kim se volvió y retrocedió. Lo miró y se mordió el labio inferior. No llevaba pintalabios ni otro tipo de maquillaje. Mientras vivió en Caidwater, se pintaba la boca de un tono rosa suave y las pestañas de un tono oscuro, por lo que sus ojos resultaban mucho más intensos.
Y mucho más prohibidos.
De todas maneras, en ese instante a Greg le pareció igualmente hermosa.
Y pensar que Kim había dicho que no quería volver a verlo…
Por consiguiente, el modo en el que esa mujer le aceleraba el pulso, como si le asestase un puñetazo, tenía que deberse a que le estaba vedada, eso era todo, no ocurría nada más.
Tanto entonces como ahora le seguía estando vedada.
– De joven fui exageradamente noble -declaró Greg, y su contrariedad alcanzó nuevas y coléricas alturas-. Fui noble y estúpido. Es posible que si te hubiese besado e incluso acariciado, no habría perdido los últimos cuatro años en pos de un sueño absurdo. -Kim se abrazó a sí misma, como si temiera que Greg la tocase, y retrocedió un paso más. El mal humor de Greg fue en aumento-. ¡Kim, ya está bien! En este momento no voy a intentarlo. Has dejado muy claro que ni siquiera quieres que me acerque a ti. Es posible que por fin haya comprendido que este es tu juego y que mi actitud te deja fría.
La ex modelo se estremeció y guardó silencio.
Greg sintió deseos de aguijonearla, presionarla y hacerla llorar. Quería que aquella mujer lo desease con ese anhelo cargado de dolor que él había experimentado hacía cuatro años.
Aspiraba a que lo deseara con el mismo afán que también sentía ahora.
– Kim, ¿con cuántos hombres has jugado a este juego? ¿A cuántos has enamorado y luego les has exigido que no te hablen de sus sentimientos? ¿A cuántos has impedido que acaricien tu piel o te besen en la boca? -Greg avanzaba un paso con cada una de sus preguntas y Kim se replegaba. La joven acabó con los hombros apoyados en la pared; permanecieron juntos, pero el rostro de Kim no dejó de ser una máscara pálida e inescrutable, como si estuviera interiormente congelada. Tanta frialdad lo desconcertó-. Kim, por Dios… -La cólera se convirtió en cansancio, bajó la voz, miró las punteras de sus gastadas botas vaqueras y preguntó-: ¿Nunca sientes nada?
– No -repuso Kim-. Intento no sentir.
Greg levantó la cabeza y detectó dos manchas de color en el rostro de Kim, una en cada mejilla. El joven Kincaid tragó saliva, pensó que era imposible y volvió a experimentar un arrebato de cólera. Seguro que era otro truco manipulador de esa mujer.
– ¿Por qué no quieres sentir? -inquirió con desconfianza.
Kim levantó la barbilla.
– Ya lo sabes, por aquello malo que ocurrió en el pasado.
Greg frunció el ceño. ¿A qué se refería con «aquello malo»? ¿Qué demonios significaba?
– Kim, jamás hicimos nada malo, mejor dicho, nunca hicimos nada.
La mujer lo miró como si fuera un crío pequeño que no tiene dos dedos de frente.
– No me refiero a nosotros, sino a mí. Fui yo quien hizo algo malo. Me casé con Roderick, me casé con tu abuelo a pesar de que no lo quería.
Greg meneó la cabeza e intentó comprenderla y creerla.
– ¿Pagarás el resto de tu vida el castigo de haber cometido ese error?
La muchacha se encogió de hombros.
– En este preciso momento el resto de mi vida está en el aire.
Conmovido por la tristeza contenida en esa respuesta, Greg retrocedió y musitó:
– Kim…
La joven aprovechó la oportunidad para intentar escapar. Pasó a su lado y franqueó la puerta de la cocina en un abrir y cerrar de ojos, pero se volvió y dijo:
– Para que lo sepas… -Kim se humedeció los labios y soltó el resto de la frase a toda velocidad-. Para que lo sepas, contigo… contigo nunca fue un juego.
Cada palabra fue como un golpe y Greg los absorbió uno tras otro. Cerró los ojos para defenderse del dolor. Los últimos días había hecho denodados esfuerzos para convencerse de que la odiaba.
Greg respiró hondo y abrió los ojos. Al mirarla el dolor se intensificó.
– Ya lo sé -reconoció, porque en lo más profundo de su ser siempre lo había sabido.
Sus miradas se encontraron y fue como si no hubiesen transcurrido cuatro años. Todo se volvió como en aquellos meses en Caidwater, a lo largo de los cuales Kim floreció porque llevaba a Iris en su seno, en los que la única comunicación íntima que mantuvieron fue con la mirada.
«Siempre me preocupé por ti, jamás me he propuesto hacerte daño…» Greg dedujo claramente esas palabras, fue como si las oyera.
Él suspiró e intentó transmitirle todo lo que sentía: «Nunca supe si mis sentimientos estaban totalmente equivocados o eran acertados».
«No sabes cuánto lo siento.» Kim se acercó lentamente.
Greg quedó petrificado, sin saber lo que ella se proponía, aunque con la certeza de que la alejaría si hacía algún movimiento brusco.
Kim levantó la mano y le acarició los cabellos.
«¡Por Dios…!», pensó Greg y tuvo la sensación de que lo atravesaba un rayo, un calor chisporroteante que partió su cerebro como un cortafuegos, descendió por su cuerpo y endureció su miembro con una descarga veloz y desesperada.
Intentó abrazarla.
– Kim…
Pero ella huyó sin darle tiempo a devolverle la caricia.
Jilly cogió una punta de la manga de la camisa de Rory porque, en realidad, tenía miedo de tocarle el brazo, e intentó arrastrarlo hacia un extremo de la galería.
– Quiero presentarte a algunos vecinos -propuso.
Rory no pareció oírla pero tampoco tuvo dificultades para rechazar sus intentos de moverlo. Pese a los tirones de Jilly, el magnate seguía inmóvil y miraba a Kim, que acababa de salir disparada de la pequeña cocina de la galería.
– ¿Quién es? -quiso saber Kincaid.
Jilly estiró el cuello y fingió que no sabía a quién se refería.
– Es Mackenzie, el encargado de la condonería.
Rory hizo una mueca de contrariedad.
– No podías dejar de recordarme esa tienda, ¿verdad? De todas formas, me refería a la mujer alta y rubia, la que al parecer acaba de pisotear el amor propio de mi hermano.
– Ah, esa mujer…
Nerviosa, Jilly pensó que Kincaid también había reparado en la presencia de Kim. Albergaba la esperanza de que Rory no hubiese visto, como ella, la escena que había tenido lugar entre Greg y su socia. Lo cierto es que Greg parecía conmocionado después de hablar con Kim, y Jilly no sabía a qué se debía.
– ¿La conoces? -insistió Rory. Jilly carraspeó.
– Bueno… verás… sí. Es mi socia. Ya te he hablado de ella, es la que se ocupa de la parte informática del negocio.
– ¿Cómo se llama? Tengo la sensación de que la conozco.
Jilly notó cómo se formaban gotas de sudor bajo el jersey con abalorios, típico de los años cuarenta, y se deslizaban hasta la cinturilla de la falda negra y recta que le llegaba a las rodillas.
– Se llama Kim.