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Su amiga había dejado clarísimo que jamás había visto a Rory y que él probablemente ni siquiera sabía su nombre de pila, y menos aún el apellido que ahora utilizaba.

Por otro lado, Iris era la viva imagen de su madre.

Rory se rascó el mentón y volvió a mirar por encima del hombro, como si quisiese ver nuevamente a Kim. Por fortuna, la ex modelo se había esfumado. Volvió a dirigirse a Jilly, se encogió de hombros y preguntó:

– ¿Está casada?

Más gotas de sudor se deslizaron por la columna vertebral de Jilly.

– ¿Tanto te interesa esa mujer?

La joven se preguntó qué diablos haría si Rory respondía afirmativamente, pero el hombre se limitó a sonreír y la cogió de la barbilla.

– ¿Estás celosa?

Jilly simuló que lo estaba y puso los ojos en blanco.

– Solo pretendía decir que tu imagen política sufriría un gran revés si iniciaras rápidamente otra conquista.

Rory rió a mandíbula batiente, por lo que varios de los asistentes a la inauguración los miraron. Jilly lanzó una muda advertencia a una mujer que se encontraba cerca, que súbitamente había reparado en Rory y que intentaba acortar distancias. La mujer se dio por aludida, sonrió con actitud cómplice y se alejó.

Jilly se cruzó de brazos.

– ¿Qué me dices?

Rory clavó la mirada en el jersey, lanzó un gemido y añadió:

– No hagas eso. Cada vez que adoptas esa postura soy incapaz de pensar.

Jilly bajó la cabeza y supo a qué se refería Rory, por lo que descruzó rápidamente los brazos. Unos botones como perlas adornaban la pechera de su jersey de pura lana virgen y de tono rosa claro; mantenía desabrochados los tres superiores, por lo que su aspecto era perfectamente recatado, pero el jersey era ceñido y su exuberancia pectoral, que hacía que todas las prendas pareciesen ceñidas, aconsejaba evitar posiciones que destacaran todavía más sus senos.

Kincaid respiró hondo.

– Bien, ¿qué decías?

Jilly esperaba que no se notase que su piel estaba encendida.

– Que mostrabas un interés excesivo por otra mujer.

Rory miró hacia el otro lado de la galería y vio que Greg seguía junto a la puerta de la cocina.

– Solo he preguntado si tu socia está liada con alguien, porque parece que acaba de dar calabazas a mi hermano pequeño.

Jilly sonrió aliviada. Se dijo que seguramente era lo que había ocurrido. Greg la había invitado a salir y, como es lógico, Kim había dicho que no.

– Rory, lamento decírtelo, pero tengan o no un hombre en su vida, algunas mujeres son inmunes al encanto de los Kincaid. Kim no está liada con nadie y te garantizo que tampoco tiene la menor intención de enrollarse con un hombre.

Kincaid enarcó las cejas.

– ¿En serio? Ah, de modo que se trata de eso. -Observó a Jilly con renovado interés-. En ese caso, ¿eres tú la mujer de su vida?

Jilly parpadeó.

– ¿Me estás preguntando si soy…? -De pronto comprendió el significado de las palabras de Rory y se quedó boquiabierta-. No soy… no entiendo cómo has pensado que… -Como no supo si sentirse incómoda u ofendida o si ninguna de esas dos reacciones era políticamente correcta, Jilly se limitó a farfullar. Miró atentamente a Rory y reparó en la perversa diversión que destellaba en su mirada. Le golpeó el pecho y apostilló-: Ya está bien de tomarme el pelo.

Kincaid rió descaradamente.

– Tendrías que haber visto tu expresión.

Jilly carraspeó.

– Pues piensa en la cara que habrías puesto si tu suposición fuese cierta y la prensa se enterara. ¿Qué pensaría el Partido Conservador de un candidato que sale con una mujer… a la que le gustan las mujeres?

– ¡Está bien! ¡Está bien! -Rory se puso serio-. Para que lo sepas, aunque prefiera candidatos heterosexuales, al Partido Conservador no le interesa legislar sobre moralidad. -Rory se acercó a Jilly-. Lo que significa que es totalmente aceptable que un posible candidato como yo esté con su hermosa y sensual prometida la noche del viernes.

Como se quedó sin respiración, Jilly pensó que, con su tentadora boca, tal vez Rory había absorbido todo el aire de la galería.

– Yo no soy sensual ni hermosa -precisó, aunque el comentario le resultó gratificante e incluso seductor.

Rory levantó una ceja con actitud picara e inquirió:

– ¿Quieres que te lo demuestre?

– ¡No! -De todos modos, Jilly tuvo que contenerse para no inclinarse hacia él-. Te lo he dicho este mediodía. Mi astróloga me ha aconsejado que no me acerque a nadie del otro sexo durante la luna llena -explicó recatadamente-. Creo que ya nos hemos excedido.

Más le valía ponerse la armadura completa, dado que durante el picnic las cosas habían cambiado. Era evidente que Rory había tomado una decisión y el resultado era esa faceta provocadora, encantadora e incluso más sensual. Por añadidura, esa faceta podía ser letal para una de las mejores alumnas de sor Bernadette.

Con la intención de enfriar a Rory y mantenerlo a distancia, Jilly le volvió la espalda. El contraste del azul celeste de la tapa de un cuaderno y el color tabaco de un vestido discreto llamaron su atención en medio del gentío.

¡Perfecto…!

Jilly lo miró de reojo, mantuvo la expresión severa y añadió en tono dulce:

– Vamos, demos una vuelta.

Rory le dirigió otra sonrisa provocadora.

– Llámalo como quieras, a esta altura me atrevo a todo.

Era un hombre malo, seductor y pecador.

– Déjate de tonterías. No sé qué mosca te ha picado de repente.

Rory se la comía con la mirada.

– Ni más ni menos que la realidad de la situación. Millones de personas han visto tu espalda desnuda y mis manos. Luego nos besamos, yo diría que convincentemente, ante las cámaras de la condenada prensa sensacionalista a fin de demostrar que tenemos una relación especial. -Kincaid se encogió de hombros-. Por consiguiente, más nos vale tenerla.

Jilly le clavó la mirada. De modo que era eso lo que había decidido durante el picnic.

– ¿Así de simple? ¿Tú dices que tiene que ser así y es así? -Jilly puso los brazos en jarras-. Pues tal vez a mí no me apetece…

Rory se inclinó hacia Jilly y apoyó en su oreja su jugosa boca de jeque del desierto.

– Nena, dame una oportunidad. Lograré que lo desees. -Jilly cerró los ojos porque la tentación recorrió su cuerpo como una ola-. ¡Por favor! -le susurró roncamente al oído-. La temperatura de tu cuerpo acaba de subir quince grados.

Jilly hizo lo imposible por no hacerle caso, apeló a su sentido común y se lo quitó de encima.

– ¡Porque estás demasiado cerca! Además, la galería está atiborrada de gente.

Rory rió con actitud cómplice y Jilly fingió que era más molesto que seductor. Más acorralada que nunca, la joven se volvió hacia los presentes y estuvo en un tris de llorar de alivio al vislumbrar un poco más cerca el cuaderno de tapas azules.

– ¡Aura! -gritó Jilly a su amiga.

Aura y el doctor John detuvieron su recorrido por la sala, vieron a Jilly, que los saludaba con ademanes desaforados, cambiaron de dirección y se acercaron. Era todo un espectáculo ver al negro corpulento, calvo y con infinidad de piercings y llamativos tatuajes junto a Aura, muy parecida a la comunicadora Martha Stewart con su vestimenta conservadora y los zapatos de tacón bajo. Aura llevaba el cuaderno en una mano y con la otra echó hacia atrás su melena rubia rojiza salpicada de canas.

– ¿Es quien yo creo? -preguntó Rory, que parecía desconcertado.

– Es Aura, mi astróloga; no es la persona en la que estás pensando. Está en compañía del tatuador del barrio.

Rory siguió con la mirada fija en Aura, el vivo retrato de la célebre Martha Stewart.

– Tu astróloga… -repitió Kincaid-, tu astróloga y el tatuador del barrio. -Suspiró sin dejar de ver cómo se acercaban-. ¡Claro que sí, tu astróloga y el tatuador! No son más que un par de ejemplares de lo más granado y freaky del sur de California.