Выбрать главу

– Y dos de mis mejores amigos -apostilló Jilly alegremente. Se dijo que eran dos amigos destinados a desviar el pensamiento de Rory de la pasión. Esperaba que ese truco también funcionase para ella misma-. Espero que seas simpático.

– ¿Has dicho simpático?

– Considéralos posibles electores -replicó.

Sus amigos se acercaron lo suficiente como para proceder a las presentaciones. El doctor John estrechó calurosamente la mano de Rory y Aura no solo hizo lo mismo, sino que siguió sujetándola y le dio la vuelta para estudiarla.

Con expresión concentrada, la astróloga entregó a Jilly el grueso cuaderno de cantos dorados y con las yemas de los dedos rastreó las líneas de la palma de Rory. Este sorprendió a Jilly porque aceptó tantas atenciones sin molestarse ni mofarse de la situación.

– Hummm… -musitó la mujer mayor en tono apreciativo-. Éxito, larga vida y buena salud. Eres un joven muy afortunado.

Rory miró a Jilly con expresión divertida.

– Esta noche no he tenido mucha suerte -reconoció.

Aura observó a Jilly de soslayo y esbozó una ligerísima sonrisa. Volvió a recorrer con los dedos la palma de la mano de Rory.

– Vaya, vaya, vaya… La noche todavía no ha terminado.

– Tienes razón. -Rory rió entre dientes-. Hasta ahora no había conocido a una pitonisa y te aseguro que empiezo a lamentarlo.

Jilly puso mala cara.

– No es pitonisa, sino astróloga. -Se volvió hacia Aura y frunció el ceño al comprobar que su amiga no había soltado a Rory-. No sabía que leías la mano.

Una sonrisa traviesa demudó la expresión de Aura y sus ojos resplandecieron de alegría, como una Martha Stewart en pleno proceso de planificar otro proyecto de decoración de pasteles imposible de reproducir por parte del resto de la humanidad.

– Me has pillado. Aunque no suelo leer la mano, lo cierto es que tampoco es habitual que pueda estudiar las líneas de un hombre tan apuesto.

Rory y el doctor John rieron.

Jilly meneó la cabeza y acotó:

– Aura, por favor, tal como están las cosas, Rory ya tiene suficiente amor propio. Suponía que me ayudarías a devolverlo a las proporciones adecuadas.

La astróloga soltó la mano de Kincaid y recuperó el cuaderno.

– Cielo, lo siento mucho, pero ya de pequeña me enamoré del abuelo de este joven… y de su padre pocos años después. -Se dirigió directamente a Rory-. Sentí mucho el fallecimiento de tu abuelo, fue como si una época tocase a su fin. De todos modos, supongo que tu padre está bien, ¿no?

La expresión de Rory se tornó gélida.

– Vive en Francia -respondió.

– Ah. -Aura asintió como si Kincaid hubiese respondido a su pregunta-. Los acuarios estáis atravesando un largo período de problemas familiares.

En el caso de que fuera posible, Rory se mostró todavía más distante.

– Si tú lo dices…

Aura volvió a mover afirmativamente la cabeza.

– Verás, Jilly me contó que habéis nacido el mismo día.

La joven ya no se acordaba de que se lo había dicho.

Rory pareció animarse.

– ¿Habla de mí?

Jilly apretó los dientes y replicó:

– Lo menos posible.

El doctor John se desternilló de risa y meneó la cabeza.

– ¡Ay, guapetona, más que guapetona!

Jilly le lanzó una mirada que tendría que haber abierto unos cuantos piercings más en su piel e inquirió:

– ¿Qué te pasa?

Rory evitó que el doctor John siguiese revelando secretos porque preguntó:

– ¿Has dicho «guapetona»? ¿De dónde viene ese guapetona?

El doctor John volvió a reír y su tono grave estuvo a punto de sacudir las tablas del parquet.

– La llamamos guapetona porque lo es. Nuestra Jilly es guapetona y recatada.

Dio la sensación de que Rory estaba a punto de desmayarse.

– ¿Recatada? ¿Te parece recatada? Sospecho que no hablamos de la misma mujer.

Aura se estiró y le tocó el brazo.

– Lo que acabas de decir es totalmente acuario. Los signos de aire acabáis tan confundidos por el envoltorio que nunca miráis el contenido del paquete. -La astróloga abrió el cuaderno, buscó algo señalando con el dedo y añadió-: Rory, de todas maneras el mes que viene te irá mejor, sobre todo el catorce, fecha en la que Venus y Urano, tu regente, se encontrarán. Aprovéchalo.

Rory la miró.

– Perdona, pero no te he entendido.

En lugar de explicarse, Aura se limitó a menear la cabeza y cerró el cuaderno.

– Antes de que se me olvide, los acuario también sois muy tercos. Os mostráis muy poco, pero que muy poco dispuestos a modificar vuestro camino una vez escogido el rumbo a seguir. Jilly también es así.

– Lo sé. -Rory sonrió a Aura y súbitamente se mostró irresistiblemente encantador-. Tal vez podrías darle algunos consejos en ese sentido. Por lo visto, hace caso de todo lo que dices.

Aura abrió desmesuradamente los ojos.

– ¿Qué has dicho?

Rory señaló el cuaderno de tapas azul celeste.

– Quizá entre sus páginas hay algo para convencer a Jilly de que se ablande un poco. Me gustaría que… verás, se trata de una cuestión personal, aunque estoy seguro de que a ti te escuchará porque eres su astróloga.

Kincaid adoptó esa clase de mirada indulgente que parecía indicar que, aunque por nada del mundo se tragaba lo que Aura había escrito en el cuaderno, estaba dispuesto a soportar los caprichos de la cabeza de chorlito menuda y guapetona que tenía a su lado.

Jilly se puso de todos los colores, en primer lugar por la actitud condescendiente, presuntuosa y mundana de su acompañante y, en segundo, porque…

Porque ella tampoco creía una sola palabra de lo que Aura había anotado en el cuaderno.

Ya fuera demasiado pragmática, poco imaginativa o estuviese desconectada de su capacidad intuitiva, lo cierto era que, cuando Aura le ofrecía consejos y recomendaciones, en general a Jilly le entraban por una oreja y le salían por la otra.

El día en el que en la canoa le dijo a Rory que, según su astróloga, no era un día propicio para besarse y cuando repitió esas palabras durante el picnic y nuevamente esa noche, Jilly solo había apelado a una excusa cómoda.

El doctor John rió tanto que corrió el riesgo de que se le saltase uno de los piercings de la nariz. Presa de un profundo desconcierto, Aura miró a Rory y a Jilly.

Jilly tragó saliva e intentó salir del apuro:

– Aura, Rory intenta decirte lo mucho que te aprecio. Al fin y al cabo, has sido como una madre para mí. -Como si se tratase de un gesto totalmente impulsivo, la joven estiró los brazos y la abrazó, al tiempo que le susurraba al oído en tono apremiante-: Luego te lo cuento. Necesito que des a entender que te he consultado.

Algunas personas no ponen en cuestión los susurros apremiantes y otras captan enseguida cuál es la situación. Por desgracia, Aura no formaba parte de ninguno de esos grupos.

La astróloga se apartó de Jilly y agitó la melena al menear la cabeza.

– Vamos, querida, nunca me consultas. Lo sabes perfectamente. Da la casualidad de que he visto que en Los Angeles Gazette lo único que haces es el crucigrama. ¡Ni siquiera echas un vistazo a tu horóscopo!

¡Mierda! Jilly se limitó a morderse el labio inferior, evitó la penetrante mirada de Rory y con el rabillo del ojo notó que este había vuelto a levantar una ceja con actitud perversa.

Su acompañante se cruzó de brazos y comentó:

– Si la memoria no me falla, varias veces has dicho que, según tu astróloga, determinadas cuestiones eran «poco propicias» o «desaconsejables».

El doctor John rió tanto que sus carcajadas se convirtieron en un ataque de tos y se le llenaron los ojos de lágrimas. En opinión de Aura, la tos requería un vaso de agua, por lo que cogió del brazo a John y se lo llevó. Jilly los observó y tuvo la sospecha de que la dejaban deliberadamente a solas con Rory. ¡Traidores!