Rory tampoco estaba demasiado seguro de que volver a hacer con ella «esa clase de actividades» fuera muy sensato, pero que añadiera «no es justo» despertó su curiosidad.
– ¿De qué hablas?
Los labios exuberantes y tiernos de Jilly formaron un corazoncito.
– Sor Bernadette…
– No quiero que volvamos a hablar sobre tu educación conventual, ¿de acuerdo?
Ese tema despertaba todo tipo de fantasías impías en Rory, la mayoría de las cuales se centraban en torno a las sensuales curvas de Jilly, contenidas por un pícaro corsé y tapadas con un uniforme gris.
La joven bajó la mirada y continuó:
– Sor Bernadette nos habló de… de los hombres. Bueno, nos habló de los chicos, pero estoy segura de que lo que dijo se aplica a todos los seres de sexo masculino.
La situación resultaba cada vez más curiosa. Rory estaba tan cautivado que mantuvo el equilibrio sobre los talones y la animó a seguir hablando:
– Te escucho.
La joven arrastró los pies en medio de la ropa caída. Rory la miró y tuvo la sensación de que una de las pilas desordenadas se movía extrañamente.
– La monja explicó que si permites… -Jilly respiró hondo y volvió a empezar-: La monja explicó que cuando permites que un chico o un hombre te toquen…
– ¡Beso! ¡Beso!
A través de la puerta casi cerrada se colaron más silbidos, llamadas y ligeros chasquidos cuando el grupo de búsqueda de la chinchilla volvió a pasar cerca.
Empeñado en no dejarse interrumpir justo cuando la situación se ponía interesante, Rory se apoyó en la puerta del vestidor, que se cerró de forma sonora.
– ¿Que te toquen qué? -preguntó Kincaid con fingida inocencia.
– Que te toquen las… -Jilly se señaló la blusa-. Ya me entiendes.
Rory entornó los ojos. La blusa también era toda una propuesta erótica. En el «aire» azul cielo de la tela flotaban nubes y los petirrojos volaban. Las aves transportaban cerezas en los picos bordados y dos frutas suculentas parecían caer justo encima de los pezones de Jilly.
En ese momento fue Rory quien arrastró los pies y se metió las manos en los bolsillos de los vaqueros.
– ¿Te refieres a que te toquen las cerezas? -preguntó, y apuntó con el mentón a la blusa de la joven.
Jilly bajó la cabeza, se ruborizó un poco más y levantó rápidamente la mirada antes de responder en un susurro:
– Sí.
Rory no pudo contenerse y precisó:
– Pero si yo no te toqué las cerezas.
– Tienes razón. -La muchacha carraspeó-. Lo que dices es verdad…
– Aunque te toqué la manzana. -Rory pensó que aquella situación era cada vez más divertida y desquitarse de Jilly con una ligera provocación casi compensaba el malestar que se estaba causando a sí mismo-. Dicho sea de paso, hay quienes lo consideran incluso más íntimo.
– ¿Mi manzana? -preguntó sin entender lo que decía; de pronto se quedó paralizada.
Al cabo de unos segundos movió las piernas y miró hacia abajo.
Rory también miró y tuvo que reprimir una carcajada tras descubrir otra imagen en el pantalón de Jilly: por el interior del muslo derecho de Jilly reptaba una serpiente bordada, cuya lengua bífida y su mirada lasciva se centraban en la manzana que estaba justo fuera de su alcance.
– ¡Dios mío! -exclamó Jilly, y su voz volvió a sonar débil.
Rory apretó los labios.
– ¿Eres capaz de adivinar qué diría sor Bernadette sobre ese bordado?
Jilly respiró hondo, como si intentara asimilar lo que acababa de ver.
– Diría que debo prestar más atención a la ropa que me pongo al levantarme.
¡Amén…!
La muchacha cruzó los brazos por debajo de las cerezas y lo miró furibunda.
– Sea como sea, no me tocaste la… no me tocaste la manzana.
Rory la miró falsamente ofendido.
– ¡Desde luego que te toqué la manzana! ¡Apoyé el muslo junto a esa fruta dulce y jugosa!
Kincaid pensó que tal vez se había excedido. Aunque le clavó la mirada y movió los labios, de la boca de Jilly no escapó sonido alguno. La culpa y el sentido común hicieron mella en Rory. Llegó a la conclusión de que con su mera presencia no podía hacerla sentirse tan incómoda como para que se negase a acceder a lo que quería pedirle.
– Hablemos de otra cosa.
Jilly tragó saliva.
– Solo cuando aceptes mis disculpas por el… bueno, por el estado en el que te dejé la otra noche. ¿Ya estás bien?
Dado que el «estado» al que suponía que Jilly se refería era el mismo en el que había entrado y salido desde el primer instante en el que la muchacha clavó su tacón en la calzada de acceso a Caidwater, Rory no supo exactamente por qué se disculpaba.
– ¿Por qué me preguntas si estoy bien?
– ¿Cuánto tarda en bajar?
Rory se dijo que dependía del tiempo que le llevase dejar de pensar en Jilly.
– ¿No te parece una pregunta excesivamente personal?
La muchacha parpadeó, por lo que resaltaron sus ojazos felinos.
– Tienes razón, lo lamento. Lo que pasa es que sor Bernadette nos explicó que los chicos se congestionan cuando… bueno, ya me entiendes… cuando permites que se acerquen demasiado a tus… cerezas. -Jilly suspiró, como si se alegrara de haberse despachado a gusto.
Rory se quedó de piedra y esperó que Jilly no resoplase mucho, ya que el más ligero movimiento podía tumbarlo. Abrió la boca, la cerró y volvió a abrirla.
– ¿Estás hablando de la congestión testicular? ¿La monja os dijo que los chicos sufren orquitis?
Jilly volvió a ponerse roja como la manzana bordada en sus vaqueros.
– Creo que sí. Me parece que ese es el nombre, aunque no fue la monja, sino una de mis compañeras quien lo empleó.
Rory estaba pasmado. Aquella mujer no solo había transmitido un montón de desinformación a adolescentes impresionables, sino que ninguno de los hombres con los que Jilly había estado desde entonces se había tomado la molestia de explicarle algunas reacciones biológicas. Se imaginó a la menuda bomba sexual de tacones de vértigo deambulando de una fiesta hollywoodiense a otra y acostándose con hombres de los que se creía propietaria porque se habían acercado demasiado a su… a su fruta.
Semejante ideó le repugnó.
– ¡Malditos sean!
Como respuesta a la estentórea maldición, la ropa que se encontraba a los pies de Jilly empezó a moverse y apareció algo gris y peludo. A medida que el animal daba saltos por el vestidor, Jilly retrocedía más y más hacia un rincón. Cuando por fin Beso se perdió en un estante situado sobre una de las barras, Jilly miró hacia arriba con nerviosismo y observó la pila de cajas detrás de las cuales se había parapetado la chinchilla.
– Ahí está Beso -afirmó, aunque no hacía falta.
Tampoco fue necesario explicarle a Rory que el animal todavía la incomodaba.
Kincaid meneó la cabeza. ¡Condenada chinchilla! En lo que a él se refería, ya podía pasar el resto de su existencia en una caja de zapatos. Hacer que Jilly comprendiese la verdad era mucho más importante.
– Olvídate del ridículo roedor. Escúchame, Jilly, presta mucha atención. La congestión testicular no existe. -La muchacha parpadeó-. El viernes por la noche probablemente sufrí los mismos dolores y tensiones que tú. No debes pensar que, si lo rechazas, haces daño a un hombre. ¿Me has entendido?
Kincaid se dio cuenta de que parecía hosco y antipático pero, por todos los diablos, era lo que sentía. ¿Por qué los hombres con los que Jilly se había acostado habían permitido que siguiese creyendo en esos disparates?
– Solo pretendes ser amable.
– Te aseguro que no soy amable. -Dio un paso hacia ella y, acicateado por la exasperación, no hizo caso del agorero sonido procedente de las cajas apiladas sobre su cabeza-. ¿Por qué tendría que ser amable contigo? Tienes una profesión extraña y amigos incluso más raros. Me haces hablar de cerezas en lugar de pechos y de manzanas en vez del co… -Rory descubrió que era incapaz de pronunciar aquella palabra ante ella-, en vez de referirme a tu manzana.