– No quiero que pienses que te utilicé… No pretendo resultar provocadora -reconoció Jilly.
Rory se relajó ligeramente.
– Vamos, querida, sé que no eres una provocadora. Te garantizo que sé de mujeres provocadoras más de lo que puedes imaginar.
Jilly parecía tener sus dudas.
Rory titubeó, pero enseguida pensó en los hombres que en el pasado habían compartido la cama de Jilly y los que en el futuro la compartirían y se percató de que tenía la oportunidad de influir en la clase de individuos con los que ella se relacionaría en el porvenir.
– Jilly, escúchame bien. Jamás permitas que alguien diga que lo has provocado y que tienes que compensarlo. Es verdad que posees un cuerpo fenomenal y que, te pongas lo que te pongas, resultas indiscutiblemente atractiva, pero te garantizo que eres la mujer menos provocadora que conozco. Tus sentimientos están a flor de piel y se nota en tu mirada y en el modo en el que te ruborizas cuando hablas de cualquier asunto relacionado con el sexo o con los hombres.
Con la expresión Jilly dio a entender que no le creía.
Kincaid hizo un brusco gesto de impaciencia y su mano chocó con una de las prendas colgadas. Aferró el batín de seda y lo descolgó. Aún despedía el aroma de Daniel Kincaid, su padre, el perfume del poder y el egoísmo. Clavó la vista en la tela y se sorprendió, pues estaba pensando en contarle a Jilly lo que sucedió aquella noche. Los Kincaid pagaron un precio altísimo por evitar que ese asunto saliese a la luz.
De todos modos, la seguridad de la muchacha era más valiosa que aquel precio y su orgullo.
– Cielo, te aseguro que, después de aprender la lección que me dio el hombre que llevaba este batín, conozco perfectamente a las provocadoras y a las aprovechadas.
Jilly tragó saliva.
– ¿A quién pertenece?
– A mi padre, que asegura que Hugh Hefner le copió la postura con el batín -repuso, y rió sin estar realmente convencido-. Sea como sea, presenté a mi querido padre a la joven preciosidad que había conocido haciendo cola en el departamento de vehículos a motor. Era una muchacha encantadora, sencilla y que no tenía nada que ver con Hollywood. Vivía en el valle y, según dijo, soñaba con convertirse en maestra de guardería. Me conquistó en un abrir y cerrar de ojos, era una maestra de párvulos simpática, normal y profundamente sana. Le pedí que se casase conmigo. Era la clase de mujer capaz de dar a nuestros hijos todo lo que me faltó durante la infancia.
– ¿Querías tener hijos? -preguntó Jilly suavemente.
– Sí, desde luego, con ella quise tenerlos. Le regalé un soberbio anillo y ella me dio el sí que tanto ansiaba oír.
– ¿Qué pasó?
– Como ya he dicho, la presenté a la familia. Conoció al abuelo y a papá. Celebramos una fiesta de compromiso como las de antes, por todo lo alto. Dos días después regresé inesperadamente a casa y encontré a mi padre en la cama, en compañía de mi dulce y joven prometida. Por lo visto no era tan inocente como parecía. Lo cierto es que no le interesaba ser maestra de guardería. Solo aspiraba a convertirse en actriz de culebrones.
Jilly volvió a tragar saliva y murmuró:
– Lo siento.
Rory abrió los dedos y el batín de seda cayó al suelo.
– Jilly, no te lo he contado para que me compadezcas, sino para que sepas que no eres una mujer como esa. Detecto a esa clase de mujeres. Aunque seas algo rara y te vistas escuetamente, no eres provocadora ni aprovechada.
– De modo que soy rara y escueta en el vestir. Muchas gracias. -Puso cara de contrariedad-. Pero no soy estúpida.
Rory se movió incómodo. Después de contarle aquel episodio ya no supo qué decir.
– Bueno, de todos modos… -Carraspeó-. Espero que el fin de semana que viene estés libre.
Más le valía plantearlo directamente ya que, si parecía una elección, Jilly pensaría que podía escoger.
La joven parpadeó ante el giro repentino de la conversación.
– ¿Cómo dices?
– Nos vamos de viaje.
Jilly repitió lentamente la orden con incredulidad:
– Nos vamos de viaje.
Kincaid afirmó sin dudar.
– Así es. Tengo que reunirme en San Francisco con algunos miembros del Partido Conservador. El político que apadrina mi candidatura al Senado quiere conocer a la mujer con la que voy a casarme.
Rory no aclaró que solo había sido un comentario casual. Le habría sido fácil excusarse pero, por alguna razón, le agradó la perspectiva de contar con su compañía.
Jilly negó enérgicamente con la cabeza.
– Accedí a que dijeras que estábamos comprometidos, pero nunca accedí a interpretar el papel de futura esposa.
– ¡Qué pena! -exclamó Rory-. Lamentablemente, durante el fin de semana aparecieron más imágenes nuestras por televisión. Te han visto besándome en la inauguración de la galería, por lo que la prensa sensacionalista y los programas de televisión han vuelto a hablar de nosotros. Algunos importantes miembros del Partido Conservador se mueren de ganas de conocerte.
Todo eso era cierto y la perspectiva de interminables reuniones le había parecido más agradable si tenía cerca a Jilly.
– ¡Grrr…!
Kincaid levantó las manos.
– Oye, ¿qué quieres que le haga? Eso no ha sido idea mía.
Jilly entrecerró los ojos.
– No me cabe la menor duda. Estoy segura de que no elegirías viajar con una mujer con «una profesión extraña y unos amigos incluso más raros» y, menos aún, casarte con ella.
Rory tensó la mandíbula como reacción ante tanta testarudez.
– Verás, en esta cuestión no podemos elegir. Yo tengo una reunión en San Francisco y tú vendrás conmigo.
– Antes tendrás que pasar sobre mi cadáver escuetamente vestido.
– Escucha, Jilly, el senador quiere conocerte y es necesario que me ayudes.
– No tengo por qué ayudarte.
En lugar de ahorcarla por terca, Rory apretó los dientes y se dijo para sus adentros que con esa actitud no llegarían a ninguna parte.
– No te preocupes, más tarde te daré los detalles -añadió, y retrocedió hacia la puerta del vestidor.
– No pienso cambiar de parecer -replicó Jilly, enfadada.
Rory apretó las muelas. ¡Maldita sea! San Francisco le sentaría bien a Jilly y sería positivo para su propia tranquilidad de espíritu.
– Ya hablaremos más tarde. De momento me limitaré a…
Kincaid accionó el picaporte. No ocurrió nada. Volvió a girarlo y simultáneamente empujó la puerta con el hombro. Tampoco sucedió nada.
– ¿Qué pasa?
Rory fue incapaz de mirarla a la cara.
– La puerta tiene el cerrojo echado, está atascada o le pasa algo.
Jilly se lamentó.
– La señora Mack me advirtió que algunas puertas tienen problemas.
¡Fenomenal! Rory se dio cuenta de que estaba encerrado en el vestidor con una mujer que parecía una diosa sexual y que se comportaba como una mula contrariada.
– ¡Podrías habérmelo dicho! -se quejó Rory.
– ¿Cómo querías que supiera que cerrarías la puerta?
Rory se volvió, enfadado porque Jilly tenía razón y también a causa de que, como de costumbre, el desastre lo acechaba siempre que aquella mujer estaba cerca. Luchó con su contrariedad, perdió la batalla, la miró y contempló su llamativo y edénico atuendo.
– ¡Por amor de Dios, tendrías que haberlo sabido cuando empezaste a hablar de las ridículas cerezas y manzanas!
Desesperado por alejarse de Jilly, Rory dio una soberbia patada a la puerta.
Ese puntapié gratuito desató el caos.
Con asustados chillidos, Beso abandonó a la carrera su último escondite y las cajas cayeron sobre la cabeza de Rory. Jilly rió, pero enmudeció cuando el animal saltó del estante vacío al suelo y correteó alrededor de sus pies. La muchacha jadeó, se apartó de un brinco de la chinchilla y chocó contra el pecho de Rory. Este la rodeó automáticamente con los brazos y la giró, por lo que la espalda de Jilly quedó apoyada en la puerta; de esa manera estaba a salvo de las frenéticas carreras del roedor.