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Beso rodeó el vestidor una… dos veces. Hubo otra embestida frenética, pero de repente el animal se tranquilizó; había encontrado otro escondite.

Ambos se quedaron quietos y contuvieron el aliento para evitar otra carrera desaforada de la chinchilla.

Sin dejar de rodear a Jilly con los brazos, Rory exhaló aire y comentó:

– Me parece que ahora estamos a salvo. -Jilly no se apartó en el acto ni él la soltó. La joven volvió a experimentar una peculiar calidez, casi ardor, y se le endulzó el aliento. Kincaid añadió-: Creo que deberíamos quedarnos quietos un rato.

Jilly se tomó en serio sus palabras.

– ¿No sería mejor golpear la puerta y llamar a alguien?

Rory sonrió para sus adentros y meneó la cabeza de forma casi imperceptible.

– Supongo que están buscando la chinchilla en la otra ala de la casa. Ya volverán, pero será mejor que Beso no sufra un nuevo ataque de pánico.

Jilly volvió a tensarse y abrió desmesuradamente los ojos.

– Tienes razón. La chinchilla debe estar tranquila.

– Además -añadió Rory suavemente-, así tendremos ocasión de hablar del fin de semana.

– No -replicó Jilly instantáneamente.

– Vamos, di que sí.

– No.

Rory sonrió.

– Si no aceptas volveré a besarte.

– ¡No!

– Te tocaré las cerezas.

– No. -Jilly lo estudió y sus ojos verdes adoptaron una mirada recelosa-. Recuerda que has dicho que no harás nada que yo no quiera.

Kincaid volvió a sonreír.

– En cuanto te bese querrás que vuelva a hacerlo.

Jilly intentó apartarse, pero Rory se lo impidió.

– Tranquila, con calma, acuérdate de la chinchilla loca.

La joven volvió a quedarse inmóvil en el acto.

– ¿Sabes una cosa? Detesto tu autosuficiencia. -Bajó la voz y lo imitó penosamente-: Querrás que vuelva a hacerlo.

Rory rió con suavidad y le alborotó los rizos de la frente.

– Querida, te aseguro que tu venganza consiste en que, pese a la infinidad de problemas que me causas, yo también lo deseo.

Jilly lo miró a los ojos.

– Vuelves a las andadas. No sé si sentirme piropeada u ofendida.

– Simplemente digo la verdad. No sé cómo hemos acabado en esta situación y, si a eso vamos, ni siquiera sé por qué nos hemos conocido, pero lo cierto es que, de momento, estamos comprometidos y debo reconocer que, por ahora, no me molesta en absoluto estrecharte en mis brazos.

Jilly entrecerró los ojos.

– De todas maneras, no pienso ir a San Francisco contigo.

Kincaid suspiró.

– Lo pasaremos bien. La ciudad es hermosa y dispondremos de una suite en uno de los mejores hoteles. Estoy seguro de que durante el día podrás pasear y comprar material para tu tienda. Por la noche cenaremos con el senador Fitzpatrick.

– ¿Has dicho el senador Fitzpatrick?

– Sí, el senador Benjamin Fitzpatrick. Es quien apadrina mi candidatura en el Partido Conservador. Quiere conocer a mi prometida. Verás, se trata de… un compromiso ineludible.

Rory pensó para sus adentros que solo alteraba ligeramente la verdad.

– El senador Benjamin Fitzpatrick -Jilly repitió lentamente el nombre como si fuese la primera vez que lo oía-. Tal vez pueda…

El escalofrío de la victoria recorrió la espalda de Rory, pero a él se sumó una repentina preocupación.

– Quiero que sepas que se trata de una de las últimas reuniones antes de anunciar mi candidatura. Si pudieras… bueno, si pudieras moderarte un poco, sería fantástico.

– ¿Has dicho que me modere? -preguntó Jilly en tono bajo.

Rory tragó saliva.

– Verás, me parece que el senador se sentirá incómodo si llevas ropa excesivamente llamativa. También te agradeceré que reduzcas al mínimo los comentarios sobre aromaterapia, astrología o cualquier otra cuestión por el estilo.

– Hummm… -La muchacha se mordisqueó el labio inferior como si estuviera pensando.

Kincaid se preguntó si, en realidad, disimulaba una sonrisa.

A Rory se le aceleró el pulso. Ansiaba que algo saliese bien en las pocas semanas previas a convertirse en el honrado y respetable candidato al Senado por el Partido Conservador. El día que se diese el pistoletazo de salida a la campaña se regodearía con la imagen de su disoluto abuelo revolviéndose en la tumba.

– Hummm… -repitió Jilly, que por lo visto no dejaba de reflexionar.

– ¿Estás diciendo que sí? -preguntó Rory, y procuró no mostrarse demasiado impaciente.

La muchacha meditó unos segundos más, lo miró, esbozó una ligera sonrisa y repuso:

– Sí.

En el caso de que reparase en el extraño brillo de esos ojos verdes, Kincaid no le dio importancia porque no podía permitirse el lujo de desconfiar. Se sintió tan aliviado que se apoyó en ella, con las palmas de las manos contra la puerta. Se prometió a sí mismo que solo daría un beso de agradecimiento a ese labio inferior mordisqueado, pero cuando su boca rozó los labios de Jilly, se abrió la puerta.

Jilly cayó hacia atrás y Rory hacia delante, por lo que le golpeó la barbilla con la frente. La muchacha se quejó, Rory gruñó y Beso chilló encantada cuando trepó por la espalda de Rory, saltó de su hombro a la melena de la muchacha y se lanzó de cabeza al suelo.

Rory se frotó la cabeza, Jilly se palpó delicadamente la barbilla y ambos fueron testigos de la huida de la chinchilla.

Kincaid dejó escapar otro suspiro de resignación, supuso que no sería el último que lanzaría en presencia de la joven y le dirigió una mirada de reojo al tiempo que preguntaba:

– ¿Alguna vez se te ha ocurrido pensar que ambos despertamos lo peor del otro?

Capítulo 10

En el pequeño despacho de Things Past, con el ceño fruncido Kim miró el monitor e intentó concentrarse. El problema consistía en que no dejaba de pensar en Jilly. A primera hora de la mañana había salido para pasar el fin de semana en San Francisco y su sonrisa pícara no presagiaba nada bueno.

Alguien golpeó la puerta abierta, por lo que levantó la cabeza, contenta de que la interrumpiesen.

Su alegría se esfumó cuando vio que el responsable de la interrupción era Greg. En el acto la palma de su mano le picó con un escozor fantasmal, un fragmento del recuerdo de los cabellos del actor rozando su mano. Tragó saliva y dijo:

– No, Greg, yo…

Tras él apareció una niña, que asomó la cabeza a la altura de su muslo mientras el resto del cuerpo permanecía oculto. Su mano pequeña se aferró a los gastados vaqueros de Greg y observó a Kim con ojos del mismo y sorprendente tono azul de los Kincaid.

El pelo de la niña era de un rubio que le resultó conocido.

¡Iris…!

La chiquilla desapareció de su vista. Kim parpadeó y se frotó los ojos. Tal vez la había imaginado…

Greg no apartó la mirada de Kim cuando extendió los brazos hacia atrás para volver a poner a la niña a la vista de la ex modelo. Apoyó las manos en sus hombros menudos y la cría se reclinó confiadamente en sus piernas.

– Kim, te presento a mi tía Iris Kincaid -dijo quedamente, y enseguida carraspeó-. Iris, te presento a…

– Soy Kim. -Pensó que sería incapaz de articular una palabra más y, sobre todo, de moverse, pero abandonó la silla y se agachó a la altura de la niña-. Hola, Iris.

Pese a que su corazón latía desaforadamente, Kim se obligó a mantener la calma y sonrió a la pequeña.

Greg tiró con suavidad de la larga melena de Iris.

– Cielo, saluda.

Iris bajó la cabeza.