Kim miró a Greg, que se encogió de hombros, volvió a carraspear y añadió:
– Nos gustaría saber si quieres venir a la playa con nosotros.
Kim se preguntó si era un sueño. Estaba a punto de pellizcarse cuando Iris musitó algo.
– ¿Qué has dicho? -preguntó Kim.
La niña hizo pucheros y alzó el tono de voz:
– Que Greg quiere que vengas a la playa con nosotros.
Kim se dijo que debía pellizcarse y, por extraño que parezca, movió los labios.
– Ah… -murmuró, y reprimió una sonrisa. Le daba igual el humor de Iris. Le bastaba con ver respirar a la cría, a la niña que había parido, a la pequeña que había cuidado con todo el amor del mundo durante las seis semanas que le permitieron ser madre-. Pero no estás segura de querer compartir el paseo, ¿eh?
– Iris… -intervino Greg a modo de advertencia.
– No te preocupes -apostilló Kim, y se puso en pie para tomar distancia antes de dar un susto de muerte a Iris al estrecharla en su brazos-. Estoy encantada de conocerte. -Las miradas de Kim y Greg se cruzaron y la muchacha soltó una mentira-: Así es suficiente.
Greg volvió a tironear con delicadeza de los cabellos de Iris.
– Bicho, dame un respiro -rogó, aunque su expresión fue muy seria y su mirada endiabladamente vigilante.
Kim intentó dar a entender que la situación no la preocupaba.
– Está bien -accedió Iris a regañadientes, y se miró las zapatillas rojas-. Puede venir.
La ex modelo estuvo en un tris de echarse a llorar.
El trayecto hasta la playa transcurrió en silencio. Kim tenía miedo de abrir la boca, evidentemente a Iris no le apetecía hablar y Greg se concentró en el tráfico. Cuando llegaron, el actor cargó una manta mexicana de algodón a rayas y un cubo enorme lleno de juguetes de playa y dijo tranquilamente a su tía:
– Coge de la mano a Kim mientras atravesamos el aparcamiento.
Evidentemente acostumbrada a ir de la mano de un adulto y tal vez distraída por la promesa cercana de la arena blanca, Iris no protestó y acercó su mano a la de Kim. Esta titubeó, aterrorizada y regocijada a partes iguales. ¡Estaba a punto de tocar a su hija!
– ¡Date prisa! -Impaciente, Iris aferró espontáneamente la mano de Kim y en el acto la arrastró hacia el muro bajo que separaba el aparcamiento de la playa.
En su intento de no apretar demasiado la mano de su hija, los músculos de los dedos de Kim se agarrotaron. Pensó que la mano y los dedos de la niña eran delgadísimos, aunque bastante más grandes que los diminutos puños de bebé que Iris solía apoyar en sus mejillas. Apenas había asimilado los cambios ocurridos cuando Iris le soltó la mano y saltó el muro. Corrió en línea recta hacia el mar, que rompía a veinticinco metros.
– ¡Iris! -gritó Kim, y detectó miedo en su tono al tiempo que echaba a correr.
– Está bien -anunció Greg, y la contuvo-. No irá a ninguna parte.
Con el corazón desbocado, Kim aspiró una larga bocanada de aire salobre y se vio obligada a reconocer que Greg tenía razón. En cuanto llegó a la arena que mojaban las olas, Iris dio la vuelta y corrió hacia ellos, sonriente de alegría y agitando los brazos con la brisa.
Kim recorrió con la mirada la curva de la sonrisa de su hija.
– Se parece a…
– Es calcada a ti -aseguró Greg, se adelantó un trecho y depositó en la arena lo que llevaba en brazos.
Kim fue junto a él y lo ayudó a extender la manta. No quitó ojo de encima a su hija, que revoloteó y saltó por la playa como un animal mitad gaviota y mitad andarríos. Una vez extendida la manta de rayas, los flecos aletearon como el nerviosismo en su vientre e hizo frente a la mirada de Greg al tiempo que preguntaba:
– ¿Por qué? Te lo agradezco infinitamente, pero ¿por qué?
¿Por qué le había ofrecido el regalo de compartir una tarde con su hija? ¿Por qué mostraba tanta generosidad a pesar de que lo había herido?
Greg desvió la mirada hacia la rompiente y no respondió.
En cuanto la manta estuvo en su sitio y sacaron del cubo los juguetes, Iris bailoteó por la playa unos minutos más y finalmente se sentó en la arena, rodeada de sus juguetes. Kim miró a Greg en busca de pistas de lo que tenía que hacer, pero el actor se había tumbado en la manta y había cerrado los ojos.
Kim tragó saliva con dificultad y se acercó lentamente a Iris. Se sentó a poca distancia de su hija, se quitó las gastadas zapatillas y los calcetines y hundió los pies en la arena. La parte de arriba estaba calentita y dos centímetros más abajo, fría y húmeda. Así era la arena en invierno. Kim había estado igual durante los últimos cuatro años. Solo dos centímetros de su persona habían permanecido cálidos y vivos mientras que, por debajo, el resto permanecía frío e intacto.
Iris la miró y preguntó:
– ¿No vas a ayudarme?
Kim se sobresaltó. ¡Su hija le pedía ayuda…!
– Sí, claro. ¿Qué construiremos? ¿Un castillo de arena? -Iris tensó el labio superior. Kim reprimió una sonrisa porque ese gesto franco le recordó a Jilly. No estaba mal ser franca. Llegó a la conclusión de que podía aprender mucho de su hija-. ¿No haremos un castillo?
Iris adoptó otra mueca de disgusto y su expresión denotó que le molestaba tener que explicarlo todo a los adultos.
– Yo vivo en un castillo. Lo que me gusta es hacer casas de arena.
Casas de arena… Kim se acercó a ella y enjugó algunas lágrimas que amenazaban caer de sus ojos. La princesa del castillo quería construir casas de arena. Como temía que se le quebrase la voz, durante un rato se limitó a cumplir las órdenes de Iris, llenó el cubo con agua de mar y recogió restos de conchas y algas para adornar las casitas a las que su hija dio forma.
En un círculo de arena de aproximadamente dos metros de diámetro, Iris construyó con gran ahínco un conjunto de casas, algunas muy cerca y otras distanciadas. Cada vivienda tenía una forma y una decoración distintas y la más adornada, que también era la más pequeña, se encontraba en el centro del círculo. El viento azotó los cabellos de Iris, que no pareció reparar en que le taparon los ojos cuando con sumo cuidado colocaba la última concha a un lado de la casita.
– Ya está -declaró la pequeña-. He terminado.
Al oír esas palabras, Greg abrió los ojos y se acercó al barrio de Iris.
– Me gusta -opinó-. ¿Por qué no le hablas a Kim de tus casas?
En el tono de Greg hubo algo que repentinamente asustó a la ex modelo.
– Está bien, pero también puedo limitarme a disfrutar de una buena vista -se apresuró a decir Kim.
Bien sabía Dios que sabía protegerse de las cuestiones dolorosas.
Iris la observaba con gran atención.
– ¿No quieres que te hable de mis casas?
Kim cerró fugazmente los ojos.
– Por… por supuesto.
La chiquilla extendió sus delgados brazos.
– Esto es Irislandia.
Kim estuvo a punto de atragantarse.
– ¿Qué dices? ¿Una especie de Disneylandia?
Iris volvió a tensar los labios.
– Bueno, no. Es como… -Miró a Greg en busca de ayuda.
– No es un parque temático -explicó el actor sin apartar la mirada de la niña-. Es el lugar en el que a Iris le gustaría vivir… y supongo que eso incluye el estilo de vida que le agradaría tener. Se parece al barrio de Mister Rogers, en televisión.
Iris se incorporó de un salto.
– Hay una casa para todos a los que quiero. Mira… -Señaló una casona cercana al centro del círculo-. Esta es para la señora Mack. La he hecho muy grande porque le gusta limpiar.
Kim se acordaba del ama de llaves de Caidwater y declaró con gran seriedad:
– Estoy segura de que agradecerá tener tanto espacio para mantenerlo pulcro y ordenado.
La niña movió afirmativamente la cabeza y describió otras viviendas. Había construido casas para su antigua niñera, las criadas, los jardineros e incluso para el agente de Greg. Una mansión, todavía sin dueño, se alzaba en solitario casi fuera de los límites de Irislandia.