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– Y esa, ¿de quién es? -inquirió Kim con curiosidad señalándola.

Su hija adoptó una expresión indescriptible.

– Es para mi sobrino Rory.

Greg estuvo a punto de atragantarse de risa.

– Iris, cada vez la construyes más lejos. ¿Te parece correcto? Creía que al menos le tenías algo de afecto.

Iris no le hizo el menor caso y se dirigió al centro del círculo para agacharse junto a la casa más pequeña y primorosamente construida.

– Esta es mía y de Greg.

Kim permaneció inmóvil, con los pies hundidos en la arena fría y húmeda.

– ¿Tuya y de Greg?

– Greg y yo viviremos siempre en esa casa y seremos felices.

Kim esbozó una sonrisa; era evidente que la cría sentía debilidad por el actor.

– Y lo llamaré papá.

Papá… Después de todo, no se trataba del encaprichamiento romántico de una cría. Iris deseaba vivir en una casa pequeña y normal y quería que Greg fuese su padre.

– ¡Iris…! -exclamó Greg con voz apenada.

Kim lo miró. Pensaba que, con relación a Iris, solo ella sentía dolor, pero comprobó que también dejaba huellas en las facciones de Greg, incluso a pesar de que el viento alborotó su remolino juvenil. De pronto el actor ya no parecía tan joven.

Kim pensó que podía incorporar esa situación a su colección de pecados.

Durante el resto de la tarde Iris parloteó sin cesar. En cierto momento se entusiasmó lo suficiente como para dar a elegir a Kim una casa de su barrio. De todos modos, la ex modelo reparó en que la niña limitó la selección a una de las tres que estaban casi tan distantes del centro como la de Rory.

Kim sabía perfectamente que todo lo bueno se acaba y, pese a que lo habría deseado, no lloró como Iris cuando Greg dijo que era hora de irse.

Caía la tarde y la brisa era fresca, pero dentro del coche se estaba bien. En pocos minutos Iris se durmió en el asiento trasero y hasta Kim se sintió deliciosamente calentita, calor que casi le llegó al corazón. De los altavoces del coche escapaba una música suave y Kim se dejó llevar por esa serenidad.

Pasara lo que pasase, siempre tendría ese recuerdo. Olería a aire salado en su pelo y, por muy milagroso que pareciera, si cerraba los ojos todavía notaría el tacto de la mano de Iris en la suya.

– Hemos llegado.

Al oír la voz de Greg, Kim despertó sobresaltada. Parpadeó. Era de noche y estaban aparcados a la puerta de Things Past. Giró la cabeza. No, no había sido un sueño, su hija seguía hecha un ovillo en el asiento trasero y dormía a pierna suelta.

Gracias a la iluminación de una farola, Kim memorizó las facciones de la niña, desde la nariz pequeña y casi respingona hasta las curvas semicirculares de sus pestañas. Sin pensar en lo que hacía, estiró la mano para acariciarla, pero enseguida la retiró. Quizá era mejor no pedir nada más; no debía querer más.

– Me preguntaste por qué había organizado esta salida… -La voz de Greg sonó serena y segura, como un hombro en el que apoyarse en medio de la oscuridad-. Querías saber por qué he traído hoy a tu hija.

– Así es -susurró Kim, y siguió memorizando la belleza de su niña, ya que le resultó más sencillo que mirar al único hombre que le había llegado al corazón.

– Porque la quiero -afirmó Greg. Kim dio un respingo y se acercó las rodillas al pecho como si, de manera refleja, intentara protegerse. Maldita sea, a continuación Greg empeoró las cosas-. Y porque te quiero, porque siempre te he querido.

Kim se paralizó y su cuerpo recuperó toda la frialdad del mundo. Rígida e incapaz de moverse, no reparó en las lágrimas que caían por sus mejillas hasta que Greg le desabrochó el cinturón de seguridad y la volvió hacia él. La cogió de los hombros, luego de los brazos y le secó las lágrimas con los pulgares, pero ese roce no rompió su embotamiento.

Greg la quería…

Llorar por eso solo serviría para confundirlo y causarle incluso más daño, pero el llanto era incontenible. A través de las lágrimas vio el bello y desconcertado rostro del actor. Greg no dejó de enjugarle las lágrimas y Kim siguió sin sentir sus manos.

Greg la quería…

Hasta ese instante de su vida, nadie le había dicho que la quería.

Ataviado con el esmoquin, Rory deambuló junto a la puerta cerrada del segundo dormitorio de la suite del Ritz-Carlton de San Francisco. Le dolía la cabeza debido a las numerosas tazas de café que había tomado durante la reunión con los estrategas del Partido Conservador, reunión que se había prolongado a lo largo de todo el día.

También le dolía la mandíbula por apretar los dientes más o menos cada minuto y medio, que era la frecuencia con la que la imagen de Jilly aparecía en su cabeza, mejor dicho, la imagen que tenía por la mañana cuando la recogió de camino al aeropuerto. Con un abrigo con un estampado de piel de leopardo y un sombrero redondo a juego, la joven se instaló en el asiento del Mercedes con una sonrisa que demostraba claramente que le importaba un bledo lo que pensase de su atuendo.

Rory pensó que era una locura. Mejor dicho, pensó que era él quien estaba loco.

¿Cómo se le había ocurrido pensar que saldría airoso de la cena con el senador y los demás peces gordos del Partido Conservador si llevaba a Jilly a cuestas? Era una idea tan absurda como el disfraz que probablemente en ese mismo instante se debía de estar poniendo la joven. Carraspeó y preguntó:

– ¿Te falta mucho?

Rory pidió a Dios que Jilly no hubiese escogido una prenda con manchas de leopardo o rayas de tigre.

Del otro lado de la puerta llegó una respuesta apenas audible.

Kincaid cerró los ojos y el nubarrón cayó pesadamente sobre sus hombros. Si ella franqueaba la puerta con una vestimenta escandalosa, ¿cómo haría para explicárselo al senador? Volvió a carraspear.

– Jilly, escúchame. No sé si he dejado lo suficientemente claro que es imprescindible que esta noche causemos buena impresión.

– Querrás decir que yo cause buena impresión. -En este caso su voz sonó clara como el agua y cargada de ironía.

Rory pasó por alto la ironía.

– Como es lógico, el senador se muestra interesado por la mujer con la que voy a… con la que paso mucho tiempo. Ha depositado una gran confianza en mí y es mucho lo que está en juego.

Al otro lado de la puerta se produjo una pausa expectante y Jilly volvió a tomar la palabra:

– Hablando de lo que te juegas, me gustaría saber qué es exactamente lo que te atrae de la vida política.

Rory se puso tenso. ¡Ahora Jilly también se metía con él! Ya tenía suficiente con que su hermano tuviera dudas sobre sus ambiciones.

– No tengo por qué contarte mi vida.

Por favor, pero si el día que se quedaron encerrados en el vestidor se sinceró con ella. Jilly conocía su pasado pero no hacía falta que supiera a qué futuro aspiraba.

– De acuerdo. -El tono de Jilly restó importancia a la situación-. En mi condición de… hummm… ¿cómo lo dirías? Ah, sí, en mi condición de prometida pensé que te gustaría decirme lo que el partido quiere oír.

¡Maldita sea, Jilly no se lo tomaba en serio!

– Escúchame, lo entiendas o no, es muy importante contar con la aprobación del partido. Están decididos a que en la vida política vuelva a haber principios. Por si no lo recuerdas, soy un Kincaid.

– ¿Y qué importancia tiene que lo seas…?

Rory apretó los puños.

– Maldita sea, porque soy miembro de una familia que durante los últimos cincuenta años ha visto su basura y sus trapos sucios aireados y sacados a la luz por revistas de cotilleo del tres al cuarto y entrevistadores de televisión demasiado bien pagados. Estoy harto de que se utilice el apellido Kincaid para burlarse o para el titular obsceno de un artículo a cuatro columnas.

– Para no hablar de tu deseo de servir al pueblo estadounidense en general y a los electores de California en particular -apostilló la muchacha con voz baja.