Rory se pasó cansinamente la mano por el pelo.
– Sí, también por esas razones. -Se dio cuenta de que Jilly abordaba la cuestión con una total falta de delicadeza pero, demonios, tampoco estaba dispuesto a engañarse y declarar que para él el respeto público no era tan importante como la oportunidad de introducir cambios hacia la actitud negativa que los ciudadanos mostraban con respecto a los cargos públicos-. Esta noche no me gustaría echar a perder mis posibilidades.
Del otro lado de la puerta se produjo una nueva pausa agorera, fruto tal vez de una ofensa.
Vaya, vaya, lo más aconsejable era cambiar rápidamente de tema. Rory miró desesperado a su alrededor, decorado con suaves tonos grises, y clavó la mirada en el montón de bolsas que Jilly había acumulado tras dedicar la jornada a hacer compras. Se rascó el mentón y comentó:
– Si todas esas bolsas sirven de indicio, parece que has pasado un buen día. ¿Qué has comprado?
– Creo que ya he empezado a arrepentirme de lo que no he conseguido. -Suspiró ruidosamente-. Pensé en hacerme otro tatuaje, pero me da miedo que alguien que no sea el doctor John marque mi piel.
A Rory se le heló la sangre. ¿Jilly había dicho tatuaje? ¿Se había referido a otro tatuaje? Con sorprendente precisión repasó todas las imágenes de la muchacha que había almacenado en su mente. Un tatuaje… ¿Cabía la posibilidad de que tuviese alguno que él todavía no había visto?
Desde luego que era posible. Kincaid tragó saliva.
– La ropa que llevas esta noche, ¿es… en fin…, te cubre adecuadamente?
Jilly rió.
– Desde luego que me cubre.
Rory pensó qué entendería Jilly por «estar cubierta». Se acordó del vestido color carne, de los vaqueros que se adherían como el papel transparente de cocina y de la curva delicada y vulnerable de su espalda. Al menos sabía que no estaba tatuada desde la nuca hasta el par de hoyuelos del comienzo de las nalgas.
Rory volvió a tragar saliva y se dijo que era imposible que la joven hubiese echado a perder esa piel clara y salpicada de dorado. No le cupo en la cabeza que el doctor John hubiera trazado a tinta una mariposa o una rosa en su piel, menos aún un nombre masculino o algo más indecente como «tía loca», «gatita cachonda» o «arpía».
Al oír la voz de Jilly, Kincaid descartó de su cerebro las imágenes que lo distraían y preguntó con voz ronca:
– ¿Cómo has dicho?
– Quiero saber tu opinión sobre las joyas que debo ponerme.
Rory era incapaz de dejar de pensar en la tersa carne de la entrepierna de Jilly. ¿Estaba adornada exclusivamente con un puñado de pecas y las delicadas eses que formaban las venas?
– ¿Te refieres a llevar pendientes? -preguntó distraído.
– Supongo que también me los pondré, aunque en realidad me refería a los piercings.
Rory pensó que no había oído bien. ¿Seguro? Corrió hasta la puerta y accionó el picaporte. ¡Maldición, el cerrojo seguía echado! Respiró hondo y se dijo que no debía perder los estribos. Por Dios, la tragedia parecía cernerse sobre su cabeza cada vez que Jilly estaba cerca.
– Vaya… Dime… esos piercings de los que acabas de hablar, ¿se verán? -Rory tuvo que tragar saliva para terminar de plantear la pregunta.
– Solo el de la lengua.
Kincaid ya no sabía qué hacer; estaba a punto de ahogarse cuando por fin Jilly se apiadó de él.
– ¡Es una broma! ¡Es una broma! -exclamó la joven, y Rory recuperó el aliento-. Me refiero al piercing en la lengua.
Esa chica iba a matarlo. No, matarlo sería demasiado sencillo y rápido. Rory ya no tuvo dudas de que había perdido el control de su vida. Estaba convencido de que algo espantoso e inimaginable ocurriría antes de que la velada tocase a su fin. Se apostaba el escaño al Senado, que todavía no había conseguido, a que pasaba algo.
– Jilly, no estoy de humor -declaró a modo de advertencia.
La joven rió y abrió la puerta del dormitorio.
Rory retrocedió instintivamente y enseguida dio otro paso atrás porque, esperara lo que esperase, no era precisamente con lo que se encontró.
Jilly levantó los brazos y giró sobre los tacones de aguja de sus sandalias negras de chica mala, sujetas con tiras de terciopelo. La idea de que esa mujer podría hacerse rica como vendedora de calzado volvió a revolotear en la cabeza de Kincaid.
La joven dio un giro de trescientos sesenta grados y preguntó:
– ¿Qué te parece?
– Estás tapada, cubierta -respondió Rory con grandes dificultades.
Era verdad. Jilly lucía un esmoquin negro prácticamente igual al suyo, incluida la tira de raso que iba de la cintura al dobladillo de cada pernera. La diferencia radicaba en que Jilly no llevaba faja, pajarita ni… camisa. Evidentemente era un esmoquin diseñado para que lo llevase una mujer, ya que la chaqueta era entallada y los botones llegaban a un punto en el que apenas se vislumbraba el impresionante canalillo de la joven.
La mirada de Kincaid recorrió su melena, discretamente sujeta por una diadema de terciopelo, se detuvo en sus orejas adornadas con una perla y descendió hasta las uñas de sus pies, pintadas de un elegante dorado.
Cuando la mirada de Rory regresó al rostro de la joven, Jilly sacó la lengua y la movió.
– ¿Lo ves? Ya te dije que era una broma. El esmoquin es totalmente respetable y pertenece al estilo de los años setenta.
Rory la observó y se dio cuenta de que estaba muy seria. Se preguntó si Jilly creía de verdad que el esmoquin era totalmente respetable. Era cierto que iba más cubierta de lo que él suponía y probablemente más que algunas mujeres que acudirían a la cena, pero ninguna despedía esa ardiente sexualidad como si fueran señales de humo. Solo Jilly era capaz de hacer algo semejante.
– Vamos -dijo Kincaid roncamente-. Llegaremos tarde.
Jilly correteó tras él cuando caminó por el pasillo en dirección a los ascensores.
– ¿Te pasa algo? Pensaba que así iría correctamente vestida.
Rory suspiró y pulsó el botón para descender hasta el vestíbulo a fin de coger el otro ascensor y llegar al restaurante del ático, situado en la otra torre.
– Estás impresionante.
Fue incapaz de explicarle lo guapa que estaba; no podía decirle que parecía un orgasmo con tacones.
Mientras un ascensor los bajaba y el otro los subía, Rory se pellizcó el caballete de la nariz e intentó imaginar la reacción del senador cuando viera al pastelito relleno de chocolate y nata que lo acompañaba. Se dio cuenta de que deseaba que el anciano cogiera simpatía a Jilly. Quizá no fuera la mujer adecuada para un candidato al Senado, pero lo cierto es que poseía vivacidad, descaro y encanto. Había conseguido de la nada amistades, una vida y un negocio y por ello la admiraba profundamente.
A la salida del ascensor los esperaba el maître. Inclinó la cabeza ante Rory y dedicó una sonrisa aprobadora y no tan profesional a Jilly.
La joven respondió, por lo que durante un fugaz instante mostró su hoyuelo letal. Rory apoyó posesivamente la mano en el final de la espalda de Jilly y miró al maître con cara de que más le valía acompañarlos al salón privado que el Partido Conservador había reservado para la cena.
Durante los veinte pasos que necesitó para llegar, Rory intentó encontrar la manera de explicar la presencia de Jilly, cómo desactivarla o, como mínimo, protegerla de la desaprobación casi segura del senador.
De la entrada del salón llegaron murmullos y el ruido de hielo en los vasos. Rory pasó la mano de la espalda de Jilly a su cintura y la sujetó para frenar su avance. La joven aminoró sus pasos, pero no se detuvo.
– Jilly… -masculló Rory. La muchacha lo miró por encima del hombro y una ligera sonrisa demudó sus labios llenos y encantadores. Kincaid apostilló en tono apremiante-: Pase lo que pase, quiero que sepas que…