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– ¡Ya estáis aquí! -Una voz masculina interrumpió a Rory-. ¡Adelante, adelante!

Claramente animado por un par de martinis, Charlie Jax les indicó que entraran y esbozó una sonrisa casi amistosa.

Jilly cumplió las órdenes con Rory detrás. En el salón había varios corrillos de personas vestidas de gala y con cócteles en la mano. El grupo más grande se encontraba directamente frente a ellos; cuando se acercaron se abrió y en el centro vieron al senador Benjamin Fitzpatrick.

Jilly se detuvo. El senador dejó de hablar con la mujer que tenía al lado. Rory contuvo el aliento.

Con una expresión ilegible, el anciano entregó su copa a alguien y se adelantó fluida y rápidamente; para variar, no lo estorbó la artritis, consecuencia de los años que había pasado en los submarinos de la armada. Rory se dio cuenta de que Jilly tensaba los hombros; le habría gustado llevársela.

¿Qué mosca lo había picado? No era necesario someter a Jilly a una especie de prueba de respetabilidad. Se dijo que era responsable de cuanto ocurriera. Le había impuesto el «compromiso» y también el fin de semana en San Francisco.

El senador se detuvo frente a Jilly y la repasó de la cabeza a los pies. Rory pensó en el estricto código moral del político y concluyó que más le valía no encontrar el menor defecto en su acompañante. Le traía sin cuidado que la detestase nada más conocerla, lo único que le preocupaba era que mantuviese la boca cerrada.

El senador sonrió y su rostro se arrugó con gesto de sincera alegría.

– ¡Dios mío! -exclamó Fitzpatrick-. ¡Pero si eres Gillian Baxter!

Para sorpresa de Rory, Jilly pareció reconocer ese nombre y devolvió la sonrisa al senador con auténtico placer.

– Tío Fitz, ahora me llamo Jilly Skye.

El senador abrió los brazos.

– Me da igual como te llames. Bienvenida, mi dulce niña.

Benjamin Fitzpatrick la estrechó en sus brazos y Jilly rió y también lo abrazó.

Rory se quedó patidifuso al oír «dulce niña» y «tío Fitz» y los miró azorado mientras celebraban el reencuentro. Alguien le puso en la mano un vaso de whisky con hielo.

– Pareces conmocionado -comentó Charlie Jax-. No tengo ni la más remota idea de qué representa tu prometida para el senador, pero da la sensación de que tú tampoco sabes con quién has estado retozando últimamente.

Mientras la luz de la farola iluminaba el coche, Greg escrutó el rostro de Kim para ver si seguía llorando. La ex modelo se había puesto a llorar cuando le dijo que la quería, pero finalmente se había calmado.

Sin motivos para acariciarle las mejillas, un indeciso Greg la cogió de los hombros. Al contacto, el cuerpo de Kim le resultó tan rígido e inflexible como su expresión.

¿Había descartado tan a la ligera la declaración de lo que sentía por ella? Greg le propinó un suave empujón.

– He dicho que te quiero.

Kim se humedeció los labios con la lengua, tragó saliva y replicó con voz quebrada:

– No es verdad.

– He intentado dejar de quererte -reconoció el actor quedamente-, pero ha sido imposible.

– Ay, Greg.

Kim parecía estar profundamente triste. De todas maneras, el actor se negó a dejarse dominar por el pánico.

– Vamos, Kim. No creo que sea ninguna novedad. Hace cuatro años ya sabías que estaba enamorado de ti y quiero que veas que nada ha cambiado.

– Pero yo he cambiado. -Su voz sonó más fuerte-. Gracias a Dios y a Jilly, ya no soy la misma de antes.

El actor pensó en los diplomas colgados en la pared de la oficina de Things Past. Se sintió tan orgulloso de ellos como de ella, aunque no lo habían sorprendido. Lo había intuido cuando vio que Kim sacaba pilas de libros de la biblioteca de Caidwater.

– Lo comprendo perfectamente.

– ¿Estás seguro? -Kim entornó los ojos-. Por aquel entonces eras un hombre decente y honrado, al igual que hoy. ¿Tienes idea de lo que cuesta cambiarte a ti mismo, dejar de justificarte y de responsabilizar a los demás de tus elecciones?

– Kim, no fue culpa tuya.

– ¡Y una mierda!

Greg parpadeó, ya que era la primera vez que la oía soltar un taco, y repitió:

– No fue culpa tuya.

– Estaba convencida de que no lo entenderías. -Meneó la cabeza-. Por supuesto que fue culpa mía. Soy culpable de ese matrimonio y de haber perdido a mi hija, no solo por haberme vendido, sino por ser estúpida. Me respetaría a mí misma si hubiese sido lo bastante lista para leer el acuerdo prematrimonial en lugar de creer a ciegas en Roderick.

Greg le apretó los hombros.

– Era un cabrón.

– Creo que es exactamente lo que me merecía -acotó Kim con fervor-. Pero ya no es así, ahora tengo estudios, una profesión y un negocio que marcha.

Una idea repentina retorció el estómago de Greg.

– ¿También tienes pareja? No se me había ocurrido pensar que… -Apartó las manos de los hombros de la ex modelo-. ¿Hay un hombre en tu vida?

Kim miró por la ventanilla.

– No es tan sencillo.

Greg se preguntó qué era lo «no tan sencillo» y pensó que tendría que elegir entre reír o asestar un puñetazo al parabrisas. En la relación entre ellos nada había sido sencillo y la idea de que en su vida hubiese otro hombre lo complicaría todo todavía más.

El actor se preguntó a quién pretendía engañar. Imaginar a Kim con otro lo cegó de celos, tanto como lo había estado cuando, día tras día, habían convivido bajo el mismo techo sabiendo que era la esposa de su abuelo.

– Kim… -Greg la cogió del brazo, le dio la vuelta para que lo mirase y añadió severamente-: Dime que no hay nadie más. ¡Maldita sea, dímelo!

– En mi caso no hay ni habrá nadie más -replicó sin inmutarse.

– ¿Qué demonios quieres decir?

Aunque el tono de Greg siguió siendo brusco, cesó la amargura que sentía en la boca del estómago.

– Significa que no quiero un hombre… que no quiero sexo.

El actor relajó la tensión de los dedos y le soltó el brazo.

– ¿Cómo dices? -inquirió sorprendido.

– No tengo esos impulsos… no tengo impulsos sexuales.

La respuesta de Kim fue tan directa que Greg tuvo la sensación de que no la había entendido y, totalmente desconcertado, meneó la cabeza. Kim tenía veintitrés años y acababa de decirle que no tenía impulsos sexuales.

– ¿De qué hablas? Recuerdo perfectamente que en Caidwater no permitías que te tocara…

– Porque me pareció que estaba mal. Tocarnos o hablar sobre lo que ocurría entre nosotros habría sido una traición incluso mayor a tu abuelo, pero ahora…

– Ahora ¿qué? -insistió Greg.

Kim desvió la mirada y su voz se trocó en un susurro:

– Supongo que, desde el momento en el que me vi obligada a dejar a Iris, perdí el sentido del… tacto, la sensibilidad. No siento nada cuando alguien me toca o cuando toco a alguien. Es como si mis terminaciones nerviosas estuvieran desconectadas. Mi piel está insensibilizada. -Una sonrisa iluminó su rostro y miró de soslayo hacia el asiento trasero-. Salvo hoy, cuando sentí la mano de mi hija. Te lo agradeceré toda la vida.

Greg la miró fijamente.

– Sigo sin comprender. Si tu piel… si tu piel está insensibilizada y no sientes nada, ¿por qué sigues evitando el contacto conmigo?

– Porque… -El murmullo de su voz rajó como una navajazo el corazón de Greg-. Porque pensé… supongo que porque albergué la esperanza de que contigo sería distinto.

Lo que Kim calló fue que no había querido averiguar si realmente era distinto. También calló que no había sido distinto. Greg se pasó la mano por la cara.

La pena llenó su vientre, su cabeza y su corazón. Mientras que para él el roce de Kim era como una descarga eléctrica en su piel, ella no sentía nada cuando la tocaba.

A Greg le temblaron las manos. Había perdido a Kim, la había reencontrado y ahora descubría que no podía emocionarla. ¿Por qué había ocurrido? ¿Acaso era su castigo?