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El actor notó una bocanada de aire frío cuando Kim abrió la portezuela y se inclinó hacia ella.

– Kim… Kim… -No supo qué decir ni qué pensar-. ¿Estás segura?

La tenue sonrisa de la ex modelo fue como una cuchillada en las entrañas.

– Estoy segura. Diga lo que diga mi corazón, mi cuerpo no responde.

Kim miró a su hija por última vez y abandonó el coche.

Una vez más, Greg la dejó escapar.

Capítulo 11

Cerca de medianoche, después de hablar con demasiadas personas, Rory condujo a Jilly hacia la suite.

– ¡Espera, espera! ¡Vas demasiado rápido! -se quejó la joven.

Kincaid no se detuvo hasta que llegaron a la puerta. Nada dispuesto a separarse de ella, introdujo la tarjeta, la sacó con una mano y la abrió de un empujón. En cuanto entraron, la cerró de golpe, cogió a Jilly por encima de los codos y la giró hasta que quedaron cara a cara.

– Te mereces unos cuantos azotes -aseguró Rory.

La muchacha levantó la barbilla.

– ¿Por qué?

– Lo sabes perfectamente. Conoces al senador de toda la vida y no me lo dijiste.

Jilly meneó enérgicamente la cabeza.

– Lo que no sabía es lo que representaba para ti. Evito la política como otras personas las alturas. Te aseguro que no sabía que tío Fitz está relacionado con el Partido Conservador y contigo.

Rory no le soltó los brazos.

– No lo sabías hasta que quedamos encerrados en el vestidor.

A pesar de la escasa iluminación, Kincaid notó que la joven se ruborizaba.

– Bueno, sí, hasta que acabamos encerrados en el vestidor. Déjalo. Tuve que soportar tus advertencias de cómo debía vestirme y comportarme. Reconoce que te merecías un pequeño castigo.

Rory no estaba dispuesto a aceptar que era así.

– Tendrías que haberme dicho enseguida, en el vestidor mismo, que para ti el senador Fitzpatrick es el «tío Fitz». Tendrías que haberme avisado de que es un viejo y querido amigo de la familia, el viejo amigo de la familia que estuvo en la marina -concluyó apretando los dientes.

– ¿Por qué tendría que haberlo hecho? Te divertías mucho preocupándote por los perjuicios que una mujer como yo podría causar en tu trayectoria política.

Rory respiró hondo.

– Jamás he dicho eso.

Montada en sus tacones de chica mala, Jilly echó a andar hacia el dormitorio; de pronto se volvió y lo increpó:

– Pero es lo que siempre has pensado, ¿no? -Un brillo desconocido iluminó sus ojos.

– Jamás he dicho eso -repitió Rory, que se sintió arrinconado.

Como necesitaba aire, Kincaid se aflojó rápidamente la pajarita y se desabrochó el primer botón del cuello de la camisa.

– Ejem, ejem -masculló Jilly, y empezó a taconear con ritmo molesto e irritante. Varios rizos habían escapado de la diadema de terciopelo y se balanceaban sobre su frente-. Sabes perfectamente que este fin de semana no formaba parte del trato. Ahora que lo pienso, no recibo nada a cambio de las molestias que me he tomado.

Fingiendo contrariedad, la joven apretó los labios.

– Sí, claro, lo que faltaba -añadió Rory con voz baja.

También estaba bastante malhumorado porque, durante toda la velada, Jilly había estado tan ocupada con el senador que apenas la había visto. Había preferido pensar que estaba furioso con ella por no haberle dicho que lo conocía, pero en ese momento tuvo que reconocer que detestaba compartirla con el senador y con los demás. Habría preferido poder contemplar la boca de Jilly mientras hablaba y ver cómo subían y bajaban sus pechos cuando respiraba.

Al parecer, la muchacha había olvidado que estaba allí como su mujer, mejor dicho, como su prometida.

– ¿De modo que…? ¿De modo que te gustaría obtener algo a cambio? -inquirió, y su tono de voz reveló un ardor poco corriente y peligroso.

Rory volvió a experimentar el deseo de castigarla, un ansia tan incontrolable y salvaje como el aspecto que Jilly tenía con el esmoquin negro con las tiras laterales de raso.

La muchacha entrecerró los ojos y retrocedió un paso.

– Sí… bueno, no.

– Decídete de una vez. -Rory acortó distancias-. ¿Sí o no?

Esa mujer representaba la corrupción, la tentación y cada uno de sus oscuros pecados y sus deseos más íntimos. Por si eso fuera poco, estaba harto de contenerse.

Jilly apoyó una mano en su pecho, pero no lo apartó.

– Rory…

La joven abrió desmesuradamente los ojos cuando Kincaid la abrazó y la estrechó contra su pecho.

– Jilly, ¿sí o no?

El cuerpo menudo de ella se encendió junto al suyo. Rory notó cómo temblaba y la vio abrir los labios, tragar aire y volver a moverlos.

– Rory…

– ¿Sí o no? -susurró Kincaid, le pasó la mano por debajo de la melena y la cogió de la nuca.

Cuando Rory la tocó, Jilly se estremeció. Sus pupilas se dilataron, le rodeó el cuello con los brazos y le bajó la cabeza.

La boca de Jilly era como una droga. Rory se dijo que, en cuanto estuviera en Washington y se hubiese quitado esa adicción, prohibiría que existiera alguien como ella. El sabor de la muchacha se extendió por su torrente sanguíneo, se desplazó de forma ardiente y constante, y lo puso más erecto de lo que nunca había estado.

Era el castigo más dulce que Rory había conocido.

El magnate recorrió su boca con la lengua y Jilly aplastó el cuerpo contra el suyo, pero no dejó de moverse, inquieta. Deslizó las manos por la espalda de la joven para aplacarla y serenarse, pero los gemidos de Jilly eran tan eróticos que Rory no tuvo más remedio que levantar la cabeza para recuperar el aliento.

La cabeza de Jilly cayó hacia atrás, como si nada la sostuviese. Con los ojos cerrados y los labios mojados, Jilly parecía al borde del orgasmo. A Rory le daba vueltas la cabeza, gimió y pegó sus caderas a las de la muchacha. Jilly abrió ligeramente los ojos, que brillaron vorazmente.

Tanta luminosidad lo incendió. Inclinó la cabeza y le besó el cuello, lo mordió y lo chupó, insaciable. Sobresaltado por esa idea, levantó la cabeza otra vez y contuvo los impulsos que lo dominaron.

Jilly abrió los ojos lentamente, como si acabase de despertar, y murmuró:

– ¿Cómo lo consigues? Me excitas tanto…

Rory rió sin tenerlas todas consigo y la sujetó con una mano mientras con la otra apartaba la diadema de terciopelo de sus rizos extravagantes.

– Eres tú -repuso, y dejó caer la diadema-. Eres tú la que enciende nuestros encuentros.

Jilly agitó la cabeza y su melena se liberó. Deslizó las manos del cuello a los hombros de Rory y le quitó la chaqueta, que cayó al suelo.

– Es posible que así te refresques.

Kincaid pensó que era imposible que se enfriara porque, a renglón seguido, Jilly tironeó de los botones de su camisa. Se le aceleró el pulso al contacto con los dedos de la muchacha, que puso mala cara cuando torpemente consiguió separarlos de los ojales. Jilly retiró la camisa de los pantalones; Rory experimentó una deliciosa agonía cuando la tela se deslizó por encima de su erección. Los faldones aletearon sobre sus muslos.

– Ya está -musitó la joven, y retrocedió un minúsculo paso.

Rory se preguntó qué era lo que ya estaba y se dijo que hacían falta dos para jugar.

Sonrió parsimoniosamente y acercó las manos a los botones de la chaqueta del esmoquin de Jilly. Aunque la oyó tragar aire, no se atrevió a mirar su cara ni otra parte de su anatomía. Se concentró en sus propios dedos y desabrochó los botones sin rozar su piel.

Una vez desabrochada, la chaqueta se entreabrió y mostró dos dedos de piel y una tira fina del atormentador encaje negro, justo a la altura del canalillo. Rory dejó caer los brazos a los lados del cuerpo.

– Ya está -repitió con voz apenas audible.

Jilly exhaló un ligero gemido y los bordes de la chaqueta se abrieron un poco más. Rory levantó la cabeza y clavó la mirada en los ojos verdes de la joven.