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– Sigo encendido -afirmó Kincaid, y sostuvo la mirada de la muchacha al tiempo que se quitaba la camisa.

Jilly dirigió la mano hacia el pecho desnudo de Rory y dejó de mirarlo para observar sus propios dedos. El vientre de Rory se tensó de expectación. ¡Por Dios, aquella mujer lo volvía loco!

Las yemas de cuatro dedos se encontraron con el muro de su pecho, justo por debajo de la clavícula. Apretó los dientes, los músculos y las rodillas y se mantuvo inmóvil mientras los dedos de Jilly se deslizaban hacia abajo, trazaban cuatro caminos y dejaban cuatro franjas claramente definidas de piel de gallina. La uña del dedo corazón de Jilly chocó con su tetilla, dura como una piedra y se sintió tan tenso que, pese a que gimió, el sonido no salió de su garganta cerrada.

Cuando los dedos de Jilly llegaron a la cinturilla del pantalón de Rory, ella apartó la mano. Miró a Kincaid. Su expresión transmitía algo… ¿incertidumbre, tal vez nerviosismo? Rory se dijo que estaba equivocado. Pese a que temblaba como una hoja al viento, Jilly parecía dominar demasiado bien esos juegos eróticos como para ponerse nerviosa en esa situación.

De todas maneras, Rory le acarició la mejilla ardiente con actitud reconfortante y afirmó:

– Ahora me toca a mí.

Introdujo las yemas de los dedos en la chaqueta del esmoquin de Jilly, a la altura de los hombros. Pretendía ir despacio y aumentar la expectación tal como ella había hecho, pero lo cierto es que no poseía el mismo autocontrol que la muchacha; de pronto no pudo seguir esperando.

Con un rápido movimiento le quitó la chaqueta de los hombros.

Jilly dejó escapar una exclamación de sorpresa.

Kincaid pensó que estaba a punto de morir. Desde que la conocía, esa chica se había propuesto matarlo y si sus tacones de buscona o su gusto decadente no acababan con él, lo fulminaría con la celestial abundancia de sus senos. Los pechos sobresalían por encima del borde del sujetador de encaje negro; eran redondos y de piel clara, con un tono tan puro como el de la nieve espolvoreada con pecas de un dorado angelical.

En ese momento decidió que necesitaba algo más antes de ser enterrado. Quería ver, saborear y poseer más, mucho más.

Le temblaban las manos mientras cogía las tiras del sujetador y las bajaba por los brazos de Jilly. Irregular y dolorosamente, el aire escapó de sus pulmones cuando tironeó de las tiras para pasar las copas de encaje por los pezones erectos de la mujer y bajar el sujetador hasta su cintura.

Jilly se tambaleó y musitó:

– Rory…

– Calla.

Kincaid deslizó un brazo por la espalda de la joven y rodeó un pecho con la mano del otro brazo. Ese peso ardiente y encantador se posó en su mano.

– Rory…

– Calla.

Él agachó la cabeza, su corazón alcanzó un ritmo alocado y temerario y le lamió el pezón. Jilly gimoteó y su cuerpo se arqueó como respuesta sincera y generosa que, por imposible que parezca, lo excitó un poco más y llevó a que su erección palpitase junto a la lana negra del pantalón. Volvió a lamerla y el sabor y el perfume de ella penetraron en su torrente sanguíneo como una droga que apartó de su mente cualquier deseo que no fuese el de poseerla.

El cuerpo de Rory tembló cuando la inclinó sobre su brazo, introdujo el pecho en su boca y le chupó el pezón con el anhelo de hartarse de su sabor. Como si Jilly estuviera muy lejos, Kincaid la oyó gritar quedamente y notó que su piel se encendía un poco más.

Rory tuvo la sensación de que el corazón le golpeaba el cuerpo y se desplazaba como una bola de la máquina del millón, una bola que iba de la entrepierna a la muñeca y de allí al pecho y a la garganta. Se dio cuenta de que ansiaba cada vez más a Jilly. Levantó la cabeza y con el pulgar y el índice presionó delicadamente el pezón húmedo mientras se disponía a lamer el otro.

Jilly había hundido las manos en el pelo de Rory, se frotaba contra él y con las caderas presionaba su erección. Kincaid notó que los movimientos de la mujer se aceleraban y que se lanzaba sobre él con un ritmo inconfundible. ¡Dios mío, casi ha llegado al orgasmo…!, pensó.

Presionó una vez más el pezón y soltó el pechó con el que había jugueteado. Siguió lamiendo el otro, atento al palpitar de su propia sangre, curiosamente sincronizado con los movimientos cimbreantes de Jilly. Sus dedos se deslizaron más allá del sujetador, que todavía rodeaba la cintura de la joven. Estiró la mano y la introdujo entre sus cuerpos hasta que las yemas rozaron la uve de los muslos de la muchacha. Jilly estaba tan embelesada que no pareció percatarse, pero Kincaid se estremeció ante el calor y la reveladora humedad que sus dedos encontraron.

– Oh, Jilly… -musitó junto a su pecho generoso y ardiente y, sabiendo lo que la muchacha necesitaba, la sujetó con firmeza y presionó enérgicamente con los dedos.

Jilly se estremeció de la cabeza a los pies y gimió. Su cuerpo pasó por una sucesión de temblores.

Rory reparó en el momento en el que la muchacha regresaba a la tierra. De mala gana apartó la boca de su pecho, subió por el cuello y selló con un beso esos labios suaves y sorprendidos. La miró a los ojos y le acarició tiernamente la mejilla.

– Ángel, ¿has tenido un buen vuelo?

Jilly estaba desconcertada.

– ¿Cómo dices?

Rory rió con serenidad, a pesar de que le dolía el cuerpo a causa de la necesidad de emprender su propio viaje.

– ¿Siempre reaccionas así?

La joven parpadeó.

– No te entiendo. -Jilly se movió y Rory la soltó; su desconcierto le resultó encantador y lo reconfortó la posibilidad de haber sorprendido a aquella bomba sexual. La mujer cubrió sus magníficos pechos con los brazos-. ¡Dios mío, Rory! -exclamó, y se sonrojó.

El hombre le pellizcó ligeramente la nariz.

– Ha estado bien. Cuando quieras puedo repetirlo.

Jilly meneó la cabeza con agitación y retrocedió.

– Claro que no, no puedes.

Rory dejó escapar una carcajada, a pesar de que la punta de los pezones sonrosados que entrevió a través de los dedos de Jilly agudizó el palpitar de su entrepierna.

– No vuelvas a comportarte como una niña educada en el convento. Jilly, cariño, tus compañeros han sido claramente mediocres si nadie te ha mostrado que posees capacidades… unas capacidades ilimitadas. -Jilly seguía escandalizada y Rory se aproximó-. Vamos, querida, te llevaré a la cama.

– No. Ya te he dicho que no puede ser. -La muchacha se agachó, recogió algo del suelo y lo utilizó para cubrir su desnudez. Era la camisa de Rory-. He hecho votos.

– ¿Qué dices?

– Digo que he hecho votos.

De repente la nube que era su compañera inseparable volvió a pesar como un yunque y cayó severa y agoreramente sobre su pecho.

– ¿Has hecho votos? ¿De qué clase de votos estás hablando?

Jilly desvió la mirada.

– Hummm… bueno, ya sabes.

Rory tuvo la sensación de que el sur de California se respiraba en el ambiente y, con él, el desastre.

– ¿A qué votos te refieres?

Jilly se humedeció los labios, todavía enrojecidos por los besos, y afrontó la mirada de Rory.

– He hecho voto de castidad. Hace cuatro años hice voto de castidad.

¡Ni soñarlo…! Rory se negó a creer que ella hubiese cometido tamaña estupidez.

– ¡Jilly, ya está bien! Basta con que digas que no quieres acostarte conmigo. -Estaba furioso consigo mismo, con Jilly y con lo mucho que le costaba pasar por alto la palpitante insistencia de su erección-. Simplemente porque hayamos… bueno, porque tú… simplemente porque hayas jugueteado no estás obligada a nada. Creo que ya te lo dije. No hace falta que te inventes retorcidas excusas.

Decididamente, Rory tendría que buscar la máquina del hielo y encontrar la forma de meterse en su interior, aunque, por otro lado, había hablado totalmente en serio.