Pese a esas palabras tranquilizadoras, la expresión de Jilly era de pena.
– Lo siento mucho, pero no se trata de una excusa, sino de un estilo de vida, de mi estilo de vida.
Kincaid se dijo que era imposible que hablase en serio, aunque parecía totalmente sincera. ¡Vaya con su estilo de vida!
– ¿Por qué? ¡No, no digas nada! -Rory se pellizcó el caballete de la nariz para aliviar un súbito dolor de cabeza-. No hace falta que me lo expliques. Es algo que decidiste con tu astróloga, ¿no?
– No, no tiene nada que ver con la astrología. -Jilly pasó los brazos por las mangas de la camisa y se la ciñó firmemente-. Tal vez no lo entiendas, pero tiene que ver con algo que dijiste antes… con convertirte en lo contrario de aquello para lo que te han criado.
Rory entornó los ojos, sin saber si creerla o no.
– Vale, pero tu abuela te envió al colegio de monjas y estudiaste con sor Bernice o como quiera que se llame. Tu abuela te educó para ser célibe.
– Cuando me mudé a FreeWest supuso que me convertiría en todo lo contrario. En su opinión, yo seguía los pasos de mi madre. Quería demostrarle lo mucho que se equivocaba con respecto a mí, mejor dicho, con respecto a mi madre y a mí. Por si no lo sabes, la castidad excluye todos los riesgos de la vida sexual. No hay enfermedades, embarazos no deseados ni se cometen errores emocionales.
Rory la miró pasmado. Desde su punto de vista, Jilly necesitaba dejar de tomarse tan en serio el aspecto sexual; aquella cuestión se solucionaría con un largo fin de semana en un lecho mullido y en compañía de un hombre ardoroso.
No estaba dispuesto a ofrecerse voluntariamente a cumplir esa tarea porque en la posición decidida de los hombros de Jilly y en la arruga que atravesaba su frente vio que conseguirlo exigiría más esfuerzos de los que estaba dispuesto a hacer, sobre todo por una chalada del sur de California que se había convertido en el azote de su existencia.
Por otro lado, era posible que, hasta cierto punto, entendiese su miedo a los errores emocionales.
Rory avanzó a grandes zancadas hacia la puerta de la suite y, con una desagradable sensación de contrariedad, dio una patada a la chaqueta del esmoquin y la apartó del camino. En realidad, tendría que haberse dado cuenta de la que se le venía encima. Aunque en realidad la había visto venir, pero era endiabladamente difícil mantenerse apartado de Jilly.
– Rory…
Kincaid se detuvo.
– Y ahora ¿qué quieres?
El tono de Jilly fue suave y arrepentido:
– Verás, si necesitas… si quieres que te haga algo…
¡Y un cuerno…! Rory volvió a patear la chaqueta y llegó a la puerta.
– Vaya, te lo agradezco, pero no necesito nada.
– ¿Adónde vas? -quiso saber Jilly.
Rory ni siquiera se tomó la molestia de mirarla cuando replicó:
– A buscar la máquina del hielo.
Jilly bizqueó para proteger sus ojos del resplandor que entraba por el parabrisas del Mercedes y miró de soslayo al conductor. Pese a la salida casi serena que Rory había hecho la noche anterior y a su expresión impasible en ese momento, su malestar era palpable. Solo había pronunciado una palabra desde que por la mañana salió de su dormitorio y fue «vamos», para indicarle que había llegado el momento de dirigirse al aeropuerto y coger el vuelo de regreso.
Durante el trayecto desde el aeropuerto de Los Ángeles hasta Things Past, Jilly se retorcía en el asiento, deseosa de romper el silencio monótono y agorero que solo interrumpía el ronroneo casi imperceptible del motor del coche de lujo; carraspeó.
Rory no apartó la mirada del asfalto.
Jilly ya no podía soportar el silencio ni la tensión.
– ¿No piensas decir nada?
Se produjo una pausa interminable.
– ¿Qué quieres que diga? -preguntó Rory, y movió únicamente la boca.
Jilly hizo un ademán de impaciencia.
– No lo sé. Podrías decir que lo comprendes, aceptar mis disculpas o gritarme. Podrías decir algo, da igual, lo que sea.
– Tal vez todavía no he acabado de asimilarlo.
Jilly no le creyó. La víspera lo había asimilado todo, hasta la última palabra. La cuestión era que no quería aceptarlo.
– ¿Entiendes lo que necesito demostrar? Cuando dije que me haría cargo del negocio de mi madre, la abuela intentó impedirme que dejase su casa y aseguró que me quería y me necesitaba. Como insistí en irme, me auguró todo tipo de cosas horribles, como el fracaso absoluto y la pobreza. Aseguró que, al igual que mi madre, me convertiría en una fulana y, embarazada, terminaría llamando a su puerta.
¡Jilly había reconocido perfectamente la desesperación contenida en las palabras de su abuela…! La anciana sabía que estaba a punto de perderla y, en el nombre del «amor», la había mantenido apartada de su madre y había intentado controlar su vida. Por eso había roto todos los vínculos con su abuela. También por ese motivo la víspera había hablado en privado con el tío Fitz para cerciorarse de que ningún integrante del Partido Conservador intentaría volver a reunirlas.
– Jilly, hay otros medios para evitar embarazos y ciertas enfermedades -puntualizó Rory.
– Ya lo sé.
Jilly pensó que algunas lecciones no se olvidan con facilidad y que, tras años de educación religiosa, no podía iniciar alegremente una relación sexual intrascendente.
Kincaid meneó la cabeza con incredulidad.
– En los últimos cuatro años, ¿nunca has sentido tentaciones?
– Jamás -respondió con gran ímpetu-. Mi amiga Kim y yo hicimos voto de castidad al mismo tiempo. Reconozco que todo comenzó como una estúpida broma mientras compartíamos una botella de vino barato, pero a la mañana siguiente descubrimos que tenía sentido. Y desde entonces lo ha tenido. Francamente, puedo asegurar que nunca he sentido la menor tentación.
– ¿Qué me dices de anoche?
¡Vaya preguntita! No encontraba la forma de explicar lo que había ocurrido la víspera… ni el resto de las ocasiones en las que había estado con Rory.
– Permitiste que te desvistiera -añadió Rory-. Me desnudaste y después dejaste que yo…
– ¡Ya, ya! ¡Lo recuerdo perfectamente! -Jilly evocó esos labios experimentados en su pezón, el roce de las mejillas cuando Rory se introdujo el pecho en la boca y los hábiles dedos que buscaron, acariciaron, presionaron y crearon oleadas perfectas y palpitantes de un placer delicioso y abrasador. Se retorció en el cuero mullido del asiento y carraspeó-. Sin duda, tiene que ver con una reacción alérgica o con algún déficit alimentario. -Esa explicación le pareció ridícula, pero necesitaba decir algo para dirigir el diálogo hacia un terreno menos íntimo-. Tal vez debería comer más verduras. ¿Podemos pasar por la tienda de productos dietéticos? -Se produjo una extraña pausa y de repente Rory masculló algo-. ¿Qué has dicho? -inquirió inocentemente Jilly.
– Rezaba para que, en cuanto me largue de Los Ángeles, se produzca un gran terremoto y esta mitad del estado se hunda en el Pacífico.
Jilly lo miró con expresión de contrariedad.
– No es posible que hables en serio.
– Cariño, no te imaginas hasta qué punto hablo en serio.
Rory se mostró tan seguro y huraño que Jilly se acurrucó junto a la ventanilla y aceptó de buena gana el silencio que volvió a instaurarse. Necesitaba alejarse de ese hombre. Pegó la nariz al frío cristal y deseó que no hubiese mucho tráfico a fin de llegar enseguida a su casa.
Rory subió el aire acondicionado del Mercedes e intentó experimentar un mínimo arrepentimiento por haber aguijoneado a Jilly con lo ocurrido la noche anterior. De todas maneras, esa bomba de sensualidad que tenía a su lado merecía sufrir un poco por lo que le había hecho. Pese a esa tontería acerca de la castidad y tras las vueltas en montaña rusa que había experimentado en las últimas veinticuatro horas, aquella mujer todavía poseía la capacidad de meterse en su sangre.