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Lo ponía cabeza abajo. Aunque hacía una década que había asumido el control de su vida, había bastado esa mujer de absurdos rizos y chiflado estilo de vida para que perdiera las riendas. Dios, tenía que encontrar la manera de entenderse con ella antes de que toda su existencia se desmandase.

Incluso en ese momento sintió el calor penetrante de su piel en las yemas de los dedos y saboreó sus pezones como bayas en el paladar.

Lanzó una maldición. El coche se había desviado hacia la izquierda y pisaba las bandas rugosas. Corrigió rápidamente la dirección y se situó en el centro del carril.

Tomó una gran bocanada de aire para serenarse y miró por el retrovisor. Un Chevrolet destartalado se pegaba a la parte trasera del Mercedes. Miró a la izquierda, cambió de carril y volvió a echar un vistazo por el retrovisor. El Chevrolet había hecho lo mismo y prácticamente tocaba el parachoques del Mercedes.

– ¡Mierda! -espetó. Observó con atención los vehículos que los rodeaban, aceleró y volvió a cambiar de carril-. ¡Malditos sean! ¡Que se vayan todos al infierno! -Reparó en que Jilly no le quitaba ojo de encima, pero siguió concentrado en el tráfico. Otro vehículo, una furgoneta Dodge, se acercó por la derecha y se puso a su altura-. Nos siguen.

– ¡No puede ser!

– Claro que sí. Supongo que nos vieron en el aeropuerto.

Todos sabían que, con la intención de pillar a las celebridades por sorpresa y fotografiarlas, los paparazzi independientes estaban al acecho en el aeropuerto de Los Ángeles. Rory apretó los dientes y pisó a fondo el acelerador. El tráfico del domingo por la tarde era cada vez más intenso y no le gustó la forma en la que el Chevrolet y su compinche, el Dodge, intentaban encerrarlo.

– Ahí hay un hombre que me pide que abra la ventanilla -dijo Jilly.

– Ni se te ocu… -El contaminado aire de Los Ángeles invadió el Mercedes antes de que Kincaid terminase de pronunciar la frase.

El Dodge se acercó peligrosamente al costado en el que viajaba Jilly. A Rory se le hizo un nudo en la boca del estómago, pero con el Chevrolet que le pisaba los talones y el tráfico que rodaba por delante no tenía adonde dirigirse.

– ¡Jilly, déjate de tonterías! ¡Cierra la ventanilla!

Kincaid no se atrevió a apartar una mano del volante y accionar los mandos del conductor.

– Tienen que dejar de molestarnos -afirmó Jilly en medio de la ventolera-. Mi salida es la próxima.

El Dodge se acercó un poco más. Rory tensó los músculos de las piernas. Si ese conductor temerario provocaba un accidente y a Jilly le pasaba algo, lo haría picadillo con sus propias manos. Aunque tampoco descartaba la posibilidad de estrangular a Jilly.

La muchacha se asomó por la ventanilla y preguntó a gritos:

– ¿Qué quiere?

Rory maldijo para sus adentros. El conductor tomaba fotos con una mano mientras conducía con la otra. Rory aferró irreflexivamente el brazo de Jilly y la acercó a su cuerpo.

– ¡Idiota, quiere matarnos! ¡Haz el favor de cerrar la ventanilla!

– Lograrán que nos pasemos la salida -insistió Jilly-. No podemos perderla.

Rory apretó nuevamente los dientes.

– Tu salida me da lo mismo. Pase lo que pase, vendrás a Caidwater conmigo.

– ¡Quiero ir a mi casa! -Jilly se estiró para accionar el elevalunas y de repente el silencio reinó en el Mercedes-. Necesito ir a mi casa.

Rory paseó la mirada del Chevrolet que tenía detrás al Dodge situado a su derecha. Los condenados paparazzi no se daban por vencidos.

– No puede ser -apostilló, y se dio cuenta de que, si los fotógrafos lo seguían hasta Things Past, cometería una locura-. Si vamos a tu tienda, como mínimo uno de esos cabrones terminará con la cámara empotrada en la cara gracias a uno de mis puñetazos.

Al menos, en Caidwater podría interponer la verja entre los periodistas y Jilly.

Algo, tal vez la referencia a la violencia, llevó a la joven a guardar silencio, por lo que Rory se concentró en conducir en medio del intenso tráfico. Le dolía la nuca por la tensión acumulada e intentaba perder de vista sin correr riesgos a los coches que los perseguían. Los fotógrafos eran tan temerarios que en varias ocasiones Jilly dejó escapar una exclamación de sorpresa, con lo que se hizo eco de los temores de Kincaid.

La joven lo aferró del muslo cuando en el último momento Rory cambió de carril a fin de salir de la autopista. Lograron deshacerse del Chevrolet, pero el Dodge no dejó de perseguirlos.

– ¡Maldito sea! -espetó Rory. Tomó una decisión y se dirigió velozmente a la izquierda-. Cielo, empieza a rezar.

Kincaid contuvo el aliento y aceleró con la luz ámbar a punto de cambiar a rojo. Los bocinazos y el chirrido de los neumáticos a sus espaldas le demostraron claramente que la furgoneta había intentado seguirlos.

– No ha pasado -confirmó Jilly.

Inmediatamente Rory miró por el retrovisor. Varios coches estaban detenidos en el centro del cruce. El Dodge estaba bloqueado y no podía seguirlos.

Jilly apoyó la cabeza en el asiento y cerró los ojos.

– Me parece que en la última media hora he envejecido cincuenta años.

Rory fue incapaz de explicar el efecto que la persecución había causado en él. Redujo la velocidad, observó a Jilly, extendió una mano temblorosa y le acarició el pelo.

– ¿Seguro que estás bien?

– Por supuesto. -Jilly levantó una mano y entrelazó sus dedos con los de Rory-. ¿Y tú?

Algo se retorció en el pecho del magnate y produjo una peculiar mezcla de alivio y ternura. Le resultó imposible articular palabra.

La muchacha giró la cabeza, abrió los ojos e insistió:

– Rory, ¿estás bien?

Ante esa expresión indescriptiblemente dulce y preocupada, a Kincaid se le secó la boca y tuvo que tragar saliva antes de responder:

– Yo también estoy bien. Gracias por preguntarlo.

Rory se dijo que no habían sido muchas las mujeres que se habían interesado por su bienestar.

En lugar de soltar la mano de Rory, Jilly la bajó, la deslizó por su mejilla tersa y cálida y musitó:

– Tengo la sensación de que alguien ha anudado hasta el último de mis músculos.

Kincaid pensó que él estaba igual.

– Comprendo perfectamente qué quieres decir. -Le lanzó otra mirada de soslayo. Jilly estaba pálida y su boca formaba una línea recta de tensión. Evidentemente, había apretado los dientes. A Rory le habría encantado cargarse a los cabrones que los habían perseguido-. ¿Qué tal si al llegar a casa nos metemos en la bañera de hidromasaje? -propuso espontáneamente.

– Rory…

Kincaid apartó la mano con delicadeza pero no le agradó el modo en el que la suya siguió temblando al pensar que Jilly había corrido peligro.

– Solo propongo que nos demos un baño -aseguró-. Durará el tiempo justo para cerciorarnos de que los fotógrafos se hartan de esperar que salgas de casa. -Aunque no estaba de humor, se obligó a sonreír, ya que la muchacha necesitaba relajarse tanto como él-. No tienes de qué preocuparte. Además, las mujeres mayores no me interesan.

Jilly pareció no entender la broma, pero de repente rió y le dio una palmada en el brazo.

– Vale, de acuerdo, me has convencido. Las de más de cincuenta años no recibimos invitaciones todos los días. Un baño de burbujas suena maravillosamente bien.

Media hora después, apoyado en los azulejos, Rory pensó que el hidromasaje caliente y burbujeante era una maravilla. Suspiró y el sonido retumbó en la estancia cavernosa en la que se encontraba el jacuzzi. Anochecía y a lo largo de la pared oriental de la estancia había ventanas en las que se reflejaban la piscina olímpica adyacente y el brillo tenue de las pocas luces que había encendido.

El sonido de pisadas le hizo levantar la cabeza. Jilly iba envuelta en una enorme toalla, aunque Rory vislumbró la tira del traje de baño alrededor del cuello.