– ¿Has encontrado en el vestuario algo que te vaya bien?
La joven carraspeó.
– Bueno… sí. En realidad, solo había una prenda de mi talla.
El notorio nerviosismo de Jilly puso instantáneamente en alerta a Rory. Como le había prometido un remojón tranquilo y sin sobresaltos, apoyó la cabeza en los azulejos y simuló que cerraba los ojos.
– En ese caso, métete en el agua.
A través de las pestañas vio que la joven titubeaba.
Al cabo de unos segundos, Jilly se desprendió de la toalla y en el acto se metió en el baño caliente.
Por desgracia, no fue lo bastante rápida. La imagen de Jilly con el minúsculo tanga del biquini negro quedó grabada en el cerebro de Rory, que se tensó y se incorporó.
– ¿Qué demonios te has puesto?
La muchacha se sumergió en las burbujas.
– ¡Pensé que no mirabas!
Kincaid se obligó a recostarse e intentó relajarse, pese a que tuvo la sensación de que la temperatura del agua había subido cuarenta grados.
– No estaba mirando, te he visto por casualidad -repuso, y se tildó de mentiroso.
– Es lo único que me iba -explicó Jilly a la defensiva-. Te aseguro que, de haber podido escoger, no es lo que habría elegido. -Rory masculló algo ininteligible, ya que se había evaporado cualquier perspectiva de relajación-. ¿Qué has dicho?
– He dicho que sin duda eres mi maldición.
Pese a la poca intensidad de la luz, Kincaid notó que la joven abría desmesuradamente los ojos y lo observaba furibunda.
– Pues yo también pienso que eres mi maldición.
– Tú eres mi maldición mucho más de lo que yo podría convertirme en la tuya.
Jilly se deslizó por el asiento sumergido y se aproximó a Rory.
– Lo dudo. Francamente, lo dudo mucho.
– Piensa un poco -propuso Rory, y señaló la nariz salpicada de pecas de la muchacha-. La condenada webcam de tu tienda me obligó a besarte.
Esa boca que había besado más de una vez y con tanto gusto se torció hacia abajo.
– Pues yo me vi obligada a aceptar ese beso.
– Por si eso fuera poco, ahora… ahora soy tu prometido -añadió, y se cruzó de brazos.
Jilly parpadeó y se deslizó un poco más cerca.
– ¡Pero qué dices…! También yo soy tu prometida, lo que es una maldición todavía mayor.
Enfrascada en la disputa, Jilly se olvidó de la pequeñez del biquini; se sentó con la espalda muy recta, por lo que la parte de arriba de sus generosos y mojados pechos quedó totalmente al descubierto. Rory se excitó un poco más al ver las burbujas que hicieron cosquillas en los pezones apenas cubiertos por los escuetos triángulos de tela negra. Recordó esa carne maravillosa en su boca, gimió y cerró los ojos.
– Sufro la maldición de desear a una mujer… de desearla tanto que me duele… de desear a una mujer que es célibe. A ver si eres capaz de superarlo.
Se produjo una larga pausa y al final Jilly respondió quedamente:
– Claro que puedo superarlo porque cada día y cada minuto me tientas para que rompa la promesa que he hecho.
Rory abrió lentamente los ojos. El vapor que despedía el agua caliente había rizado un poco más los tirabuzones que rodeaban el rostro de la joven y su cutis cremoso estaba cubierto por una lámina de humedad. Jilly lo miró con los ojos muy abiertos y cuando respiró hondo sus pechos salieron del agua.
A Kincaid le picaron las manos y su pene palpitó. Buscaba la forma de manejar la situación y desactivar la maldición y de golpe encontró la respuesta. Por Dios, era inevitable. No había pensado en otra cosa desde el instante en el que la conoció. Además, estaba hasta la coronilla, harto de sopesar siempre las consecuencias de sus actos, de ser tan responsable. Decidió olvidar las protestas de Jilly de la víspera y pensó que por fin le tocaba jugar a él.
Lenta, muy lentamente, estiró el brazo bajo el agua y encontró la pierna de Jilly. Deslizó un dedo por su muslo. La muchacha se estremeció.
– Rory…
– Cielo, no dudes, sobre todo porque por fin reconoces que sientes tentaciones y que no se trata de ningún déficit alimentario. -Inició otro provocador recorrido por su pierna-. Pasará lo mismo cada vez que estemos juntos a menos que hagamos algo con esta… a menos que relajemos la gran tensión que existe entre nosotros.
– ¿Qué es exactamente lo que quieres decir? -murmuró la joven.
Rory sacó la mano del agua y la cogió de la delicada curva del hombro. Vio que la piel de gallina se extendía por encima de sus pechos. ¡Dios santo! Se le secó tanto la boca que tuvo que tragar saliva antes de tomar la palabra:
– Escucha, ¿por qué no nos olvidamos momentáneamente de tu condenado celibato? De todas formas, cuando yo me vaya podrás volver a practicarlo.
Kincaid sonrió porque, desde su perspectiva, era absolutamente sensato. También le daba cierta satisfacción pensar que Jilly volvería a practicar la castidad en cuanto se marchase de Los Ángeles.
– Rory, ¿qué estás diciendo?
Jilly se mordisqueó el labio inferior y Kincaid pensó que estaba a punto de caer en la tentación. Evocó la noche anterior y supo que prácticamente no le costaría nada convencerla. Al fin y al cabo, ya era hora de que Jilly empezase a reconocer sus propios deseos.
Decidido a seducirla, Rory se inclinó.
– Es difícil… -murmuró Jilly, y su mirada se volvió soñadora.
– Lo sé -admitió Rory y se inclinó un poco más.
Tuvo el convencimiento de que Jilly estaba a pocos milímetros de dejarse vencer por la tentación.
– Es difícil… sobre todo porque soy virgen.
Rory se quedó de piedra.
– Eres virgen… -repitió como un imbécil, incapaz de creerlo.
Finalmente la verdad lo golpeó con la fuerza demoledora de un maremoto en el Pacífico.
A Rory le entraron ganas de chillar de impotencia. Se habría dado de cabezazos contra los azulejos. Sintió un desaforado deseo de encerrar a Jilly para que no volviese a confundirlo.
¿Cómo no se había dado cuenta? Era evidente que ella era virgen. Le había explicado con todo lujo de detalles su experiencia con las monjas y con su severa abuela.
La misma mujer que vivía al lado de una condonería y que rezumaba sexo por cada uno de sus poros era virgen.
Mientras su mente intentaba convencerse de que jamás un hombre la había poseído, Rory se apartó milímetro a milímetro e intentó hacer oídos sordos a la voz demoníaca que lo apremiaba a acortar distancias. El diablo parecía hablar en su cabeza: «¿Qué importancia tiene que sea virgen? Estás cachondo, ella también, y alguien tiene que hacerle vivir esa experiencia por primera vez, alguien tiene que ser el primero». Kincaid se estremeció.
– Rory…
No era capaz de hacerlo, al menos en esas condiciones.
Deseó desesperadamente golpearse la frente con los azulejos. Se preguntó por qué razón, por una vez en su vida, no tenía la poca conciencia de los Kincaid además de su apellido.
Rory no era de esa calaña y no podía permitir que una virgen, aunque fácilmente excitable, copulase con él por un capricho surgido de un biquini negro y de una persecución automovilística. Le parecía injusto, sobre todo porque sabía que le resultaría muy fácil convencerla. Dada la atracción innegable e indiscutiblemente explosiva que existía entre ambos, así como su experiencia y la falta de experiencia de Jilly, en siete minutos justos podría besarla, acariciarle los pechos y tumbarla sobre la toalla que había dejado caer antes de sumergirse en el baño de burbujas.
– Rory… -volvió a murmurar la muchacha, con un tono entre la vacilación y la tentación.
Pensándolo bien, lo lograría en cuatro minutos.
Kincaid se obligó a dejar de mirarla, salió del agua y se envolvió con la toalla para ocultar su erección.
– Jilly, esta noche, no -declaró. Deberían santificarlo por el sacrificio que acababa de hacer-. Vete a casa y piénsalo. Cuando tanto tú como yo queramos realmente que… cuando queramos que rompas tus votos, lo haremos. -De solo pensarlo su miembro se puso todavía más turgente-. No creo que tenga que ser en estas condiciones. Quiero que cuando lo hagas estés segura de tu decisión.