Su demonio interior rió maliciosamente, ya que no estaba nada impresionado por su magnanimidad.
Rory se alejó rígidamente del baño de burbujas; su cuerpo le hizo pasar un mal rato. ¡Vaya con el relajante remojón…! Esperaba que por la mañana Jilly tomase una decisión favorable, ya que no podría sobrevivir mucho tiempo en ese estado.
– Me vestiré y te llevaré a casa.
Capítulo 12
Rory deambuló por la biblioteca, se detuvo junto a las ventanas con el deseo de ver llegar la cafetera de color rojo cereza de Jilly; reanudó sus idas y venidas cuando la joven siguió tan ausente como hacía unos minutos.
¡Condenada mujer! La noche anterior no le había dicho que esa mañana se retrasaría. Cuándo la condujo a casa, Jilly aún tenía el pelo húmedo por el vapor del baño de burbujas y su expresión era seria. Rory se preguntó si la joven había sopesado su propuesta. Entonces no lo dedujo y ahora no lo sabía.
Apenas había pegado ojo, pues en su mente se agolparon imágenes de ángeles voluptuosos con diminutos biquinis negros y santos torturados por los fuegos del deseo. Maldita sea, tendría que haber permitido que su diablo interior se saliese con la suya. Al menos así podría sentarse y nada se le clavaría en el estómago. Por Dios, hacía días… mejor dicho, hacía semanas que estaba empalmado.
De todos modos, se alegraba de no habérsela llevado a la cama. Estaba seguro de que la experiencia sería mucho más positiva cuando Jilly acudiese a él por decisión propia.
En el supuesto de que decidiera irse a la cama con él.
En el caso de que alguna vez regresase a Caidwater. ¿Dónde demonios se había metido?
Se dijo que podría mirar en la web de Things Past. En realidad, no estaba tan desesperadamente interesado en lo que ella hacía como para fisgonear a través de la webcam. Por la mañana Iris había preguntado por ella. Aunque si veía a Jilly en la tienda, Kincaid podría decirle a su tía que dejase de inquietarse… bueno, que dejara de esperar que apareciese de un momento a otro.
Solo tardó unos instantes en conectar con la imagen de la webcam de Things Past. La tienda estaba vacía. De pronto Rory se dio cuenta de que faltaba un rato para la hora de apertura y que probablemente habían conectado la cámara antes. La puerta de la oficina de la parte trasera de la tienda estaba abierta y detectó movimientos, un zapato y parte de una pierna de mujer. Rory bizqueó e intentó dilucidar si esa pierna era de Jilly.
No era suya porque, de pronto y desde otra dirección, Jilly apareció en el área de visión de la webcam. Kincaid dedujo que acababa de bajar del apartamento del primer piso porque llevaba el bolso colgado del hombro y bostezaba.
Una ligera sensación de satisfacción aplacó su impaciencia. Tal vez la joven tampoco había dormido bien. Se repantigó en el sillón, cruzó los brazos y la observó desapasionadamente. Jilly llevaba un pantalón hasta los tobillos, zapatos negros sin tacón y otro de sus habituales jerséis.
Sin darse cuenta de lo que hacía, Kincaid volvió a acercarse a la pantalla y frunció el ceño. ¿Era la vestimenta adecuada para transmitir el mensaje de que se dejaría seducir? Le habría encantado ver que su forma de vestir demostrara que deseaba mandar al garete el celibato, pero no tuvo esa certeza. Se vistiera como se vistiese, lo cierto era que Jilly lo ponía cachondo, más cachondo de lo que recordaba haberlo estado nunca.
Sorprendido por esa idea, Rory se obligó a reclinarse en el mullido sillón de cuero. Lo único que le faltaba era dejarse arrastrar por las circunstancias. Sin lugar a dudas, Jilly era atractiva, pero lo que sentía por ella solo era lujuria pura y dura.
La joven recorrió la tienda y cogió un tazón de café. Rory la observó fría y racionalmente y se dijo que no tenía nada de especial…, salvo los pechos.
Aunque eso sí, poseía unos pechos increíbles, dignos de humedecer todos sus sueños. Recordó que estaban en Los Ángeles, que en todas partes se veían pechos así, que eran tan corrientes como las palmeras y los puestos de venta de tacos. Si no eran naturales, los cirujanos plásticos, igualmente abundantes, se apresuraban a implantarlos.
En otras zonas del país, las niñas ahorraban su semanada para comprar muñecas Barbie. En el sur de California, guardaban el dinero para comprar el canalillo de Barbie.
Jilly Skye no solo era un par de pechos. Se trataba de una mujer interesante y era un as para los negocios. Se dedicaba a la ropa vintage y había hecho votos de castidad. En el caso de que fuese una maldición, era una maldición encantadora, y a Rory le costaba cada vez más recordar los motivos por los que durante tanto tiempo había intentado resistirse a sus encantos.
Mientras Kincaid miraba la pantalla, una vez dentro del despacho Jilly se inclinó y pareció hablar con el zapato y la pierna que Rory había visto hacía unos minutos. Sonrió, se deslizó en la silla y observó la curva prieta del trasero de la joven.
– … déjalo… estar… -De sopetón la voz de Jilly sonó muy cerca.
Lleno de culpa, Rory dio un brinco y giró la cabeza.
– ¡Pero qué dices! No estaba hacien… -El magnate se calló cuando oyó nuevamente la voz de Jilly.
– ¿… que… porque tú… ahora…? -Las palabras salieron por los altavoces del ordenador de Rory entrecortadamente.
Detectó otra voz femenina:
– El audio… me parece… no funciona…
¡Vaya, vaya…! Alguien, probablemente la dueña del zapato y de la pierna, manipulaba el sistema de audio porque no funcio…
– Tengo la sensación de que no llego a entenderlo. -Súbitamente la voz sonó clara y uniforme. Era evidente que la mujer que hablaba no se había dado cuenta de que estaba reparado-. De todas maneras, estoy deseosa de probar tu idea de hacer desfiles por internet.
¡Vaya, vaya…! Rory se rascó el mentón. Organizar desfiles por internet era una idea genial. No había duda de que Jilly poseía olfato para los negocios.
– Me parece que deberías dormir un rato -aconsejó Jilly-. ¿Dónde pasaste toda la noche? Sabes perfectamente que cuando estás cansada cometes infinidad de errores.
La desconocida murmuró algo acerca de que estaba demasiado alterada para dormir.
– Nena, te he oído -respondió Rory-. Además, apuesto lo que quieras a que tienes problemas con un hombre.
– Ya encontrarás la solución -dijo Jilly alegremente. Aunque estaba de espaldas a él, Rory imaginó su encantadora sonrisa, que destacaba el hoyuelo-. Confío plenamente en ti.
Rory estaba de un optimismo subido.
– Cielo, yo también confío plenamente en ti -informó a la figura digitalizada de Jilly. Le pareció muy gracioso colarse en esa conversación femenina-. Escucha, monjita mía, despídete de tu amiga, sube al coche y ven con papá.
Kincaid sonrió e intentó transmitir a Jilly que se reuniera con él.
No pudo oír lo que decía la desconocida del zapato y la pierna, pero Jilly respondió:
– No desesperes.
Pensándolo bien, la voz de la amiga sonó desesperada cuando preguntó:
– ¿Tú también tienes problemas?
Jilly se miró los pies.
– No sé cómo planteárselo. Siempre pasa algo y no surge el momento oportuno.
Rory se incorporó y se sentó muy tieso. Se preguntó qué era lo que Jilly no sabía cómo plantear y a quién.
– Pensabas esperar a que se convirtiese en tu amigo.
– Verás, creo que le gusto. -Jilly titubeó-. Estoy bastante segura de que siente algo por mí, pero no sé si me considera su amiga -apostilló la muchacha sin dejar de mirarse los pies.
– El tiempo se acaba -opinó la otra mujer, y el ligero tono metálico y temeroso de su voz llevó a Rory a experimentar un escalofrío de inquietud.