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– Ya lo sé, pero necesito comprobar que Rory confía en mí antes de pedírselo -añadió Jilly.

Kincaid se aferró al borde del escritorio y el escalofrío de inquietud se convirtió en un terror. ¡Mierda! ¿Había vuelto a caer en la trampa? ¿Qué demonios quería Jilly de él? Y pensar que había pensado que no le correspondía poner fin a la virginidad de la joven…

Jilly levantó la cabeza y se dirigió a la mujer que estaba en el despacho:

– Te garantizo que lograré que me escuche con respecto a Iris.

¿Qué tenía que ver Iris en todo aquello? Rory meneó la cabeza. ¿Por qué Jilly hablaba de Iris?

– Francamente, Kim, haré cuanto pueda para solucionar este asunto -prosiguió Jilly.

La muchacha retrocedió y Rory vio que la desconocida movía el pie y la pierna. A continuación se dispuso a salir del despacho.

La amiga de Jilly apareció de cuerpo entero en la pantalla. Era una mujer alta, rubia y de facciones clásicas. Rory reconoció a la socia de Jilly y volvió a experimentar cierta sensación de familiaridad. La rubia arrugó el entrecejo.

– Jilly, no hagas… Jilly, no cometas una locura.

– ¿Una locura? ¿Me ves capaz de cometer una locura? -inquirió Jilly. Rory se dijo que, si no estuviera tan asqueado, mejor dicho, tan enfadado, tal vez se habría reído ante el tono de falsa valentía que transmitió el bomboncito mentiroso-. Te prometí que resolvería esta cuestión y lo haré. No olvides que por eso acepté este trabajo, para conseguir lo que queremos.

Rory no dejó de escuchar, pero la conversación acabó enseguida y Jilly salió de la tienda. Siguió mirando a la rubia y repasó mentalmente el diálogo de las mujeres… a pesar de que la sensación de traición le agrió el desayuno.

Iris… Jilly… Kim, la rubia que le resultaba conocida.

¡Joder…! De repente todo encajó. Iris, Jilly y Kim, la rubia que le resultaba conocida… Kim, que era igual a Iris. ¡Maldita sea, por ahí iban los tiros! La socia de Jilly era la madre de Iris, la misma que la había parido y abandonado.

«No olvides que por eso acepté este trabajo, para conseguir lo que queremos», había dicho Jilly. También había afirmado: «Haré cuanto pueda por solucionar este asunto». Por lo visto, la madre que había parido y abandonado a su tía quería algo.

De modo que, con el propósito de ayudar a su socia, Jilly se había aprovechado de él. Virgen… ¡y un cuerno…! Cada palabra, cada beso, cada centímetro de piel ardiente estaba calculado para manipularlo, para que «confiase» en ella.

Rory se dijo que eso le pasaba por desviarse del camino recto, por olvidar sus responsabilidades. Llegó a la conclusión de que no había sido más que un juego perverso y malvado.

¡Vaya con el bomboncito dulce y mentiroso!

Se dio cuenta de que estaba ansioso por asestarle el primer golpe.

– ¡Ay…!

La dolorosa exclamación de Rory, procedente de la biblioteca, logró que Jilly hiciese un alto. Esa mañana había decidido sumergirse en el trabajo porque Rory se había vuelto más peligroso que nunca después de plantear la atormentadora idea de poner fin a su virginidad… y de dejar la decisión exclusivamente en sus manos.

Si hubiese intentado seducirla en cuanto vio que ella se sentía tentada, le habría resultado mucho más sencillo negarse. Lo cierto es que Kincaid no había intentado manipularla y había insistido en que la decisión le correspondía a ella. El mero hecho de saber que tendría que acudir a él y pedirle que la llevase a su lecho la estremecía de la cabeza a los pies, por lo que la idea resultaba mucho más excitante.

– ¡Ay…! -volvió a quejarse Rory.

Jilly se dejó llevar por la curiosidad, se asomó a la puerta de la biblioteca y no le quedó más remedio que sonreír.

Con el maletín negro a sus pies, la «doctora» Iris atendía al enfermo, que estaba sentado en una silla. La niña vestía una bata blanca de médico que parecía de verdad, con las mangas dobladas; los faldones llegaban hasta el suelo. Probablemente se trataba de un disfraz que había encontrado en algún rincón de la mansión. Iris sujetaba un auténtico martillo de goma.

– Ni te muevas -dijo Iris en tono autoritario, y adoptó esa expresión terca que solía dedicar exclusivamente a Rory.

La cría levantó el martillo y le dio en la rodilla.

Rory hizo una mueca de contrariedad y lanzó una patada al aire.

– Haz el favor de ir con cuidado.

Iris no respondió, guardó el martillo en el maletín y lo revolvió en busca de algo más.

– Tengo que vendarte -declaró decidida, y cuando se enderezó, Rory vio que sostenía un grueso rollo de venda.

Kincaid lo miró con recelo.

– ¿Qué es lo que quieres vendarme?

Jilly no supo si reír o llorar. A lo largo de las últimas semanas había aumentado el recelo entre Rory y la niña. Kim tenía razón. No quedaba mucho tiempo y debía hablar con Rory de la situación de la pequeña. Cerró los ojos, se frotó las sienes e intentó aliviar el repentino dolor de cabeza.

– Estás aquí.

Jilly abrió los ojos. Rory la había descubierto en el umbral.

– Sí, aquí estoy.

– Pasa.

Su tono sonó grave, cargado de algo sombrío y tal vez colérico. Jilly titubeó, pero enseguida se dijo que era una ridiculez. Probablemente su extraño tono tenía que ver con la venda con la que Iris le rodeaba la frente.

Cuando la joven se acercó, Rory miró a su tía y preguntó:

– Iris, por favor, ¿podemos dejar este asunto para más tarde?

– No. -La niña siguió colocando la venda-. Dijiste que jugarías conmigo.

– Seguiremos más tarde.

– No… Te estás muriendo.

– ¿Y si te prometo que no estiraré la pata hasta que estés presente y puedas disfrutar de lo que me ocurre? -propuso Kincaid.

La pequeña no cedió.

– Te vendo para que no se te escapen los sesos. Podrías agradecérmelo.

– Muchas gracias.

Jilly notó que el magnate apretaba los dientes.

– Iris, tengo la sensación de que Rory quiere hablar a solas conmigo -explicó la muchacha, e intentó disimular el nerviosismo que la idea le provocó. El rostro de Kincaid estaba tenso y su mirada resultaba ilegible-. Estoy segura de que, si ahora te vas, más tarde jugará contigo.

Iris ladeó la cabeza.

– Hummm… Vale, pero me voy a jugar a aquel rincón. -La cría señaló la caja de un juego que había junto a las ventanas, sacó las tijeras del maletín y las acercó a la cara de Rory.

Jilly se apresuró a quitarle las tijeras de la mano y propuso:

– Cortaré yo la venda.

Iris encajó la punta de la venda en las últimas vueltas y caminó hacia las ventanas, arrastrando la bata blanca sobre la alfombra. Miró significativamente a su tío y añadió:

– Te operaré mientras espero.

Jilly abrió desmesuradamente los ojos, hasta que vio que Iris se había sentado junto a un juego llamado Operación. Recordaba los anuncios de ese juego infantil. El jugador… bueno, el médico, utilizaba unas pinzas pequeñas para quitar partes del cuerpo de un hombrecillo. Si el médico se equivocaba, el «paciente» se quejaba y se le iluminaba la nariz.

– El paciente se llama Rory, ¿verdad? -inquirió Jilly, y dirigió una sonrisa comprensiva al Rory de carne y hueso.

Kincaid no respondió a esa sonrisa. Se limitó a señalar su escritorio y añadió:

– Siéntate.

Al oír esa orden, a Jilly se le aceleró el pulso, pero lo siguió lentamente y tomó asiento. Rory acomodó su corpachón al otro lado del escritorio y la paralizó con la mirada. Había tensión en todo lo que hacía: en su mirada y en la rigidez de sus anchos hombros.

– Sé lo que haces -afirmó Rory.

– ¿Cómo… cómo dices?

– Sé que me has utilizado.

Congelada por la gelidez de la mirada de Rory, Jilly se quedó quieta.

– ¿Qué? -preguntó.

No se le ocurría nada más que decir.