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A Jilly se le llenaron los ojos de lágrimas. Se dio cuenta de que diez años atrás Rory debió de sentirse traicionado y por ello ahora se mostraba amargado y receloso. La verdad era que había hecho trampa. Había recurrido a una trampa absurda y estúpida sin saber a qué se exponía. No había pensado que las cosas podrían torcerse ni había previsto que acabaría enamorándose de Rory. Tomó aire y preguntó:

– ¿Qué puedo hacer para que me creas? ¿Qué quieres de mí?

Kincaid se rascó el mentón y una ligera sonrisa torció sus labios.

– Hummm…

La joven estaba tan desesperada por que todo saliese bien que al oír ese murmullo se animó.

– ¿Qué? -Jilly se sentó en el borde del sillón-. ¿Qué quieres?

Rory sonrió de oreja a oreja, pero no transmitió la menor alegría sino, más bien, satisfacción.

– Ya sabes qué quiero.

– ¿Qué? ¿Qué quieres?

– A ti.

Pensó que era una estúpida incorregible por no haberlo visto venir y repitió:

– A mi…

– A ti en mi cama. -Los ojos azules de Rory parecieron iluminarse-. Te quiero en mi cama hasta que me vaya de Los Ángeles. Si te presentas cada noche… hummm, digamos que en el momento en que yo lo desee… mi dulce y joven virgen, si te metes en mi cama cuando me dé la gana… solo entonces me dignaré considerar la petición de tu amiga Kim.

Jilly tembló de la cabeza a los pies cuando clavó la mirada en los ojos de Rory. No sabía si aquel hombre esperaba que aceptase o se negara. Podía sacrificar su virginidad por su amiga o permitir que Rory se llevase definitivamente a Iris. ¿Qué opción la convertía en zorra y cuál en alguien realmente piadoso?

Le dolió la cabeza y también el corazón. No sabía qué elegir.

Se dio cuenta de cuánta razón tenía al temer al amor, pues allí estaba, enamorada de Rory y obligada a ceder a su dominio.

Apretó las manos. A no ser que… a no ser que aceptara ese pacto y se metiese en el lecho de Rory simplemente por sí misma, para tener la oportunidad de experimentar, de experimentar realmente esa existencia excitante y sin limitaciones que siempre se había prometido que probaría. ¿No sería la emoción de su vida darse la oportunidad de amar con el cuerpo a ese hombre, de amarlo de la misma manera que lo quería con su corazón?

Si mantenía en secreto sus sentimientos estaría a salvo del poder que Rory ejercía sobre ella. ¿Acaso no sería una victoria en medio de la derrota?

La angustia que atenazaba su pecho se relajó levemente, pero cuando habló le costó trabajo articular las palabras:

– De acuerdo.

Rory tensó el cuerpo y repitió con cautela:

– ¿Estás de acuerdo?

La muchacha movió afirmativamente la cabeza y confirmó casi sin aliento:

– Iré a tu cama hasta que abandones definitivamente Los Ángeles.

Kincaid parpadeó desconcertado.

¡Joder!

– ¡Oye, Rory, acabo de quitarte el corazón! -chilló Iris.

Rory sonrió con frialdad, seguro de sí mismo y con la mirada brillante, demasiado brillante. Jilly se estremeció. No apartó la mirada del rostro de la joven cuando respondió a la niña:

– Tía, me da igual; de todos modos, no lo necesito.

Capítulo 13

Jilly logró esquivar los comentarios sobre el pacto al que habían llegado porque, repentinamente, Caidwater se llenó de gente. Se presentaron los organizadores para repasar los detalles de último momento de la reunión para recaudar fondos que Rory ofrecería en menos de dos semanas y luego apareció el proveedor del catering para consultar algunas cuestiones.

También estuvo ocupada con sus propias responsabilidades. Tal como estaba programado, recibió a los trabajadores del museo al que irían a parar los trajes más valiosos. Dedicó la tarde a pasar las prendas guardadas en bolsas de plástico a los percheros con ruedas del museo, que luego trasladaron al camión de la institución.

Anochecía cuando Jilly se despidió de los trabajadores en la entrada de Caidwater. Exhaló un largo suspiro, entró en la casa y oyó que Rory y algunas personas más, supuso que los organizadores de la fiesta para recaudar fondos, charlaban no muy lejos.

Se dijo que todavía no había llegado el momento. No estaba en condiciones de verse las caras con Rory, antes necesitaba darse ánimos. Cuando las voces sonaron más cerca, Jilly franqueó rápidamente la puerta que conducía a la sala de cine de Caidwater.

Aunque estaba a oscuras, allí tampoco se encontró a solas. En la pantalla se veía una vieja película en blanco y negro, con el sonido quitado; y a la luz parpadeante de la cinta vio que Greg se encontraba en la primera fila de las aproximadamente cien butacas de la sala.

El actor volvió la cabeza y dijo delicadamente:

– Jilly Skye, ven aquí.

La muchacha sonrió y caminó despacio por el pasillo ligeramente inclinado. Su sonrisa se hizo más amplia al ver que Iris estaba junto a Greg, con la cabeza apoyada en su hombro y profundamente dormida. Jilly ocupó la mullida butaca al otro lado de Greg y ladeó la cabeza para mirar la pantalla.

– ¿Qué estás viendo? -preguntó.

En la pantalla dos hombres discutían en una tienda de campaña iluminada por la parpadeante luz de un farol.

– A Roderick Kincaid en Vida en el desierto, muerte en el desierto.

– ¿Y por qué la vemos sin sonido…?

Greg acarició la larga melena rubia de Iris.

– Porque así siempre se duerme.

– Ah.

La joven se acomodó en el asiento. Ver la película en esas condiciones resultaba sorprendentemente tranquilizador. La ausencia de sonido le permitió distanciarse de lo que ocurría en la pantalla y ni siquiera parpadeó cuando un hombre desenfundó un arma y disparó contra el otro.

– ¿Te ocultas de alguien? -quiso saber Greg.

En ese instante, en la pantalla irrumpió un personaje nuevo, ataviado con la túnica de un jeque del desierto. Jilly se tensó y, a pesar de que sabía la respuesta de antemano, preguntó si era Roderick. Por fin encontraba la fuente de todas sus fantasías acerca del príncipe del desierto y la muchacha ingenua. Alguna vez debió de ver esa película y estaba claro que el rostro de Rory poseía la misma apostura que el de su abuelo.

– Según dicen, nuestra bisabuela era princesa de una tribu nómada del Sahara -explicó Greg-. Siempre pensé que era un invento de los estudios, pero te entran dudas cuando ves al viejo cabrón cubierto por una túnica.

Jilly lo observó curiosa.

– ¿Tú tampoco le tenías mucho aprecio a tu abuelo?

– Lo odiaba, sobre todo… sobre todo en los últimos tiempos de su vida, aunque hay que reconocer que fue un actor de primera.

Jilly asintió para manifestar su acuerdo, se repantigó en la butaca y apoyó la cabeza en el respaldo. La historia se desplegó en silencio en la pantalla, aunque apenas le prestaba atención porque solo pensaba en el modo en el que Roderick Kincaid había cambiado su vida. Aunque no llegó a conocerlo, sus elecciones afectaron irrevocablemente su existencia.

Sin Roderick Kincaid, no habría conocido a Kim; sin ella, Things Past no sería lo que era o tal vez se habría convertido en un éxito y, obviamente, no habría conocido a Rory… Y no se habría enamorado jamás.

Es verdad que alguna vez se habría planteado entablar una relación con un hombre apacible, delicado y que no intentase mandar ni dominarla, pero jamás lo habría amado.

Por otro lado, el camino no le habría resultado tan aterrador como el que ahora estaba a punto de emprender. Lo que pensaba hacer con Rory, lo que ya había accedido a hacer con él, sería efímero y probablemente acabaría por romperle el corazón.

En la pantalla, Roderick Kincaid galopó por las dunas a lomos de un corcel blanco. De repente tensó las riendas, desmontó y cayó de rodillas. Claramente angustiado, hundió las manos en la arena y las levantó. La cámara se aproximó a los granos que escapaban entre sus dedos.