A Jilly se le hizo un nudo en la boca del estómago. La imagen era la expresión de su situación: se estiraba para coger algo y lo tocaba, pero le resultaba imposible retenerlo. Pensó en voz alta y preguntó:
– Greg, ¿alguna vez has sentido… has tenido la sensación de que un sueño se te escapa entre los dedos?
Se hizo un largo silencio y la joven pensó que, al igual que Iris, el actor debía de haberse dormido. Al cabo de unos segundos Greg tomó la palabra en tono bajo y sereno:
– Jilly, quizá lo único que hay que hacer es cerrar la mano. Es suficiente con que cerremos la mano y no dejemos escapar el sueño.
Cuando Jilly se volvió para mirarlo, la puerta del cine se abrió bruscamente. Sin siquiera lamentarse por su cobardía, la muchacha se escurrió en la butaca con la esperanza de que quienquiera que fuese no la viera… pese a que sabía exactamente de quién se trataba.
Greg echó un vistazo por encima del hombro y comentó:
– Bueno, se acabó. Está claro que ha llegado el momento de hacer mutis por el foro.
Jilly estuvo a punto de rogarle que se quedase, pero se dio cuenta de que la presencia de Greg no modificaría el pacto que había establecido con Rory.
– Hasta luego -masculló la joven.
En medio de la oscuridad la muchacha detectó el fogonazo blanco de la sonrisa de Greg.
– Anímate, perro ladrador es poco mordedor.
El actor cogió a Iris en brazos y abandonó el cine.
Con el corazón desbocado, Jilly esperó a que Rory ocupase el lugar de Greg, pero se instaló en la butaca situada exactamente tras ella.
– Yo diría que Greg tiene razón -comentó Rory en tono desapasionado-. En el fondo creo que mis mordiscos te gustarán.
Jilly notó un nudo en la boca del estómago y se estremeció al pensar que ese hombre podía seducirla simplemente hablando en medio de la oscuridad. Tragó saliva y buscó la manera de salvar el pellejo. Dile que has cambiado de idea. Ya encontraría la manera de convencerlo de que se atuviese a razones con relación a Iris. Da la cara y dile que no comerciarás con tu cuerpo.
En ese instante Rory la tocó, apoyó ligeramente las manos en sus hombros, presionó con sus largos dedos los músculos tensos de la joven, los masajeó con delicadeza y deshizo hábilmente los nudos.
Jilly intentó fingir que se relajaba, pero a cada segundo que las manos de Rory seguían en contacto con su cuerpo, la tensión aumentaba más y más. Sus pechos se inflamaron, sus pezones se pusieron tan erectos que le dolieron y en la entrepierna notó una pesadez abrasadora que no había manera de satisfacer.
Rory le retiró el pelo del cuello y Jilly contuvo el aliento. La ardiente palma de su mano acarició la piel de la nuca de la muchacha, que estuvo a punto de pegar un respingo en la butaca afelpada. Reprimió un gemido e intentó aferrarse a los reposabrazos, pero en ese instante Rory volvió a acariciarla con delicadeza y Jilly se puso en pie de un salto.
– Ahora mismo, Rory -dijo roncamente. Ya no podía soportar más expectación sin estallar a causa de esa mezcla letal de nervios y deseo-. Quiero que sea ahora.
Rory refrenó su lujuria y dejó de aferrar con tanta fuerza la muñeca de Jilly mientras la conducía escalera arriba hasta su dormitorio. Le había dicho que quería que ocurriese de una vez. ¡Sorpresa, sorpresa!, pensó contrariado. Tendría que haber imaginado que la joven querría solventar lo más rápidamente posible la situación.
Aspiró aire para serenarse y se obligó a subir la escalera con más lentitud. Jilly lo había utilizado y, cuando la pilló, recurrió a su cuerpo para conseguir lo que quería. Claro que era él quien había planteado el pacto, pero, de todas maneras, la muchacha lo había traicionado.
Le habría gustado castigarla, anularla y poseerla en todas las posiciones imaginables hasta que la gatita sexual perdiera por completo la capacidad de arañar. Tal vez entonces podría conciliar el sueño. Quizá a partir de ese momento estaría en condiciones de asimilar la posibilidad de que Jilly dijese «necesito estar segura de que Rory confía en mí» sin sentirse interiormente tan mal.
Tuvo la sospecha de que el transcurso de una década no lo había vuelto mucho más sabio.
En cuanto entraron en el dormitorio, Rory cerró violentamente la puerta de madera maciza. Jilly se sobresaltó al oír el portazo. El sol se había puesto y la habitación estaba más oscura que el cine, por lo que no vio la expresión de la joven.
Rory le soltó el brazo, se llevó las manos a la hebilla del cinturón y ordenó:
– Desvístete.
Jilly sorbió aire; ese sonido entrecortado resonó en la atmósfera en penumbra.
Rory hizo una pausa. Sus ojos se habían adaptado a la oscuridad y distinguió el perfil de la joven. La cabeza de Jilly miraba hacia la cama, un mueble inmenso de madera tallada, que acechaba en un rincón como el monstruo de una película de horror.
Kincaid se dijo que incluso a él ese trasto a veces le provocaba pesadillas.
– La llamo Quasimodo-explicó.
Rory notó que Jilly lo miraba fijamente.
– ¿Qué? ¿Cómo?
– Quasimodo-repitió.
La muchacha tragó saliva.
– ¿Has dicho que llamas Quasimodo a tu… a tus… a tus partes?
¡Mierda! Ella no le había entendido. ¿Era posible que Jilly pensara que apodaba a su pene con el nombre del jorobado de Notre-Dame? Las ganas de reírse, de cogerla de las mejillas y de borrar a besos la expresión horrorizada que imaginó que había puesto estuvieron a punto de hacer desaparecer su cólera… hasta que recordó que ella lo había dejado en ridículo y la corrigió con sorna:
– No, bomboncito, llamo así a la cama.
Rory habría jurado que la oyó suspirar aliviada.
– Pues es grande.
– Lo mismo que la cama.
Se hizo otro silencio y de repente Rory ya no quiso que Jilly siguiese metiendo la pata. La cogió del cuello y la acercó a su cuerpo.
– Jilly… -murmuró. Su melena rizada le hacía cosquillas en los labios-, vas a matarme.
La muchacha apoyó la frente en su pecho y la tensión zumbó como una cuerda de guitarra en su cuerpo rígido.
– Rory, yo…
– Calla, calla. -Le besó la frente, una mejilla y una oreja. Jilly se estremeció-. Cariño, concédenos un rato a Quasimodo y a mí.
Se dijo que debería desnudarla, tumbarla y hartarse de ella. Ya estaba bien, Jilly había accedido, se lo había pedido y ardía en deseos de hacerlo, era lo único que había querido hacer desde el instante en el que la joven puso en Caidwater sus pies con las uñas pintadas de rojo cereza. Empezó a juguetear con la melena oscura de Jilly y rozó ligeramente su mejilla tersa con la incipiente barba que le había crecido desde la mañana. Se regodeó y besó ese punto tierno y perfumado de detrás de la oreja de la joven.
Rory aferró los rizos oscuros y Jilly dejó escapar un sonido peculiar, una mezcla de zumbido y quejido. Su pene se puso duro como una barra de hierro. «Hazlo de una vez, desnúdala, poséela, desahógate», lo azuzó el demonio que llevaba dentro.
Algo en su interior despreció esa voz y levantó la melena de Jilly para inclinar la cabeza y besarle la nuca.
La muchacha tembló como una hoja azotada por el intenso y ardiente viento de Santa Ana. Rory cerró los ojos, se dominó tanto como pudo y la mordió.
El cuerpo de Jilly se sacudió y la muchacha gimió aguda y desesperadamente.
Entonces Rory la lamió.
– Te dije que mis mordiscos te gustarían -le susurró al oído, y con la lengua recorrió la carne de gallina que cubría el cuello de la joven.
Kincaid tocó el hueco situado por encima del último y diminuto botón del cuello del jersey ceñido y con lentejuelas que llevaba ella.
– ¿Cuántos? -preguntó Rory.
Jilly lo cogió de los brazos y él se dio cuenta de que el deseo hablaba por ella.
– ¿Cuántos quieres? -inquirió la muchacha.
Rory cerró los ojos y los apretó. Estaba convencido de que esa mujer iba a matarlo.