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– ¿Cuántos botones? -logró preguntar finalmente.

No hacía falta que se tomase tantas molestias.

– ¿Botones? -repitió Jilly, sorprendida.

Rory se habría echado a reír y la habría besado con ternura a pesar de que lo había engañado, pero le desabrochó el primer botón y le besó el centímetro de piel que quedó al descubierto, justo por debajo del hueco del cuello.

– ¡Dios mío…! -musitó Jilly.

– Nena, sigue rezando.

Bajo los diez botones como perlas, la muchacha llevaba una prenda de raso y encaje blancos. Brilló en la oscuridad. Rory la desabrochó con un ligero ademán y con los nudillos rozó las curvas de los senos de Jilly.

– Quiero verte -declaró, e intentó apartarse para encender una lámpara.

– ¡No! -Jilly lo cogió de la mano y suavizó el tono de voz cuando añadió-: Por favor, Rory, me gusta… me gusta hacerlo a oscuras.

Kincaid meneó la cabeza y le cogió la mano.

– Cariño, ¿nadie te ha dicho que con las luces apagadas pierdes mucho? -inquirió, y pensó que los hombres que habían compartido la cama de Jilly…

– Rory, por favor.

Kincaid llegó a la conclusión de que, después de todo, no quería pensar en esos hombres.

– Está bien.

Jilly soltó los dedos de Rory. Este se dijo que había llegado el momento de hacerlo. La había desnudado a medias, contaba con su permiso y reinaba la oscuridad que ella quería.

Rory se preguntó por qué demonios titubeaba. Contrariado, estiró las manos, le quitó hábilmente el jersey y al mismo tiempo cogió las tiras del sujetador para terminar de desvestirla. La ropa de Jilly cayó sobre la mullida moqueta con un ruido casi imperceptible.

Presa del nerviosismo, la joven aspiró una gran bocanada de aire.

Rory volvió a tomárselo con calma. La cogió de los hombros, descendió por la piel ardiente de sus brazos y la acarició hasta las muñecas. En medio de la oscuridad sus pechos parecieron más claros, pero no los vio tan nítidamente como deseaba. Los senos se elevaron cuando levantó los brazos de la joven.

Recorrió con la lengua los salientes de los nudillos de Jilly, que jadeó. Por Dios, esa mujer tenía erotismo hasta en los recovecos más inverosímiles. Su erección presionó un poco más el pantalón cuando pensó en desnudarla y descubrir cada uno de esos escondrijos. Volvió a lamerla y la joven jadeó nuevamente.

– ¿Te gusta? -susurró Rory.

– Me… me gusta tanto como a ti.

El ligero e ingenioso requiebro de Jilly lo frenó. De repente recordó que aquella mujer podía parecer tan insegura como una estudiante en el asiento trasero del coche de su amiguito, aunque en realidad se trataba de una mujer convertida en un juguete sexual… y, por añadidura, como quería algo de él había dado el visto bueno a esos juegos.

Decidido a llevar la voz cantante, Rory retrocedió y se cruzó de brazos antes de ordenar secamente:

– Desnúdate. -Jilly paseó la mirada a su alrededor sin tenerlas todas consigo-. Nena, no estoy hablando con el empapelado, sino contigo. Quítate la ropa. -Ella se estremeció y esa muestra de vulnerabilidad estuvo a punto de llevarlo a hacer otra pausa, pero enseguida maldijo para sus adentros-. Tienes frío -añadió, pese a que sabía perfectamente que no era así-. Encenderé la chimenea.

Como quería verla en toda su plenitud, contemplar el cuerpo con el que Jilly había traficado y ser testigo de sus expresiones, Rory se dirigió a la chimenea alicatada de su dormitorio. En los meses de invierno, la señora Mack dejaba los leños preparados y una caja de cerillas a mano.

El chasquido del fósforo de madera resonó en la oscuridad. Rory se volvió cuando las llamas rodearon los leños.

Estuvo en un tris de caer de rodillas y la erección le rozó el vientre: Jilly estaba desnuda.

Como nada cubría sus curvas, por fin pudo apreciar ampliamente su exquisito cuerpo. Los hombros delicados conducían a los soberbios pechos de pezones sonrosados. También avistó la cintura de avispa, las caderas sinuosas y el triángulo de vello oscuro en la encrucijada de los muslos.

Con la esperanza de que Jilly no supiera que estaba temblando, Kincaid curvó dos dedos y murmuró:

– Ven aquí.

Jilly avanzó lentamente hacia él y la anaranjada luz del fuego parpadeó sobre su piel clara. Rory ansiaba notar la fiebre de su desnudez y saborear esa quemazón.

Cuando la joven se detuvo frente a él, Rory la miró y chupó decididamente las yemas de los pulgares con los que rozó una, mejor dicho, dos veces, los pezones intensamente erectos.

La muchacha curvó la espalda y cerró los ojos.

Rory le cogió los pechos y con los pulgares todavía húmedos le rodeó las puntas, sin tocarlas, en un juego de provocación tanto para ella como para sí mismo. Jilly volvió a curvarse como un gatito que se estira hacia el sol y Rory inclinó la cabeza y se introdujo un pezón en la boca.

Kincaid gimió ante ese sabor dulce y la tensión de la excitación. La aferró de las caderas, la estrechó contra sí y le chupó el pecho con más ahínco, como si quisiera devorarlo.

Jilly lo agarró del pelo, lo mantuvo a su lado y protestó cuando Rory levantó la cabeza.

– 'Tranquila… -musitó Kincaid junto a la piel tersa y ardiente de Jilly.

Se ocupó del otro pecho de la joven, lamió el pezón, se lo introdujo en la boca y jugueteó con él hasta que Jilly se retorció.

Entonces le dio un mordisco.

La muchacha jadeó, aplastó su cuerpo contra el de Rory y le clavó las uñas en el cuero cabelludo. Kincaid la aplacó con lengüetazos cálidos y deslizó las manos de las caderas a la redondez uniforme de su trasero.

– Bésame-susurró Jilly.

Rory no estaba dispuesto a besarla. Solo quería su cuerpo, sumergirse en su ardor, saciar el deseo con el que se había visto obligado a convivir desde que la conoció. Si la besaba le entregaría una parte de sí mismo y no estaba dispuesto a permitir que volviera a acercarse tanto.

Recorrió su cuello con la lengua, siguió la curva de la oreja y le mordisqueó el lóbulo. A pesar de que Rory puso el cuerpo de por medio para protegerla de lo más recio del calor del fuego, la piel de Jilly se calentó con cada lengüetazo y con cada caricia.

Jilly le cogió la cara e intentó que unieran sus labios, pero Rory esquivó su boca, le levantó la melena, se agachó y con la lengua trazó círculos en su nuca, al tiempo que hacía lo propio con las manos en las nalgas de la muchacha.

La respiración de Rory se tornó entrecortada. Las llamas y las sombras eran como ellos: calor y oscuridad entrelazados. Rory deslizó las yemas de los dedos por debajo del pliegue de las nalgas y llegó a la entrepierna.

– ¡Jilly…! -Pronunció su nombre como un gemido porque ella estaba mojada y resbaladiza y su calor interior se encontraba a pocos centímetros de sus dedos.

Había llegado el momento. Rory retrocedió para quitarse la ropa y se emborrachó con la mirada soñadora de Jilly, la nueva oscuridad de sus pezones y el sutil temblor de su cuerpo. La muchacha tenía los labios húmedos y entreabiertos y tuvo que hacer un gran esfuerzo para apartar la mirada. Su cuerpo… lo que Rory ansiaba era su cuerpo.

– Ah… ah… ah… -murmuró el magnate, y la estrechó.

Jilly lo rodeó con los brazos e inclinó la cara hacia la de Rory, por lo que el reflejo del fuego encendió sus ojos. Toda ella era ardor y excitación. Rory aspiró el perfume de sus cabellos y, más embriagador todavía, el aroma de su piel. La cogió del muslo y le levantó la pierna para aplastarse contra ella. Jilly gimió.

Kincaid sonrió, se agachó para besarle el cuello y le cogió la mano para entregarle el sobre con el condón que había sacado del bolsillo del pantalón. Jilly retrocedió unos centímetros, miró el condón, luego a Rory y se humedeció los labios.

Rory se repitió que no iba a besarla.

Tampoco estuvo dispuesto a hacerlo cuando Jilly movió torpemente los dedos en su intento de romper el envoltorio del preservativo. Al final, dominado por la impaciencia, Rory se lo quitó, lo abrió con los dientes y se lo entregó. El corazón le golpeó violentamente el pecho cuando la muchacha retiró lentamente la funda de látex.