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Pensó que, por sorprendente que pareciera, daba la sensación de que ella no sabía qué hacer con el condón. De todos modos, sabía perfectamente que el numerito virginal no era más que… no era ni más ni menos que eso, un numerito. Jilly miró el condón y el pene inflamado de Rory… y retrocedió un paso. Le temblaron los pechos cuando llenó de aire los pulmones.

Rory ya no podía esperar más. Le arrebató el condón, lo introdujo en su pene palpitante, la cogió de la muñeca para arrastrarla a la cama…

El fuego hizo de las suyas e iluminó los pechos y el vientre de la muchacha. Rory bajó la cabeza y con la lengua recorrió las tonalidades de su cuerpo, lamió los pezones y las costillas y hundió la lengua en su ombligo al tiempo que caía de rodillas.

– Rory…

Kincaid apoyó la boca justo por encima del triángulo de rizos y pasó la mejilla por la deliciosa elasticidad de su vientre. A Jilly le fallaron las rodillas y Kincaid la sujetó de las caderas y la ayudó a tumbarse en la moqueta. Sus rizos oscuros se desplegaron alrededor de su rostro y su boca también pareció oscura, de un rosa casi morado. Rory lo vio pese a que no se había permitido acariciarla ni saborearla.

Flexionó las piernas de Jilly a la altura de las rodillas, las separó, se situó entre ellas y se entusiasmó con los rizos húmedos de su pubis. Cerró los ojos, hizo denodados esfuerzos por dominarse y se obligó a apartarse de esa suavidad resbaladiza.

– Rory, por favor… -susurró la joven.

– Lo haré -prometió Kincaid-, pero antes… antes déjame…

Se interrumpió porque se dio cuenta de que no tenía que pedir permiso. Podía hacer lo que quisiera con ella, lo que le viniese en gana.

Rory recorrió los suaves pliegues de la mujer y vio que su pulgar se perdía entre ellos. Ejerció presión… Jilly jadeó, pero su cuerpo cedió y cerró los ojos cuando el magnate introdujo el dedo. Levantó las caderas de la moqueta y suplicó:

– Rory, por favor, bésame.

No estaba dispuesto a besarla, menos aún cuando los músculos del interior del cuerpo de Jilly le apretaron con tanta fuerza el pulgar. Retiró el dedo y volvió a introducirlo. La muchacha volvió a arquearse.

– Rory…

La miró a la cara. Jilly tenía los ojos cerrados y se mordía firmemente el labio inferior. Retiró el pulgar, humedeció los pliegues de su sexo con la humedad que había encontrado, buscó el clítoris pequeño y rígido y lo acarició. Jilly abrió las piernas mientras Rory contemplaba su bello, su bellísimo cuerpo, que se reveló, se suavizó y brilló a la luz del fuego.

Ese cuerpo era para él.

Rory hizo un último esfuerzo por contenerse y siguió jugando con esa belleza; acarició, trazó círculos, se hundió en ese cuerpo cada vez más dispuesto para comprobar la humedad y, por último, Jilly levantó las caderas, arqueó la espalda y gimoteó.

Se estremeció con un temblor tras otro y Rory resistió, con el pulgar firmemente apoyado en el clítoris palpitante.

La joven se quedó quieta y Rory se adentró en ese sexo húmedo y receptivo y la penetró. Jilly volvió a gemir.

¡Cielos! Rory se quedó petrificado y el cuerpo de la muchacha palpitó ardientemente alrededor de su erección. La notó cerrada, demasiado cerrada.

La miró a la cara y apretó los dientes para defenderse de su propio deseo de seguir penetrando en ese calor exquisito. Jilly volvió a morderse el labio inferior y su cuerpo entero se defendió del dolor de la penetración.

Rory pensó en ese dolor y se dio cuenta de que Jilly era virgen.

La muchacha había vuelto a engañarlo.

Repentinamente Jilly se relajó. Sus músculos internos no dejaron de aferrado con firmeza, pero separó los muslos y le rodeó la cintura con las piernas. Rory se internó un poco más.

– Jilly…

– Dime -susurró en tono ronco a causa de la satisfacción recién descubierta y del deseo renovado.

La muchacha lo agarró de los hombros y levantó las caderas, por lo que Rory se hundió un poco más en ella.

Ya nada podía impedirle penetrarla hasta las últimas consecuencias, cerrar los ojos y encontrar el ritmo que avivase el ardor y enardeciera el fuego de su sangre. Con cada empujón Jilly alzaba las caderas para acudir a su encuentro y lo recibía cada vez más profundamente.

En el último momento, Rory abrió los ojos. El fuego había teñido de dorado las mejillas de Jilly, que resplandecía cómo un ángel erótico y tentador. El placer se acumuló en el cuerpo de Rory y se preparó para la embestida final. Al alcanzar el orgasmo, Rory fundió sus labios con los de Jilly y le supo a gloria.

Cuando acabó, Kincaid se apartó del cuerpo menudo de la joven y respiró rápida y entrecortadamente.

– Jilly, ¿por qué? -inquirió en tono ronco.

La joven meneó la cabeza y clavó la mirada en el techo. Rory suspiró, se puso en pie, la cogió en brazos y se debatió para controlar la peligrosa mezcla de ternura y cólera. Al llegar a la cama, retiró la colcha y depositó a Jilly sobre las sábanas.

Como la muchacha temblaba, Kincaid la peinó, se peinó los cabellos y escrutó su rostro.

– Jilly, ¿por qué? -repitió severamente-. ¿Por qué demonios ahora y por qué me has elegido?

La joven volvió a menear la cabeza. Rory se sintió tan impotente que habría aporreado las paredes. ¿En esa maldita casa nada era como debía ser? En el invierno hacía tanto calor como en verano y los hombres hechos y derechos tenían tías de cuatro años.

La gatita confabuladora y mentirosa había resultado ser virgen. La escuela religiosa, las monjas y el voto de castidad no eran mentiras.

– Quiero ir a casa -dijo Jilly.

Rory accedió porque supuso que ella no pronunciaría una sola palabra más.

Jilly guardó para sí los motivos por los que había accedido a cumplir el pacto con Rory con la misma firmeza con la que reprimió las lágrimas. Solo se permitió pensar en la belleza del cuerpo de Rory a la luz de las llamas, en las ardientes caricias de sus dedos y en los eróticos pellizcos de sus mordiscos. Así logró llegar a su casa, pasar la noche e ir al día siguiente a Caidwater.

Esa actitud también le permitió regresar al dormitorio de Rory. Esa misma noche y las cuatro siguientes, cuando terminó su jornada laboral, llamó diligentemente a la puerta del dormitorio del dueño de la casa. No hablaban, solo se oían los roncos gruñidos de Rory y los suaves gemidos de la joven. Cada cópula resultó más enternecedora y desenfrenada que la anterior, y cada vez que Kincaid la hizo estremecer, Jilly se mordió el labio inferior para que las palabras «te quiero» no escapasen de su boca.

A Rory le gustaba tener el mando y el poder, y ella sabía que minaría los suyos si llegaba a sospechar que se había enamorado de él. Así actuaba la gente dominante, la que utiliza tus sentimientos para manipularte. Jilly se dijo que no podía permitirlo. Dejaría que se aprovechase tan maravillosamente como lo hacía de su cuerpo, pero no le entregaría su corazón. La abuela le había enseñado que jamás debía renunciar a él.

El quinto día, a medida que se acercaba a la puerta del dormitorio de Rory, Jilly vio que Greg la franqueaba y la cerraba al salir. El actor se detuvo y la observó con suma atención.

Cohibida, ella se pasó los dedos por el pelo alborotado. Tenía la melena llena de polvo, notaba la piel arenosa y estaba tan cansada que fue incapaz de inventarse una excusa para explicar los motivos por los que se dirigía al dormitorio de Rory. Por la mañana la señora Mack la había acompañado a un pequeño desván en el que hasta entonces no había estado y había dedicado la jornada a examinar viejas cajas y baúles.

Greg pareció captar la situación en un abrir y cerrar de ojos.