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– Te hará daño -afirmó quedamente-. No creó que quiera herirte, pero lo que le ha ocurrido a lo largo de la vida lo ha insensibilizado.

Jilly se encogió de hombros, como si le diera lo mismo; ni siquiera quiso descubrir si la mirada de Greg denotaba compasión.

– Jilly, no puedes ni imaginar lo mucho que vivimos mientras crecimos. Estuvimos rodeados de fotógrafos, juergas, borracheras, drogas… En la escuela los compañeros hablaban de lo que pasaba en casa. Algunos hacían lo imposible para conseguir invitaciones para la siguiente orgía de los Kincaid.

A la joven se le encogió el corazón.

– Y Rory lo odiaba.

Greg asintió.

– Fue muy sórdido. Mi hermano siempre intentó protegerme de las peores situaciones, pero a él no hubo quien lo amparase.

– De modo que… -Jilly tragó saliva-. De modo que le hicieron daño.

La muchacha llegó a la conclusión de que los comentarios de la gente, lo que pensaban de su familia, la mujer que había intentado casarse con él e incluso su padre le habían hecho daño.

Greg la miró a los ojos.

– Por eso ahora se protege a sí mismo y también por eso no se preocupará por ti.

Jilly clavó la vista en las punteras sucias de sus zapatillas altas de color rosado.

– ¿Por qué supones que es eso lo que espero de él?

– Porque tú y yo somos iguales… -Jilly apenas oyó la respuesta. Enseguida la voz de Greg sonó más nítida-. ¿No lo entiendes? Rory es muy terco y cínico.

Repentinamente hastiada de todo, Jilly suspiró. No quiso pensar en lo que más adelante tendría que pagar por haberse enamorado de Rory.

– Ya sé cómo es -confirmó-. Solo quiero estos días para mí. ¿No puedo tenerlos?

Evitó la mirada del actor y se dispuso a dar los pocos pasos que la separaban de la puerta del dormitorio de Rory. Greg la cogió del hombro y no la soltó.

– ¿Sabes lo que haces?

Ella sonrió débilmente, extendió la mano con la palma hacia arriba y la cerró lentamente.

– Greg, estoy a punto de rematar este asunto e intento disfrutarlo mientras pueda.

En esta ocasión el actor no la retuvo y, cuando llamó a la puerta, Jilly vio que Greg ya no estaba en el pasillo. Se le aceleró el pulso cuando el picaporte se movió y la puerta comenzó a abrirse.

Rory apoyó el hombro en el marco de la puerta, pero su pose contradecía la intensidad de su expresión. Jilly había aprendido a reconocer sus gestos, los resueltos planos del rostro que el deseo recalcaba incluso más. A pesar del cansancio, el ardor y el deseo hicieron mella en ella y le dolieron los pechos.

La víspera apenas habían cerrado la puerta cuando Rory le arrancó la ropa y la hizo suya allí mismo. El recuerdo la estremeció y agudizó sus ansias. Como de costumbre, bastaba una simple mirada para que Rory sacase lo peor que había en ella. La joven tragó saliva.

Kincaid frotó suavemente con los nudillos una mancha que Jilly tenía en la mejilla.

– Tienes la cara sucia-comentó.

Jilly bajó los ojos como reacción a ese gesto inesperadamente tierno y se balanceó sobre sus pies.

Rory la cogió de los brazos con sus manos grandes y firmes.

– Te meteré en la bañera -propuso.

– Verás, no puedo…

– Calla…

Kincaid prácticamente la llevó en brazos hasta el cuarto de baño. Ese espacio alicatado era tan decadente como él la hacía sentir a ella; lentamente la desvistió mientras se llenaba la enorme bañera instalada por debajo del nivel del suelo.

Jilly tembló y se humedeció los labios. Rory la trataba con tanta delicadeza que cada movimiento de sus manos parecía una caricia.

– Rory…

Jilly intentó abrazarlo, pero Kincaid le apartó las manos y la introdujo en la bañera llena de agua deliciosamente tibia. Se arrodilló en el suelo, a su lado, se arremangó y recorrió su cuerpo con una pastilla de jabón que olía a él.

A la joven se le llenaron los ojos de lágrimas. Rory no cesó de tocarla y acariciarla; deslizó los dedos por todos los rincones: entre los dedos de las manos, en medio de los dedos de los pies y alrededor de los pechos.

Jilly se dijo que eso era peor que hacer el amor, le pareció mucho más íntimo y peligroso. Tanta dulzura y solicitud podían convertirse en su ruina. Rory cogió la alcachofa de la ducha y le mojó totalmente la cabeza; le puso champú y masajeó su cuero cabelludo con tanta delicadeza que la muchacha se habría puesto a ronronear.

La sacó de la bañera segundos antes de que se quedase dormida y la secó con toda la delicadeza del mundo. Como si fuera etérea, la llevó en brazos al dormitorio y la depositó entre las sábanas de Quasimodo. Cuando Jilly intentó abrazarlo lánguidamente, Kincaid la evitó y la arropó. La muchacha cerró los ojos y murmuró:

– Solo necesito unos segundos para recuperarme.

La mano que Rory apoyó en su mejilla resultó dolorosamente tierna.

– Tómate todos los segundos que necesites.

Greg vio que Iris guardaba un conejo rosa de trapo y su cepillo del pelo en la mochila morada.

– Bicho, solo vas a cenar a casa de la señora Mack, no estarás fuera diez años. ¿Estás segura de que necesitas todo eso?

Iris no le hizo caso y frunció el ceño mientras introducía en la mochila los pies de una muñeca bebé. De repente se mostró más contrariada, sacó la muñeca de la mochila, se la acomodó bajo el brazo y masculló casi para sus adentros:

– No estoy dispuesta a encerrar a Margarita en la mochila.

Iris siempre bautizaba a sus muñecas con nombres de flores.

Hacía algo más de cuatro años, Kim y él estaban en uno de los jardines de Caidwater. Kim paseaba con un libro en la mano; era el que solía utilizar para identificar diversas clases de flores. Greg simuló que estaba interesado, aunque en realidad su única fascinación era observarla. De pronto Kim dejó escapar una exclamación y apoyó la mano en el vientre redondeado. Luego sonrió con una actitud que Greg jamás olvidaría y lo miró.

Estaba indescriptiblemente entusiasmada, segura y feliz. «Se llamará Iris -dijo Kim-. En este mismo instante, la niña acaba de elegir su nombre.»

En ese momento el corazón de Greg escogió a la mujer que amaría durante el resto de su vida.

Y ahora la cría bautizada aquel día estaba sentada en la cama y mimaba a una muñeca de pelo esponjoso.

– Tú sí que eres mi bicho especial -susurró Iris, y besó una sonrosada mejilla de plástico.

Greg cerró los ojos unos segundos. «Bicho» era el mote que le había puesto y le llegó al alma oír que su querida niña lo utilizaba para dirigirse a su muñeca preferida.

Iris levantó la cabeza y lo miró.

– ¿Estarás en casa cuando vuelva?

Greg mantuvo un tono optimista.

– Te aseguro que estaré cuando despiertes por la mañana. La señora Mack te traerá y te meterá en la cama después de cenar y de que veas un vídeo con su nieta.

Iris besó la coronilla de Margarita y volvió a mirarlo.

– ¿Adónde irás?

Greg sonrió a la hija de su corazón.

– Como mi pequeña estará ocupada, iré a Malibú a echar un vistazo a la nueva casa.

Aunque con cuatro años de retraso, por fin se había decidido a reconstruir su vivienda de la playa.

Iris jugueteó con los cabellos de su muñeca.

– ¿Qué pasa con mi cuarto? -preguntó bruscamente-. ¿Ya lo has pintado de amarillo? Lo quiero amarillo.

Greg tragó aire con dificultad. Ya habían hablado de ese tema. Iris sabía que, cuando dejase Caidwater, se trasladaría con Rory al norte de California. Greg no cejaba en el empeño de convencer a su hermano, por lo que en la casa de Malibú había una habitación espaciosa, pintada de color crema, pero no estaba dispuesto a prometer a Iris cosas que no sabía si podría cumplir.

– Cielo, Rory quiere tenerte con él, pero pase lo que pase nos veremos constantemente.

Iris estrechó a Margarita contra su pecho y murmuró: