– Quiero estar contigo.
Nada le habría impedido coger en brazos a la pequeña. La abrazó con todas sus fuerzas y los talones de plástico de Margarita se clavaron en sus costillas.
– Yo también, Bicho, no sabes hasta qué punto me gustaría estar contigo.
– Entonces dile a Rory que no me iré con él, no permitas que me vaya -insistió impetuosamente.
«No permitas que me vaya…» Las palabras resonaron en la mente de Greg cuando se sentó en la cama y acunó a Iris. Durante el último mes, en varias ocasiones había intentado que Rory entrase en razón, pero estaba claro que su hermano se tomaba en serio sus obligaciones con respecto a Iris, y no lo censuraba por ello. En cada ocasión en la que Rory se había negado a dejar que Iris se fuera con él, Greg se había mordido la lengua y se había dicho que ya llegaría su oportunidad.
Estaba claro que el paso del tiempo no haría cambiar de parecer a Rory.
Greg cerró los ojos y aceptó la realidad. Había sido demasiado paciente. Como siempre, interpretaba al personaje dócil y apocado que, para conseguir lo que quiere, apela a la esperanza más que a los actos. De hecho, había abrigado la esperanza de que Rory se diese cuenta de que Iris le pertenecía.
Había abrigado la esperanza de que, un día, Kim regresaría y lo amaría. Le había contado que la había buscado y, aunque era cierto, también en ese aspecto se había dado fácilmente por vencido.
Había renunciado demasiado pronto.
Y todavía seguía dándole vueltas a la cuestión más dolorosa: ¿hasta qué punto era culpable de la difícil situación en la que se encontraba? ¿Era su castigo por querer a Kim?
La señora Mack se detuvo en el umbral de la habitación de Iris.
– ¿Hay por aquí una niña que quiere patatas fritas?
A regañadientes, Greg soltó a la niña. Iris salió después de dirigir una última mirada atrás y hacer un ligero mohín.
Greg se frotó los muslos y pensó en las elecciones que había hecho y en su pasado. Cuando en Caidwater todo se volvió contra Rory, su hermano se marchó e hizo su vida. Cuando descubrió que estaba sola y sin hogar, Kim construyó una nueva existencia para sí misma. ¿Por qué no tenía el mismo valor que ellos? Maldita sea, ¿por qué no podía conseguir lo que más quería?
Kim… Iris… No, esta vez no permitiría que se fueran.
Greg levantó las manos y cerró los puños. ¡Esta vez no las perdería!
Capítulo 14
La puerta de entrada al apartamento de Kim se encontraba en lo alto de un tramo de escalera situado en la pared de estuco del edificio de Things Past. Tanto el «A» como el «B», los pisos de Jilly y Kim, estaban en la primera planta, justo encima de la tienda.
Greg solo necesitó una sonrisa y un autógrafo para lograr esa información de una dependienta de Things Past. Fue el día después de que Kim saliera huyendo del coche, tras murmurar que, dijera lo que dijese su corazón, su cuerpo no reaccionaba.
Esas palabras lo paralizaron, pero ahora lo llenaban de esperanza porque, al menos, Kim lo deseaba de corazón. Tal como se había prometido hacía un rato, no volvería a confiar únicamente en la esperanza, por lo que levantó la mano y llamó enérgicamente a la puerta.
Como si estuviera deseosa de que la interrumpieran, la ocupante del apartamento abrió enseguida.
– Jill… -Kim se interrumpió antes de terminar de pronunciar el nombre de su amiga.
– ¿Te sorprende verme aquí? -preguntó Greg.
En realidad, la ex modelo se mostró azorada e incluso intentó darle con la puerta en las narices.
El actor encajó el pie junto al marco y la puerta rebotó en su bota vaquera.
Kim miró el cuero desgastado y levantó la cabeza hacia el rostro de Greg.
– ¿Qué quieres?
Greg apoyó las palmas de las manos en la madera, empujó la puerta y entró. La cerró, echó los dos pestillos, se dio la vuelta, apoyó los hombros en la madera y se cruzó de brazos.
– Quiero lo que es mío.
Kim retrocedió un paso. Por una vez, había soltado su larga melena, que se desparramaba por los hombros de la camiseta. Greg siguió la cabellera con la mirada y se dio cuenta de que Kim no llevaba sujetador.
Apretó la mandíbula y la miró a los ojos.
– Estoy harto, hasta la coronilla de interpretar siempre el mismo papel.
Kim dio otro paso atrás, Greg estuvo a punto de reír porque, con el holgado pantalón de chándal y descalza, parecía tan vulnerable y joven que le costó recordar que, al conocerla, lo había atemorizado. Concluyó que todo eso pertenecía al pasado y enarcó las cejas.
– ¿No piensas preguntarme a qué papel me refiero?
Kim se pasó la lengua por los labios.
– ¿De qué papel hablas?
– He interpretado tantas veces al chico que no consigue a la chica que me lo sé de memoria. También conozco todos los momentos en los que debo intervenir. -Se apartó de la puerta-. Reconozco que es un papel que se me da muy bien. -Kim volvió a retroceder y Greg sonrió-. Permití que Roderick me lo colgase y también he dejado que tu culpa me lo adjudicase, pero se acabó. -Greg se dijo que gracias a Iris, a Jilly, a Rory e incluso a la propia Kim, esa situación se había acabado-. Kim, esta vez quiero el papel protagonista.
Greg no añadió que a quien quería era a ella y que no pensaba soltarla. La ex modelo se humedeció los labios con nerviosismo.
– Greg, ya te he dicho que…
– Esta vez soy yo quien te dirá algo. Después de tu marcha, estuve cuatro años en Caidwater, conviviendo con Roderick mientras la verdad nos envenenaba. Nunca le dije lo que sentía por ti. No quise darle motivos para que me echase. Pasé cuatro años allí por Iris. Kim, en primer lugar lo hice porque la quiero como hija tuya y, en segundo, porque la quiero por sí misma.
Kim se llevó la mano al pecho, como si intentara evitar un dolor lacerante; se le llenaron los ojos de lágrimas. Hizo un esfuerzo sobrehumano por contenerlas, se abrazó a sí misma y se frotó la carne de gallina de los brazos.
Pensó que era posible que, a pesar de todo, sintiese algo. Abrió la boca, pero no emitió sonido alguno.
De todas formas lo que ella pudiera decir carecía de importancia para Greg; en ese momento solo contaba lo que él sabía.
– Durante cuatro años viví en un infierno que no le deseo ni a mi peor enemigo. ¿Quieres que te diga una cosa? Me importa una mierda que consideres que no mereces ni un segundo de felicidad. Después de lo que he pasado, yo sí me la merezco.
– Claro que te la mereces -declaró Kim con voz entrecortada-. Por supuesto.
La ex modelo volvió a frotarse los brazos.
Greg sonrió y se acercó tanto que vio cómo latía la vena del cuello de Kim.
– Me alegro de que compartas mi opinión, porque no podré ser feliz a menos que esté con Iris y… contigo.
– ¡No! -Kim agitó enérgicamente la cabeza y su melena dorada pareció volar-. ¡Oh, no!
– ¡Oh, sí! -la contradijo Greg, sin dejarse amilanar por su negativa.
Deslizó la mano por los cabellos largos y sedosos de Kim, cerró los dedos, los aferró y la sujetó. Le echó la cabeza hacia atrás y se inclinó hacia esa boca que jamás había rozado… ni saboreado.
La vena del cuello de Kim palpitó desenfrenadamente.
– Pero yo no puedo… es imposible que…
– Ya podrás -afirmó Greg con toda certeza-. Seguiré intentándolo hasta que lo consigas. Después de los cuatro años que he pasado, me lo merezco.
Greg selló la boca de Kim con sus labios y ese beso desató sus sentidos. Gimió, insistió, notó que Kim entreabría los labios e introdujo la lengua al tiempo que otro estallido sacudía sus terminaciones nerviosas. El ardor y la emoción que la boca de Kim desencadenó en su alma acabaron con años de sufrimiento y de vergüenza.
Greg le soltó el cabello, la estrechó y notó que el cuerpo de Kim se acoplaba dulce y perfectamente con el suyo. A través de la ropa notó que los pezones de la joven se endurecían.