– Kim… -susurró junto a la boca de la ex modelo-. Kim, es lo que he esperado toda la vida. Es lo que merezco por quererte. Esto es lo que ansiaba.
Kim se derretía a su lado. Las lágrimas cayeron por sus mejillas y su sabor salado agudizó la intensidad del beso. Greg había esperado toda la vida para tenerla. Cada día, cada minuto, cada suspiro había conducido a ese instante único en el que le transmitió la fuerza que necesitaba, la fuerza imprescindible para convertirse en el hombre que ansiaba ser.
Greg levantó la cabeza, miró la boca húmeda de Kim y se dio cuenta de que temblaba.
– Es posible que, tiempo atrás, nos equivocáramos al sentir lo que sentimos, pero hemos sobrevivido al sufrimiento que nos causó. Ese dolor nos ha vuelto distintos, más fuertes y espero que más sabios. Hasta es posible que haya hecho que merezcamos lo que tenemos. -Otra lágrima cayó por la mejilla de la ex modelo-. Kim, ese dolor nos ha vuelto mejores. Además, tú haces que yo sea mejor.
A la ex modelo le fallaron las rodillas y el actor la estrechó con más fuerza.
– Greg, me haces daño.
No supo si le hacía daño a su cuerpo o a su corazón. Aflojó el abrazo y levantó una mano para cogerle un pecho; el pezón seguía erecto.
– ¿Me sientes? -susurró.
Kim tembló desesperadamente.
– Sí, sí, sí…
Aquella era la respuesta a todas las preguntas que quería formularle.
El lecho de Kim era mullido y cálido, pero no tanto como ella; cuando la oyó alcanzar el éxtasis y gemir de sorpresa y gozo, Greg notó que su propio rostro estaba mojado por el llanto.
Jilly abrió lentamente los ojos. Parpadeó para protegerse del resplandor de la suave luz del día y volvió a parpadear. Ya había amanecido. Se encontraba en la imponente cama de Rory; las colgaduras blancas estaban recogidas sobre el dosel y atadas con cordones con borlas a los postes primorosamente tallados.
Había pasado toda la noche con Rory y estaba desnuda. En las demás ocasiones se había marchado inmediatamente después de tener relaciones, pero la noche anterior Rory la había bañado, acostado y dejado dormir.
Jilly giró la cabeza en la almohada y se ruborizó al verlo. Rory dormía a pierna suelta y sus cejas parecían medias lunas oscuras en contraste con sus pómulos altos. La sábana lo tapaba hasta la cintura y descansaba boca arriba, con un brazo extendido sobre el amplio lecho, con los dedos relajados a pocos centímetros de uno de sus senos.
Jilly recorrió con la mirada los marcados músculos del hombro y el fuerte pecho de Rory. El oscuro vello formaba una cuña hacia el centro del cuerpo y desaparecía bajo la sábana. La joven notó un cosquilleo y su piel subió de temperatura al imaginar qué se ocultaba debajo de la ropa de cama.
Ese hermoso hombre con el que había hecho un pacto la había dejado dormir toda la noche, simplemente le había permitido dormir a su lado. Se estremeció.
Jilly dio un brinco cuando Rory habló con los ojos cerrados.
– Me estás mirando, ¿no? -Kincaid dejó escapar un largo suspiro de resignación-. Dímelo de una vez. ¿Es muy horrible?
La muchacha tomó distancia y se tapó hasta el cuello.
– ¿De qué hablas?
– No puedo hacer nada para remediarlo -admitió Rory.
Jilly frunció el ceño.
– ¿Qué es lo que no puedes remediar?
Rory abrió un ojo.
– Despertar con el pelo alborotado, no puedo hacer nada para solucionarlo. Es mi maldición -añadió, y se pasó la mano por la melena oscura.
A Jilly le pareció que estaba bien, un poco revuelta pero bien.
– Tenía entendido que yo era tu maldición. -Su deseo de tener algo que ver con Rory casi daba lástima. Repentinamente pensó en su propia cabellera, que estaba húmeda cuando Rory la llevó a la cama. Se deslizó un poco más bajo la ropa de cama y se acomodó un rizo detrás de la oreja-. Aunque, hablando de pelo revuelto… -murmuró cohibida.
Rory abrió el otro ojo y se puso de lado, por lo que quedaron cara a cara. Estiró la mano, soltó el rizo que ella acababa de acomodar y jugueteó con ese mechón, lo tensó y lo soltó, por lo que recuperó su forma natural.
– Tu cabello es perfecto.
Jilly notó mariposas en el estómago.
– Tengo el pelo muy rebelde.
– Hummm…
Rory clavó la mirada en los labios de la joven y se acercó a ella.
Presa del nerviosismo, Jilly retrocedió. Era la primera vez en su vida que despertaba junto a un hombre. El sol brillaba. Rory acababa de quejarse de que, al despertar, tenía el pelo revuelto. Aquello era demasiado íntimo, incluso más que las lentas caricias que la víspera le había prodigado en la bañera.
Kincaid deslizó la mano bajo la cabellera de Jilly y le acarició el cuello.
– Cielo, ¿qué te pasa?
Jilly reprimió un escalofrío y mentalmente se dijo que lo que pasaba era que Rory sabía tocarla a la perfección.
– Ocurre que… hay tanta luz…
Kincaid sonrió con actitud indulgente.
– Ahora mismo lo resuelvo.
Se incorporó con un movimiento ágil. La ropa de cama se deslizó hacia abajo y, con sorpresa, Jilly vio sus caderas desnudas. Cuando Rory se estiró hacia las colgaduras de la cama, ella recordó la firmeza de esas caderas cuando ella las tocaba.
Con un ademán, Kincaid deshizo el nudo del cordón que tenía más cerca y soltó la tela que colgaba. A continuación se estiró por encima de ella para repetir la operación del otro lado de la cama, redujo la luz a la mitad y quedaron rodeados por una atmósfera semejante a la de una tienda de campaña.
El jeque y la esclava…
Jilly se alejó un poco más.
– ¿Adónde vas? -preguntó él en tono suave-. Si retrocedes un poco más te caerás de la cama. -Rory volvió a acercarse a ella y Jilly retrocedió instintivamente. Kincaid frunció el ceño-. ¿Tendré que atarte?
A Jilly se le cortó la respiración. Un corcel blanco galopó por la arena. El príncipe del desierto estaba a punto de llegar. Volvió a quedarse sin aliento.
Rory entornó los ojos y apretó los labios.
– Eres muy rebelde. -Sin dejar de contemplarla, Kincaid estiró el brazo y del poste de la cama cogió el cordón con borlas-. ¿Es esto lo que quieres?
La joven abrió desmesuradamente los ojos y se apartó unos centímetros.
– Cla… claro que no.
– No te creo.
Sin darle tiempo a protestar, Kincaid la aferró de la muñeca más cercana y la arrastró sobre la cama. Buscó la otra muñeca de Jilly con la mano con la que sostenía el cordón, la ató y la pasó por encima de su cabeza.
– ¡Rory!
Jilly se sintió azorada y escandalizada por lo mucho que la excitaba esa atadura.
Kincaid levantó el brazo suelto de la joven, juntó sus manos y rodeó sus muñecas con el cordón. Introdujo las puntas con borlas entre las palmas de Jilly.
– Sujeta el cordón -ordenó con tono bajo pero decidido-. Sujétalo así.
Los dedos de Jilly rodearon automáticamente el cordón y los movió de forma espasmódica cuando, con toda la lentitud del mundo, Rory retiró la sábana que cubría su cuerpo. Comenzó a bajar los brazos, pero Kincaid cogió con su mano sus extremidades atadas.
– Jilly, confía en mí -pidió.
Cuando Rory la soltó, Jilly mantuvo las manos por encima de la cabeza. Confusa, se dijo que habían hecho un pacto y que únicamente por ese motivo lo obedecía.
La sábana le rozó los pezones, que tenía erectos. Vio que Rory contemplaba sus pechos y enseguida sintió su aliento cálido. Cuando la boca de Rory rodeó uno de sus senos, involuntariamente Jilly intentó tocarlo, pero él volvió a impedírselo. Le levantó firmemente los brazos por encima de la cabeza, los sujetó mientras le lamía los senos y por último sopló sobre los pezones erizados.
Con gran agitación, Jilly movió las piernas; Rory bajó la mano y acarició el muslo todavía tapado de la muchacha, al tiempo que deslizaba la boca hacia su ombligo. Al encontrar el borde de la sábana, Rory lo cogió con los dientes y lo arrastró más allá de las caderas de Jilly, sus muslos y sus rodillas.