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A la joven se le puso la piel de gallina de la cabeza a los pies y levantó las caderas. Rory soltó la sábana, sonrió y dijo:

– Guapísima.

A renglón seguido, Kincaid apoyó las manos en la parte interior de las rodillas de Jilly y separó sus piernas.

La muchacha cerró los ojos. El juego erótico de estar «atada», las expertas caricias de Rory y su patente deseo mientras contemplaba su cuerpo le resultaban insoportables.

Rory acomodó el cuerpo de Jilly, que no se resistió, ya que le permitió separar sus piernas y levantar las rodillas hasta que las plantas de los pies quedaron totalmente apoyadas en la cama. La joven mantuvo los ojos firmemente cerrados, tan excitada y tan incómoda por su excitación que pensó que no era capaz de mirarlo a los ojos.

La piel le ardía y cosquilleaba y, aunque supo que Rory la observaba, permaneció quieta hasta que notó algo húmedo y suave entre las piernas. El corazón le dio un vuelco y en el acto intentó apretar los muslos, pero se topó con los anchos hombros de Rory, que la mantenían abierta… abierta para su boca.

– Rory…

Sus atenciones fueron despiadadas. La dominó, controló sus reacciones, la lamió con gran delicadeza, sopló su femineidad y exploró su cuerpo con avidez, como si fuese incapaz de contenerse.

Jilly alzó las caderas hacia la boca de Rory y este las sujetó sin interrumpir ese juego íntimo y glorioso. La joven no sabía… jamás había imaginado…

De repente ya no pudo pensar porque todo el calor y el cosquilleo convergieron en el punto en el que la boca de Rory saboreaba su cuerpo. Jilly flotaba y su cuerpo se elevó de la cama.

– Rory…

Sin titubear, Kincaid siguió besándola y mimándola. La cogió y la depositó sobre la cama. Jilly volvió a agitar las manos dentro de la suave atadura, la pasión hizo que se retorciera nuevamente su vientre y, gracias a la mano experta y a la lengua dominante de Rory, volvió a flotar, aunque en ese caso solo lo hicieron su pasión y su espíritu. Flotó hacia un lugar en el que solo él sabía encontrarla.

Rory la sujetó cuando descendió y la muchacha lo agarró de los hombros para acercarlo a su cuerpo.

– No -musitó Kincaid, y le separó los muslos. Lentamente introdujo dos dedos en su vagina y volvió a bajar la cabeza-. Otra vez.

Cuando le hizo alcanzar nuevamente el éxtasis, Jilly gimió mientras Rory se deslizaba por su cuerpo y la atormentaba con la punta de su miembro rígido. Ella inclinó las caderas para ayudarlo a entrar y le rodeó el cuello con las muñecas todavía atadas. El pecho de Rory apenas rozó los pezones de sus pechos.

La traspasó con una simple mirada de sus ojos azules.

– Te tengo -afirmó Rory.

¡Vaya si la tenía…! Jilly se estremeció y de repente tuvo miedo de todas las formas en las que Rory se las ingeniaba para poseerla… para hacerse con su cuerpo y con su corazón. Apretó los labios para impedir que el corazón se le escapase por la boca.

Rory le buscó la oreja con los labios y la lamió. Se acurrucó más en su interior y musitó en tono ronco:

– Nena, ayúdame a llegar.

Jilly cerró los ojos; esas palabras la hicieron volar todavía más. Levantó las caderas, se adecuó al ritmo marcado por Rory y permitió que el deseo volviese a dominarla. El hombre se volvió implacable, la provocó con lentitud y luego a toda velocidad, interpuso una mano entre sus cuerpos y añadió otra presión atormentadora.

Sus miradas se encontraron. Jilly creyó percibir asombro en la mirada de Rory. Detectó algo que iba más allá del deseo, que hizo que su corazón chocase contra su pecho, algo en lo que deseaba creer desesperadamente. Ese hombre le había pedido que confiase en él. Kincaid cerró los ojos, inclinó la cabeza y mordisqueó la curva formada por el hombro y el cuello de la muchacha. Jilly pronunció su nombre y sus cuerpos se estremecieron.

La joven todavía temblaba cuando Rory se apartó, se tumbó boca arriba y se tapó la cara con el antebrazo. Jilly se esforzó por recuperar el aliento, azorada todavía por lo que ese hombre había obtenido de su cuerpo y todavía más por lo que había detectado en su mirada.

– ¡Dios mío! Jilly… -dijo roncamente.

El corazón de ella se disparó y pensó que tal vez…

– Jilly eres una gran folladora.

El corazón de la joven dejó de latir y se le heló la piel. Se miró las manos, todavía sujeta por el cordón con borlas. Y pensar que ese hombre le había dicho que confiase en él…

Jilly recordó que no era eso lo que le habían enseñado. Con un movimiento brusco se liberó del cordón, se levantó y apartó las colgaduras blancas.

– Me voy -dijo en tono tranquilo.

Rory dejó escapar un gruñido.

– Nos veremos luego.

– No. Mi trabajo aquí ha terminado.

Kincaid abrió los ojos y la buscó con la mirada. Jilly no retrocedió ni intentó tapar su desnudez.

– ¿Qué dices?

– Ayer terminé el trabajo. Todo está clasificado y contabilizado. Quedan unas pocas cajas que me llevaré en el coche; por lo demás, se acabó.

– Nosotros no hemos terminado.

– El pacto que establecimos se ha cumplido.

Jilly no podía seguir haciéndolo y sobrevivir, sobre todo porque se veía obligada a hacer denodados esfuerzos para ocultarle que lo quería y porque a él solo le interesaba una… una «gran folladora» en la cama. Si seguía yendo a Caidwater acabaría por revelarle sus sentimientos y bien sabía Dios que no estaba dispuesta a permitir que tuviese tanto poder sobre ella, entre otras cosas porque sabía que Rory nunca la correspondería. Ni se le ocurriría hacerlo. Rory la veía como alguien de quien disfrutar no como alguien por quien interesarse de verdad. Vaya, cuánto se había equivocado. Comprendió que no había triunfo en esa clase de entrega.

Rory se incorporó lentamente y su expresión se endureció.

– No pienso escuchar a tu amiga Kim. No la ayudaré.

Jilly dejó escapar un largo suspiro.

– Pues deberías hacerle caso. Si no lo haces, te arrepentirás. De todas maneras, no volveré a acostarme contigo, ni siquiera para convencerte de que hagas lo correcto. Adiós, Rory.

Se dirigió rápidamente al cuarto de baño en busca de su ropa. Casi se había vestido cuando Kincaid apareció en la puerta, peligroso y espectacular con un batín de seda negra. Incluso en esa situación le bastó ver un fragmento de su pecho bronceado para saber que Rory poseía la capacidad de entorpecer el movimiento de sus dedos.

– No puedes despedirte así de mí -puntualizó Kincaid en tono seco-. Todavía no se ha celebrado la fiesta para recaudar fondos. Esperan que asistas como mi prometida.

La joven meneó la cabeza e introdujo torpemente los brazos en la blusa.

– ¿Quién lo espera?

– Yo.

– ¡Pues qué pena!

Jilly cogió los zapatos, pero no quería perder ni un segundo en ponérselos. Pasó junto a Rory pero este la cogió del brazo.

– Ne… necesito que estés presente en la fiesta.

Jilly se paró y se preparó para lanzar una maldad definitiva, su última mentira.

– Rory, reconozco que eres un buen follador… pero no hay para tanto.

Kincaid la soltó como si quemara y Jilly salió corriendo del dormitorio y de la casa mientras deseaba poder escapar con la misma facilidad de la insensatez de amar a Rory.

Kim deambuló de un extremo a otro de Things Past. Faltaban horas para abrir la tienda y no le tocaba ir a trabajar, pero el apartamento del primer piso le había resultado demasiado… demasiado vacío sin la presencia de Greg en su lecho. Se abrazó a sí misma, ya que todavía le costaba creer que no había sido un sueño.

El actor se había marchado por la mañana, cuando todavía era casi de noche; le susurró que quería llegar a Caidwater antes de que Iris despertase. «No pienses demasiado», dijo antes de darle un beso que le provocó un dolor agridulce e intenso en las entrañas.