Gracias a Greg volvía a sentir.
Entró en el pequeño despacho, se acercó a la cafetera que había preparado hacía un rato y se sirvió una taza. La sostuvo entre las manos y se sorprendió del calor que se coló a través de la loza. A punto de quemarse, se apresuró a dejar la taza y se llevó las manos ardientes a las mejillas.
Calor, ansias, deseos… Había bastado con un beso de Greg para recuperarlo todo. No, no era exactamente así. Sucedió cuando el actor le habló de su afecto por Iris, cuando le contó que se había quedado en Caidwater para cuidar a su niña. Al oír ese reconocimiento, el dolor la traspasó y estuvo a punto de aplastarla. Se dijo que Greg la quería con tanta intensidad… no, mejor dicho, era a Iris a quien quería de esa forma.
Tomó asiento porque, de repente, no se fiaba de sus piernas temblorosas. ¿Qué ocurriría a partir de entonces? ¿En qué la afectarían esos sentimientos?
Al oír el sonido de las cerraduras de la puerta de entrada y el alegre tintineo de las campanillas giró el asiento. Vio que Jilly entraba en la tienda. Su amiga parecía agotada, por lo que se incorporó de un salto, corrió hacia ella y preguntó:
– ¿Te pasa algo?
Jilly estaba muy ojerosa.
– Bueno…
La ex modelo se preguntó qué significaba ese «bueno» y se preocupó. Jilly jamás daba respuestas tan sucintas.
– ¿Es grave? -insistió-. ¿Qué ha sucedido?
– ¿No resulta evidente? -espetó Jilly malhumorada.
– Me aterroriza que no des una respuesta de cuarenta palabras para describir el color del cielo -apostilló Kim-. Oírte decir «bueno» es como para llamar a urgencias.
Jilly se miró los pies y se dio cuenta de que iba descalza y llevaba los zapatos en la mano.
– Bueno -repitió.
– Jilly, no me asustes -rogó Kim. Cogió a su amiga del brazo, la condujo a la oficina, la sentó en una silla, le sirvió un café al que añadió tres sobres de azúcar y entregó la taza a su amiga-. Bebe. Luego me lo contarás todo.
Jilly bebió obedientemente y luego se quedó mirando el café.
– He faltado a nuestros votos.
Kim sintió un profundo alivio, rió y preguntó:
– ¿Eso es todo?
– Rory sabe quién eres, se puso furioso porque pensó que lo utilizaba para ayudarte, hicimos un pacto y me acosté con él varias veces, pero cuando dijo que era una gran foll… bueno, ya sabes a qué me refiero… ya no pude seguir haciéndolo porque en el fondo me he enamorado de él y no quiero que solo me vea como una gran foll… ya sabes… así que lo he dejado plantado y me he negado a seguir interpretando el papel de prometida, pero está tan furioso que no sé cómo reaccionará. La he jod… la he fastidiado.
Esa rápida explicación quedó interrumpida por un sollozo que se le escapó de las entrañas. Se apresuró a dejar la taza sobre el escritorio y se tapó la cara con las manos.
¿Jilly enamorada? Kim la conocía hacía suficiente tiempo como para saber lo mucho que temía ese sentimiento. Aquello era un auténtico desastre. Abrazó a su amiga al tiempo que se preparó para sufrir un ataque de pánico, pero se sintió extrañamente tranquila cuando pronunció unas palabras de consuelo:
– El problema se solucionará. De todos modos, cometiste una tontería al aceptar ese pacto para ayudarme.
Jilly levantó la cabeza.
– Lo hice por mí -reconoció con la voz entrecortada-. Deseaba a Rory, aunque solo fuese por unos días. -Tragó saliva-. Y ahora ¿qué hacemos?
Kim parpadeó. ¿La estaba consultando? De las dos, era a Jilly a quien siempre se le ocurrían los planes. Siempre estaba segura y se lanzaba hacia delante. Ella se limitaba a seguirla y, en el mejor de los casos, aportaba un par de detalles.
– Probablemente Greg no tardará en volver -comentó indecisa, aunque segura de que el actor sabría qué tenían que hacer.
– ¿Quién? -inquirió Jilly.
Kim se lamentó en voz alta y se sintió culpable por todo lo que le había ocultado a Jilly.
– Yo también falté a nuestros votos -confesó-. Los rompí con Greg Kincaid. Verás, nos… nos conocemos desde hace mucho tiempo. Me dio apuro contártelo.
Jilly palidecía a medida que Kim le contaba los detalles de la situación con Greg. Cuando su amiga terminó de explicarlo, Jilly se frotó los ojos con mano temblorosa.
– ¿Has pasado la noche con el nieto de tu ex marido? Kim, a Rory le sentará fatal. Sé que esto no le gustará nada.
En ese momento Kim fue presa del pánico, tragó saliva e intentó tranquilizarse. De nuevo se planteó mentalmente una pregunta: Y ahora ¿qué hacemos?
Kim cogió el café exageradamente dulce que había preparado para Jilly y se lo bebió. A alguien se le tenía que ocurrir algo. Tal vez Greg propondría un plan, alguien tenía que elaborar un plan.
Comprendió que esa persona tenía que ser ella.
Solo pensarlo se le cortó la respiración, pero la situación no cambiaba, lo que acababa de pensar era cierto. Hacía muchos años que permitía que la rescatasen cada vez que tenía una dificultad: primero Roderick, luego Jilly y ahora apelaba a otra persona, en este caso a Greg, para resolver el problema que surgió cuando tomó la decisión de casarse. Una vez más optaba por la salida fácil.
Tal vez había llegado el momento de afrontar sus propios demonios. No era justo esperar que alguien le sacase siempre las castañas del fuego. Decidida, afirmó:
– Yo misma hablaré con Rory.
Jilly se llevó la mano al cuello.
– ¿Irás a Caidwater?
Sabía perfectamente que para Kim la mansión representaba padecimientos e impotencia.
La ex modelo no hizo caso de la sorpresa de su amiga y cogió las llaves del coche, que estaban sobre el escritorio.
– Sí -respondió.
Había llegado la hora de afrontar sus temores.
Cuando salió resonaron las campanillas que colgaban de la puerta de la tienda; su mano tembló al abrir la portezuela del coche. A pesar de todo, durante el trayecto de FreeWest a Caidwater logró restar importancia a las reacciones nerviosas de su cuerpo. El miedo solo la dominó cuando se aproximó a la verja de hierro forjado de Caidwater.
A cinco metros de la verja, Kim frenó bajo la relativa protección de una enorme buganvilla roja. Dijo para sus adentros que podía hacerlo; se armó de valor para tocar el timbre y anunciar su regreso a la mansión.
Como si hubiesen intuido su presencia, repentinamente la verja se abrió. Kim se quedó boquiabierta cuando un discreto Mercedes salvó la última curva de la calzada de acceso y salió a toda velocidad. Aunque no vio al conductor, dedujo que se trataba de Rory.
Eso significaba que ya podía volver. Experimentó tanto alivio que tuvo la sensación de que se le derretían las entrañas. En otra ocasión…
¡Cobarde!
Esa acusación martilleó su mente porque había llegado el momento de plantarle cara a Caidwater.
Se mordió el labio para que dejase de temblar, se miró en el retrovisor y murmuró:
– Tienes que hacerlo. Entra en Caidwater y espera el regreso de Rory.
Giró la llave del contacto con decisión y arrancó. Pisó el acelerador y atravesó a toda velocidad la verja, que se cerraba lentamente.
Kim aminoró la marcha y, angustiada, echó un vistazo a la calzada curva. Aunque la mansión todavía no era visible, la imagen perduraba en su mente. Al igual que Roderick, Caidwater se había convertido en una presencia vengativa, colérica y poco confiable.
Pero su hija vivía entre sus muros.
Volvió a pisar el acelerador y el coche ascendió por la estrecha cinta de asfalto. Finalmente la residencia fue visible. Kim se estremeció; el tono salmón de las paredes le recordó la carne cruda. Apretó los dientes, trazó la curva que pasaba ante la entrada y aparcó.
Tuvo que hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para abrir la portezuela y apearse. Observó la imponente entrada e intentó recordar si alguna vez la mansión no la había aterrorizado. La puerta estaba abierta y parecía una boca voraz, sedienta y dispuesta a tragarla.