Kim avanzó a regañadientes; a cada paso que daba enumeraba un error o una flaqueza que la había conducido a esa situación. Había comerciado con su cuerpo para obtener seguridad. Había perdido a su hija. Había confiado en que Jilly resolvería sus errores.
Sintió vergüenza y volvió a odiarse a sí misma y sus fracasos.
Llegó a la conclusión de que era imposible que una mujer como ella pensase que merecía una noche de placer con Greg, para no hablar de toda una vida con su hija. El pasado la había marcado definitivamente.
Con el valor hecho trizas, bruscamente se dio la vuelta y emprendió el regreso al coche. El dolor la atenazaba, pero hizo un esfuerzo sobrehumano por no tenerlo en cuenta. Maldita sea, no era la primera vez que abandonaba a Greg y a Iris y podría hacerlo de nuevo.
En el interior de la casa estalló una conmoción que la hizo volverse y mirar.
– ¡Se ha ido otra vez! -gritó alguien.
A los gritos se sumaron los chillidos de una cría.
– ¡Señora Mack, la puerta está abierta!
El sonido de pisadas llegó a Kim. Se dio la vuelta apresuradamente, deseosa de llegar al coche antes de que alguien la viese. Huyó mientras desde las entrañas de Caidwater escapaba el ruido de un nuevo tumulto. A punto de accionar la manecilla, miró nerviosa hacia atrás y en ese preciso instante Greg, con Iris sentada sobre sus hombros, franqueó la puerta. La cría empuñaba una gran red para cazar mariposas.
Kim no tenía tiempo de averiguar de qué se trataba. Empeñada en largarse, tiró de la manecilla mientras ambos corrían hacia ella.
– ¡Kim! -gritó Greg-. ¡Kim, espera!
En su intento de abrir la portezuela, Kim cerró los ojos para anular el sonido de su voz y de sus pasos demasiado cercanos. Tal vez por eso no pudo evitar que algo gris y peludo llegara a su lado antes que ellos. El animal trepó por su ropa y, por increíble que parezca, se sentó en su coronilla.
También por increíble que parezca, su cabeza quedó totalmente cubierta por una red atrapamariposas.
– ¡Te tengo! -gritó Iris. Kim se quedó inmóvil. Greg sonrió. La niña apuntó con el índice y advirtió-: No debes tratar de escapar.
Kim supuso que la pequeña se dirigía a la bestia peluda.
Su mirada y la de Greg se encontraron y el actor dijo quedamente:
– Tiene toda la razón. Seguro que no intentabas escapar, ¿verdad?
Iris no dejaba de regañar a su mascota:
– ¿No me quieres?
– ¿No la quieres? -La voz de Greg volvió a sonar baja y suavemente-. Kim, ¿no la quieres?
¡Por Dios, claro que la quería, mejor dicho, los quería, los quería muchísimo!
– Además, nos perteneces -añadió Iris contrariada.
– Exactamente -confirmó Greg-. Nos perteneces.
Kim ansiaba desesperadamente pertenecerles.
– Haz el favor de portarte bien, Beso -insistió la niña.
Kim frunció el ceño.
– ¿Beso?
– Encantado -respondió Greg, y sin solución de continuidad, dejó a Iris en el suelo, apartó la chinchilla y la red de la cabeza de Kim y se las pasó a la pequeña. Se inclinó y acercó su boca a la de Kim-. Tus deseos son órdenes para mí.
La besó, la besó en presencia de su hija. Besó a Kim delante del servicio, que en ese momento salía de la casa. La besó delante de la mansión Caidwater, donde hacía poco más de cuatro años habían comenzado tantos sufrimientos… y alegrías.
Convencida de que se trataba de un error, Kim cogió a Greg de los hombros, y se preguntó si alguien no debía salvar de su maldad a ese hombre bueno y decente.
De repente su mente trazó un plan, un plan de rescate creado por ella misma, el primero de su vida. Surgió de lo más profundo de su ser y resplandeció tanto que eclipsó las fuerzas oscuras de Caidwater y las sombras de su miedo y su vergüenza.
Kim puso fin al beso y observó la casa, a la hija que tanto añoraba y al hombre que la había esperado. En esa situación lo único realmente importante era el amor, que era su poder. Se trataba de un don que podía ofrecer a Iris y a Greg y que no procedía de su cuerpo ni de su mente, sino de la bondad pura e inmaculada de su corazón. Nada, nadie, ni una sola de las elecciones realizadas en el pasado habían mancillado ese sentimiento.
– Greg, cásate conmigo -susurró-. Cásate conmigo y déjame hacerte feliz.
Por primera vez en su vida pensó que lo conseguiría y que además valía la pena intentarlo.
Capítulo 15
Rory caminó a zancadas hacia Things Past; se movía deprisa a pesar del peso de la condenada nube que parecía pisarle los talones más que nunca. Aunque Greg había dejado Caidwater, ya que dos días atrás se había esfumado con Iris dejando una nota en la que decían que hacían una escapada a Las Vegas, la mala suerte seguía acechándolo.
Solo faltaban tres días para la fiesta y no tenía servicio de catering. Los que había contratado tuvieron que suspender el servicio a causa de un brote de hepatitis y los demás estaban comprometidos porque se trataba del fin de semana del día de san Valentín.
La desesperación lo llevó a recordar el picnic organizado por Jilly, preparado por unos amigos suyos que habían abierto un nuevo catering. Tal vez eran lo bastante desconocidos como para estar disponibles ese fin de semana.
Claro que antes tenía que lograr que Jilly le diese el número de teléfono.
Jilly… El cabreo con ella aumentó durante unos segundos, pero enseguida se le pasó. La otra mañana, cuando ella dio por terminado el pacto, Rory apenas recordaba que habían llegado a un acuerdo. Mejor dicho, casi ni recordaba su nombre y apellido. El fragor sexual con Jilly le anulaba el pensamiento y aquella mañana los fragmentos habían quedado tan dispersos que necesitó varios minutos para recogerlos y dirigirle la palabra.
Ella se había enfadado y Kincaid sabía perfectamente por qué. No hay ninguna mujer a la que le guste que la traten de presa fácil, pero las palabras ya habían escapado de su boca y no pudo desdecirse. Claro que tampoco entonces estaba dispuesto a hacerlo. En todo momento el mayor peligro había sido controlar lo que sentía por ella y lo había conseguido apelando a ese epíteto.
Al llegar a la tienda miró el escaparate y se quedó de piedra. La persona que iba detrás chocó con él, pero no se movió ni reaccionó ante el insulto que masculló el peatón. Respiró hondo, cerró los ojos y volvió a abrirlos.
Aquello no podía ser real. En el escaparate de Things Past, al que hasta entonces jamás había prestado atención, Jilly había colocado una reproducción de su rostro dentro de una burbuja de plástico colgada encima de una especie de extraña bañera. Por si eso fuera poco, había puesto palabras en su boca, en un bocadillo de cartón blanco como los de las tiras cómicas, que a continuación había pegado a la burbuja de plástico. Las palabras que salían de sus labios con mayúsculas negras pregonaban: «¡Vota por el sexo seguro y visita French Letters!». Una flecha señalaba la tienda contigua.
A Rory se le hizo un nudo en la boca del estómago y lentamente siguió con la mirada la flecha que apuntaba hacia French Letters. Palideció y, como un zombi, se dirigió al escaparate de la condonería. ¡No! Sus labios articularon una muda negación cuando vio lo que ocurría.
Aquello también era real. Su garganta emitió un gemido, una especie de balido. ¡La mujer a la que todo el mundo consideraba su prometida decoraba el escaparate de una condonería…!
¡Dios santo… y cómo lo decoraba! Se acomodó las gafas de sol y recorrió la calle con la mirada. De momento parecía haberse librado de los paparazzi, pero los muy víboras tenían la mala costumbre de merodear por los lugares en los que podían encontrarlo, y no le sorprendería que la tienda de Jilly figurase en la lista de esos carroñeros.