Intentó respirar pese a que la ansiedad le cerraba los pulmones; se acercó al cristal del escaparate. Sin lugar a dudas, un ligero recordatorio de la condición de Jilly… mejor dicho, de su propia posición de futuro candidato del Partido Conservador, la convencería de que debía abandonar la tienda de preservativos. Rory golpeó el cristal y Jilly levantó la cabeza.
Sin pensar en lo que hacía, Kincaid se pasó el dedo por el cuello como dando a entender que se lo cortaría y, sin emitir sonido alguno, le ordenó que abandonase lo que estaba haciendo.
Al final no fue tan delicado como pretendía y la mirada que Jilly le dedicó siguió los mismos derroteros. No hizo falta ningún gesto con el dedo para saber cuál había sido la respuesta exacta de la joven.
Jilly volvió a ocuparse del escaparate, que representaba una escena en la cocina e incluía un maniquí con una típica bata de ama de casa, un delantal almidonado y un collar de perlas. Había un pequeño letrero en el que se leía: «Ropa vintage de Things Past». Tanto el maniquí como Jilly se encontraban junto a una mesa pequeña. Rory vio que Jilly inclinaba la cabeza sobre un frutero que contenía un racimo de bananas al que la joven colocaba preservativos.
Kincaid dejó escapar una larga exhalación al ver que ponía un condón de color verde manzana a rayas en una de las frutas amarillas. De su garganta volvió a escapar un gemido y golpeó nuevamente el cristal con impaciencia y energía.
Jilly puso el mismo empeño en no hacerle caso, cogió un pepino y lo decoró con una goma de látex de color morado, con protuberancias, que más que un juguete para practicar el sexo seguro parecía una pelota de pelos de plástico.
Imaginó lo que pensarían los miembros del Partido Conservador y volvió a dar golpecitos en el escaparate. Jilly fingió que no se enteraba y revolvió una cesta llena de condones con envoltorios de papel de aluminio; se mordió el labio como si pensase cuál quedaría mejor en el calabacín de aspecto obsceno que sostenía con la mano izquierda.
A Rory se le nubló la vista. Por Dios, le repateaba en el hígado que quien la viera supusiese que Jilly era una especie de experta sexual. A la hora de la verdad, ¿quién le había enseñado a poner un condón? Él… Maldita sea, ¿quién le había enseñado todo lo que sabía de sexo? Él… A pesar de todo lo que había funcionado bien y de todo lo que había funcionado mal entre ellos, ¿quién la había echado muchísimo de menos las últimas noches? Él…
Rory ni siquiera intentó extraer conclusiones lógicas de esos tres interrogantes. Entró furioso en la tienda y oyó que una serie de acordes de trompeta anunciaban su presencia. No hizo caso del sonido ni del dependiente, cuyo sexo era imposible definir, que se acercaba a toda prisa con un exceso de piercings en las zonas más variadas del cuerpo. Kincaid avanzó en línea recta hacia el escaparate y arrebató de las manos de Jilly tanto el calabacín como el preservativo que la joven había escogido y aún no había abierto.
– ¿Qué demonios estás haciendo?
Jilly intentó recuperarlos.
– Estoy montando el escaparate de un amigo.
– Esto es… esto es indecoroso.
– ¿Indecoroso? -preguntó la muchacha, y reprimió una carcajada.
El enfado volvió a empañar la visión de Rory. Por Dios, podía pasar cualquiera y comprobar su técnica para colocar condones. Si a eso se añadía su menudo y ardoroso cuerpo con los vaqueros ceñidos y la camisa holgada que llevaba la palabra «ángel» bordada en el bolsillo, Jilly solo se estaba buscando problemas.
Kincaid apretó los dientes y dijo:
– No quiero que la gente se haga ideas equivocadas con respecto a ti.
La joven intentó recuperar el condón y consiguió cogerlo.
– ¿A qué te refieres? ¿A la misma idea que te has hecho tú?
Pues sí, era exactamente a lo que se refería. No quería que cualquier seductor de tres al cuarto conquistara a la inocente Jilly y se la llevase a la cama; con esa ropa estaba endiabladamente sexy. Tironeó del extremo del preservativo, que empezó a desenrollarse, y lo miró escandalizado. En la goma de color carne había incrustadas falsas piedras preciosas de color rojo, verde y azul.
– ¡Qué horror! ¿Quién se atreve a ponerse algo así?
– No tengo ni idea, supongo que alguien que no puede pagar diamantes -espetó Jilly-. Devuélvemelo.
La joven tironeó y el condón se desenrolló un poco más. Rory no lo soltó.
– Jilly, este asunto no pinta nada bien… Te…
La muchacha perdió la paciencia y lo interrumpió para preguntar:
– ¿A qué has venido?
– Deberías alegrarte de que esté aquí. Alguien tiene que hacerte entender que…
– ¿Que ayudar a un amigo puede convertirse en un desastre? Ya me has demostrado que en ocasiones ocurre.
Rory tensó los músculos.
– Si no recuerdo mal, hubo varias ocasiones en las que pensaste que era placentero.
Jilly ni siquiera, parpadeó.
– Ve al grano. ¿Qué quieres?
Con la intención de serenarse, Kincaid aspiró una gran bocanada de aire.
– Además de una solución para los desastres que no cesan de ocurrirme, necesito un servicio de catering. -Aprovechó la repentina muestra de interés de Jilly y apostilló-: Hablemos en otra parte.
– Por intentarlo que no quede, ¿eh? -Jilly tironeó de su extremo del condón, que se alargó un poco más-. Ya te he dicho que estoy aquí para hacerle un favor a un amigo. Suéltalo.
Rory no le hizo caso.
– Yo podría hacer un favor a tus amigos, me refiero a los del catering. ¿Crees que aceptarían un encargo para el sábado por la noche?
La tensión del preservativo se aflojó y a Jilly le brillaron los ojos.
– Seguramente.
– Estupendo. -Rory intentó arrancarle el condón de los dedos-. Los contrataré si aceptas venir a la fiesta.
La idea le gustó en cuanto escapó de sus labios, aunque lo cierto era que no había pensado en proponerle ese trueque.
Jilly entornó los ojos.
– Es a ellos a los que necesitas, no a mí. Además, no me apetece asistir a tu fiesta.
Rory tironeó del condón.
– Claro que te apetece.
Jilly hizo lo propio.
– No, no quiero ir.
– Esto es una ridiculez. -Kincaid intentó hacerse con el preservativo.
– En eso estamos de acuerdo -aseguró ella mientras también tiraba de la goma.
Rory miró a través del escaparate. El tira y afloja había atraído a un corro de personas y un escalofrío de temor recorrió su columna vertebral. Se imaginó la secuencia de fotos de esa disputa tanto en los periódicos como en las pantallas de televisión. En un año imposible de olvidar, su padre fue la estrella de al menos siete escándalos televisados.
– Jilly… -masculló con los dientes apretados y tironeó.
– ¿Por qué no lo sueltas de una vez?
Maldita sea, no lo soltaba porque esa mujer lo ganaba cada vez que intentaba vencerla. Cada vez que creía que lo tenía todo resuelto y que incluso se había aclarado la relación entre ellos, cada vez que metía a Jilly en un casillero en el que podía dejarla u olvidarse de ella, la joven hacía algo imprevisible que sin duda estaba destinado a volverlo loco.
Por ejemplo, cometía un disparate como abandonar su cama.
Rory la miró y tiró del condón con todas sus fuerzas. El látex adornado con falsas piedras preciosas alcanzó una longitud anatómicamente imposible.
– Ven a la fiesta.
Jilly entrecerró los ojos, se mantuvo en sus trece y tanto su rostro como sus dedos revelaron testarudez y enfado.
– No.
– Me lo debes. Al fin y al cabo, me has utilizado.
Rory pensó que, si podía aferrarse a esas palabras, tal vez mantendría la cordura.
La terca expresión de Jilly no se suavizó. Enarcó una ceja y preguntó:
– ¿Ya no recuerdas que también me utilizaste?