No era cierto… Rory no tuvo tiempo de contestar porque al otro lado del cristal se produjo un fogonazo.
Sobresaltada, Jilly soltó el extremo del condón largo y tenso, que rebotó como una goma elástica y golpeó a Rory en la bragueta del pantalón caqui.
– ¡Ay…! -exclamó Jilly, y abrió desmesuradamente los ojos-. ¿Te encuentras bien?
Kincaid tuvo que hacer acopio de su fuerza de voluntad para no desplomarse cuando se produjeron más fogonazos, que anunciaban la llegada de los paparazzi.
– Ahora sí que tendrás que venir a la fiesta -murmuró Rory cuando recuperó el aliento.
Jilly dirigió una mirada fugaz a los dos fotógrafos situados al otro lado del cristal del escaparate.
– Rory…
– No, quiero que me escuches. El único modo de neutralizar lo que saldrá en estas fotos es que asistas a la fiesta.
Jilly se había llevado la mano a la boca y, aunque la apartó, su voz sonó extrañamente entrecortada.
– ¿Por qué tengo que hacerme cargo de tus problemas con los medios de comunicación?
Kincaid apretó los dientes por enésima vez.
– Porque has sido quien los ha originado. Jilly, por favor, ven.
Ella no dejaba de resistirse y su tono de voz seguía siendo extraño.
– Tal vez no sea tan grave, probablemente la gente pensará que han recortado nuestras cabezas y las han pegado en otros cuerpos.
Rory dejó escapar un bufido.
– Nadie tiene un cuerpo como el tuyo.
La mirada de Jilly descendió del rostro de Rory al condón que este aún esgrimía. Levantó la mano para taparse nuevamente la boca y musitó desde detrás de los dedos:
– Ni como el tuyo.
Repentinamente receloso, Rory bajó la cabeza y siguió la dirección de la mirada de la joven. El preservativo, estirado hasta límites insospechados y llamativamente decorado, colgaba de su mano a la altura del cinturón y pendía casi hasta las rodillas, como la lengua de un perro agotado.
Rory se dijo que era exactamente lo que parecía: la lengua de un perro que no podía ni respirar.
– ¡Mierda! -exclamó, y arrojó la goma sobre la mesa. Añadió casi con la boca cerrada-: Ahora sí que tienes que venir a la fiesta.
Tuvo la sensación de que, desde detrás de la mano que le cubría la boca, Jilly accedía a su petición con sonidos extraños y amortiguados. Luego ella empezó a partirse de risa. Aunque las carcajadas le sentaron fatal, Rory no tuvo más remedio que reconocer que ese sonido alegre y divertido pareció alejar momentáneamente la oscura nube que se cernía sobre su cabeza.
Contrariado, Rory contuvo sus emociones, salió de French Letters por la puerta trasera, cruzó el callejón y llegó a una calle adyacente, atestada de gente. Fue entonces cuando vio su imagen en el escaparate de la clínica de un veterinario.
Se detuvo y repasó mentalmente el rifirrafe que había mantenido con Jilly: los plátanos con condones; el preservativo adornado con piedras preciosas que estiraron y estiraron entre ambos; el fogonazo del flash, el latigazo de la goma y el látex colgando sobre su pierna.
Se echó a reír.
Rió a carcajadas, francamente, con la cabeza hacia atrás mientras evocaba una vez más el tira y afloja mantenido con Jilly. Un transeúnte vestido con ropa de cuero de motorista y collar de perro realizó un amplio rodeo para evitarlo y Kincaid todavía rió más a gusto.
Le sorprendió comprobar que hacer el ridículo le permitía sentirse libre.
Tres noches después, Rory intentó recordar esa fugaz sensación de liberación mientras luchaba con un temor mucho más conocido. Estaba ante el ventanal de la sala de juegos contigua al dormitorio de Iris y tocaba con impaciencia la hoja doblada que había guardado en el bolsillo de su chaqueta del esmoquin blanco. Lucecitas de colores adornaban la terraza que se extendía a sus pies. Los músicos afinaban los instrumentos en un extremo y en el otro habían montado una barra. A uno y a otro lado habían instalado unas pocas mesas pequeñas, pero el centro estaba libre para bailar y para el brindis que el senador Fitzpatrick haría en cuanto Rory anunciase públicamente su candidatura.
También había otras sorpresas más llamativas preparadas para después del discurso de Kincaid. Dichas sorpresas habían obligado a los operarios a recorrer los techos y el estanque para canoas de Caidwater durante los dos últimos días. Estaba claro que ese montaje no era más que un truco publicitario sin sentido, pero por lo visto Charlie Jax tenía debilidad por el melodrama.
Rory volvió a tocar la hoja de papel y se tranquilizó al comprobar que seguía en el bolsillo de la chaqueta. Contenía el texto de su discurso, si es que ese puñado de palabras que tanto le había costado encontrar y que ponían de manifiesto sus intenciones podía considerarse un discurso; esperaba que, una vez pronunciado ante los cientos de invitados previstos, desapareciese de una vez por todas la sensación de inminente desastre.
– ¡Iris…! Iris, ¿todavía no estás lista? -preguntó. Hacía un rato que Greg y la pequeña habían regresado de la excursión a Las Vegas y Rory se había desvivido por convencer a la niña de que no tardara en cambiarse para la fiesta-.¡Iris!
– Tú debes llamarme tía -repuso la niña con voz ronca a través de la puerta que comunicaba las habitaciones.
Rory suspiró. Para variar, su encanto no servía de nada cuando se trataba de Iris… bueno, de su tía.
A pesar de que hacía semanas que convivían, Rory no había llegado a comprender lo que la cría necesitaba o quería de él. Suspiró y abrigó la esperanza de que, en cuanto abandonasen Los Ángeles, cada uno se sintiera más cómodo con el otro. Iris era una obligación que estaba empeñado y decidido a sobrellevar como correspondía.
Miró por la ventana y buscó algo que pudiese justificar su ansiedad permanente. Desde donde se encontraba comprobó que las cercas de los ocho jardines que rodeaban la casa estaban abiertas, que era como debían estar, y que cada jardín estaba iluminado por lucecitas de colores colgadas de los árboles y de los setos.
Gracias a Jilly, las habitaciones de la planta baja de Caidwater ya no estaban atiborradas de ropa, sino listas para recibir a los visitantes. Los encargados del catering, también amigos de Jilly, habían llegado a primera hora de la mañana y los deliciosos aromas procedentes de la cocina le permitían saber a ciencia cierta que al menos la comida no sería un desastre.
Rory se masajeó la nuca; y sentía una legítima preocupación por el servicio de catering. Hasta entonces, el negocio de Paul y Tran no había requerido más camareros, por lo que, para satisfacer las necesidades de ese trabajo urgente, habían recabado la ayuda de un buen número de residentes en FreeWest a fin de que sirviesen la comida y la bebida.
Kincaid volvió a restregarse la nuca y reconoció para sus adentros que le inquietaba la perspectiva de mezclar a los miembros afiliados al Partido Conservador con el tipo de personas que había conocido pocas semanas atrás, durante la inauguración de la galería en FreeWest. Esperaba que Paul y Tran hubiesen seleccionado a los menos estrafalarios del grupo.
Sin embargo, ya no había tiempo para más reflexiones. Había hecho cuanto podía para cerciorarse de que la fiesta fuera sobre ruedas. Como recordaba bacanales anteriores en Caidwater, que acabaron en peleas entre borrachos, así como en ménages à trois que aparecieron en los titulares de los periódicos de la mañana siguiente, había contratado un ejército de guardias de seguridad con el propósito de evitar hasta el menor escándalo.
Aquello había sido lo más doloroso, cuando tenía doce, dieciséis y veintidós años. Todavía se le hacía un nudo en la boca del estómago al recordar los titulares. Eran sórdidos pero excitantes… por Dios, habían sido tan sórdidos y excitantes como los hombres de la familia Kincaid, y Rory se parecía tanto a ellos que todo el mundo esperaba más de lo mismo. Durante muchos años esa situación había atraído atenciones indeseadas y críticas inmerecidas.