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Pero la fiesta de esa noche no se parecería en nada a las del pasado. A Dios gracias, había convencido a Jilly de que asistiese. Tal como era previsible, en pocas horas las condenadas fotos de la condonería habían llegado a la red y a los programas de la prensa rosa, pero enseguida quedaron eclipsados por otro alboroto relacionado con el actor principal de la última película de Greg y su caballo. Si hacía acto de presencia con Jilly cogida de su brazo, el episodio del preservativo adornado con falsas piedras preciosas se olvidaría en un abrir y cerrar de ojos y nada echaría a perder los acontecimientos tan esperados de esa velada.

En eso pensaba Rory cuando Iris franqueó la puerta que comunicaba su dormitorio con la sala de juegos. Nada más ver la ropa que se había puesto, Rory se quedó boquiabierto y dijo:

– No.

La niña enarcó las cejas con una actitud imperativa que, muy a su pesar, hizo que a Rory le recordase su propia gesticulación.

– Sí -replicó Iris.

Para la fiesta, la señora Mack le había comprado un conjunto de dos piezas, azul sobre azul, de terciopelo con cintas. Iris aseguró que se vestiría sola, por lo que la señora Mack salió del dormitorio para ocuparse de los mil y un detalles que aún estaban pendientes. Al ver a la niña, Rory se dijo que estaba claro que o Iris no sabía vestirse sola o estaba empeñada en que le pusieran una camisa de fuerza.

Era cierto que Iris se había puesto la ropa nueva, pero no como correspondía. Se había colocado la falda con cinturilla elástica por debajo de las axilas, como si fuera un top ceñido, y abotonado la camisa alrededor de la cintura. Los leotardos azules a juego tapaban su cabellera rubia: se había enrollado las piernas en la cabeza, a la manera de un turbante. También se había puesto del revés los zapatos de charol negro.

Rory cerró los ojos y se esforzó por dominarse. Evidentemente, la pequeña pretendía ponerlo a prueba. En su mesilla de noche había un libro titulado La temible mente de los niños de cuatro años que preveía batallas de ese tipo. Intentó recordar lo que aconsejaba y, como no se le ocurrió nada con la suficiente rapidez, abrió los ojos y señaló hacia el dormitorio.

– Ve a cambiarte… por favor -dijo por fin.

– No.

Kincaid hundió las manos en los bolsillos de la chaqueta del esmoquin y apretó el discurso hasta formar con él una bola.

– Yo diría que sí. Ve a cambiarte ahora mismo. No podemos perder más tiempo. Los invitados están a punto de llegar.

– Yo no quiero ir a la fiesta.

– Me da igual lo que quieras. Esta fiesta es importante y tienes que estar presente -aseguró levantando el tono de voz, pero enseguida lo suavizó-. Al menos tienes que estar un rato. Más tarde vendrá una canguro.

– No quiero una canguro.

– Está bien, vendrá a cuidarte alguien que se ocupa de los niños de cuatro años. Ahora haz el favor de entrar en tu habitación y vestirte como corresponde. -Kincaid carraspeó e intentó sonar convincente-. Vamos, Iris, quiero que vean que eres mi niña preferida.

– ¡No lo haré! -Los ojos azules de la pequeña echaron chispas y elevó el tono de voz-. No lo haré. ¡No quiero ir a la fiesta, no viviré contigo y nunca seré tu niña preferida!

Rory intentó mantener la calma.

– Iris…

– ¿Hay algún problema? -preguntó Greg desde la puerta de la sala de juegos.

Rory se volvió hacia su hermano.

– Pues sí, hay un problema. Está agotada porque te la has llevado a Las Vegas, y ahora se niega a asistir a la fiesta. -Entrecerró los ojos y se dio cuenta de que su hermano llevaba pantalones y botas vaqueros-. ¿Dónde diablos está tu esmoquin?

– Yo tampoco quiero ir a la fiesta -aseguró Greg. Miró a Iris, que había corrido a su lado, y tironeó del turbante fabricado con el leotardo-. Un momento digno de Sombrero azul, sombrero verde, ¿no es así, Bicho?

El mayor de los Kincaid frunció el ceño.

– ¿De qué estáis hablando?

Greg miró atentamente a Rory.

– Hablo de Sombrero azul, sombrero verde, el libro preferido de Iris. Va de animales que se disfrazan; el pavo siempre se equivoca.

Rory arrastró los pies y no tuvo más remedio que reconocer que desconocía cuál era el libro preferido de la cría.

Greg miró a la pequeña y meneó la cabeza.

– Iris, supongo que sabes que lo que has hecho te convierte en el pavo.

La niña puso morritos.

– No soy un pavo.

– Tal como vas vestida, lo eres. -Greg la empujó ligeramente para que fuera al dormitorio-. Haz el favor de arreglarte mientras hablo con Rory.

Iris dirigió a Greg una mirada suplicante y contrariada, pero el actor no le hizo caso, por lo que al cabo de unos instantes echó a andar hacia su dormitorio.

– Todavía te odio -espetó en dirección a Rory, y cerró de un portazo.

– Lamento mucho lo que acaba de decir -reconoció Greg-. Hablaré con ella para que no utilice la palabra «odio».

Rory meneó la cabeza.

– No eres responsable de la niña.

Una expresión insólita demudó las facciones de Greg, que cuadró los hombros.

– Sí, hasta cierto punto lo soy. Anteayer me casé en Las Vegas con la madre de Iris.

Rory lo miró fijamente.

– ¿Qué has dicho?

– Que me he casado.

Rory intentó sonreír.

– No puedo creerlo.

El mayor de los Kincaid pensó que se trataba de una broma de mal gusto. Greg no sonreía.

– Me he casado con Kim Sullivan, la madre de Iris.

– ¿Con quién?

– Convivimos en Caidwater antes de que naciera Iris. Me refiero a Roderick, a Kim y a mí. Fue entonces cuando me enamoré de ella.

Algo frío y viscoso se deslizó por la columna vertebral de Rory.

– ¿Me estás diciendo que eres el pad…?

– ¡No! -Greg avanzó un paso, se detuvo y respiró hondo-. Te mataría por pensar eso de Kim y de mí, pero tendremos que acostumbrarnos a esta situación. Iris es, sin el menor atisbo de duda, hija de Roderick y de Kim. Mientras estuvieron casados jamás toqué a Kim; ni siquiera permitió que le expresase mis sentimientos.

Rory meneó lentamente la cabeza.

– No lo entiendo.

– Ya sé que no lo entiendes. -Greg miró a su hermano a los ojos-. Me enamoré de ella hace más de cuatro años, sin pensar en las consecuencias ni en las complicaciones. Ni siquiera estoy seguro de haber tenido tiempo de pensar en todo ello. -Su boca esbozó una fugaz y pesarosa sonrisa-. Si quieres que te sea sincero, no sirvo para ocultar mis sentimientos. Estoy seguro de que Roderick echó a Kim precisamente por lo que yo sentía. No soportó la posibilidad de tener que competir conmigo.

Rory esbozó un gesto de impaciencia.

– El vejestorio se casó con una tía de dieciocho años y al final se dio cuenta de la realidad. Ella lo hizo a cambio de dinero, influencias o algo por el estilo y por eso la puso de patitas en la calle.

Greg apretó las manos a los lados del cuerpo.

– También me gustaría pegarte por lo que acabas de decir, pero Kim no me lo agradecerá. Te explicará personalmente que estableció con Roderick un acuerdo del que se arrepiente. Era joven y estaba desesperada. De todas maneras, tampoco lo utilizará como excusa. Hay que reconocer, que, cinco años después, ha levantado un negocio y ha logrado una vida gratificante.

Rory seguía sin asimilarlo.

– ¡Por Dios! Greg, ¿te das cuenta de lo que estás diciendo? -preguntó lentamente-. Te has casado con la ex esposa de tu abuelo, con la madre de su hija. Papá nunca llegó tan lejos.

Greg movió afirmativamente la cabeza.

– Es verdad. Además, queremos la tutela de Iris.

Rory se quedó nuevamente boquiabierto.

– ¡Me tomas el pelo! ¡Roderick dejó la tutela de la niña en mis manos!

– Pero yo he convivido con ella durante toda su vida. Soy lo más parecido que ha tenido a un padre y quiero serlo para ella. -La mirada de Greg se tornó acerada-. Roderick te escogió para vengarse de mí y, si a eso vamos, no eres la persona más idónea para tratar con Iris.