– Ni que lo digas. Greg, eres actor, es decir, tan inestable e irresponsable como Daniel y Roderick.
Se produjo una larga pausa, después de la cual Greg adoptó una expresión fría e implacable.
– Maldito seas, Rory. -Su tono destiló furia soterrada-. Maldito seas por no mirar más allá del apellido Kincaid y ver el hombre que soy.
Igualmente furioso, Rory también se tensó.
– ¿Dices que no veo más allá del apellido Kincaid? Greg, maldita sea tu estampa, es lo que he intentado a lo largo de toda mi vida. Quiero que el apellido Kincaid represente…
– Algo distinto. -Greg acabó la frase iniciada por su hermano-. Rory, debes saber que no me avergüenzo de lo que soy ni de mi profesión. Además, tampoco soy nuestro padre, que solo se ocupa de sus necesidades egoístas, ni nuestro abuelo, que manipuló a cuantos lo rodeaban para poder ejercer su poder. Si quieres saber la verdad, lo que acabo de decir suena más a ti.
– ¿De qué coño estás hablando?
Un músculo crispó la mandíbula de Greg.
– Piensa en lo que últimamente has hecho en nombre del honorable Partido Conservador. Me refiero a tu supuesto compromiso y también a Iris. Si de verdad quieres que el apellido Kincaid represente algo distinto, creo que deberías reflexionar sobre lo que la niña necesita y dejar de utilizarla como harían nuestro abuelo o nuestro padre.
La ira encendió la sangre de Rory. Su hermano acababa de soltarle una perorata. Su hermano pequeño, que trabajaba en Hollywood, pretendía decirle lo que estaba bien y lo que estaba mal. Si no fuera por él, Greg no sabría distinguir lo uno de lo otro.
– Te diré que…
– ¡Señor Rory! -gritó la señora Mack desde el pasillo-. ¡Los invitados están llegando!
Rory cerró los ojos. ¡Mierda! Se había olvidado completamente de la fiesta. Cargada de truenos, la nube de su perdición descendió y se apoyó pesadamente en sus hombros.
– ¡Señor Rory! -insistió la señora Mack.
El aspirante a senador abrió los ojos.
– ¡Enseguida voy! -Señaló con el dedo a su hermano y añadió-: Hablaremos más tarde.
– Rory, no cederé. -Greg se cruzó de brazos-. Esta vez no daré el brazo a torcer ni cambiaré de opinión con respecto a Iris.
Rory desoyó esas palabras y pasó rápidamente junto a su hermano. Corrió escaleras abajo y vio que la primera invitada, que permanecía indecisa en el vestíbulo, era Jilly.
La inmediata y abrumadora sensación de placer que experimentó al verla le erizó el vello del cuerpo. La miró con cara de pocos amigos y declaró:
– Llegas tarde.
Rory no tenía ni idea de la hora que era; además no le había dicho cuándo debía llegar.
La joven levantó la barbilla y entornó sus bonitos ojos verdes.
– No me dijiste a qué hora tenía que venir.
Jilly era más lista de lo que parecía y estaba… ¡Por Dios, parecía un hada de san Valentín! Un hada pechugona, pero hada al fin. La falda larga era de tono rosa suave y sobre la tela más tupida había otra capa transparente que se ahuecaba ligeramente. Un top peludo, con las mangas pegadas a los hombros y del mismo tono rosa, la cubría del canalillo al talle. Se había pintado los labios de un rosa más intenso y su pelo oscuro lucía bucles casi domados, que le caían sobre los hombros. Llevaba adornos brillantes en la melena.
Deslumbrado, Rory parpadeó. Tuvo la sensación de que decenas de minúsculos rubíes salpicaban los bucles de Jilly. Intentó tocarlos, casi sin darse cuenta de lo que hacía. Jilly retrocedió y al moverse dejó al descubierto una pequeña parte de su vientre, entre la cinturilla de la falda que le rozaba el ombligo y la goma elástica del top.
En su ombligo lucía un rubí del tamaño de una pequeña moneda.
La lujuria le asestó un soberano puñetazo. También se quedó afectado por otra emoción innombrable e innegable. Dicha emoción lo golpeó en otro lugar, en una parte más profunda de su ser, y durante unos instantes se quedó sin respiración. Finalmente recuperó la voz.
– Jilly…
– ¡Hola, Rory, estás aquí! ¿Adónde quieres que vayamos? -dijeron unas voces.
Kincaid no podía apartar la mirada de la mujer que tenía delante.
– ¿Cómo? -inquirió distraído; ni siquiera sabía quién había hablado.
Sus sentidos estaban exclusivamente centrados en Jilly. Olió su perfume y, pese a la distancia que los separaba, notó el calor de su piel.
La habría lamido de la cabeza a los pies. La habría besado, devorado, estrechado contra sí y la habría penetrado, como la última mañana que estuvieron juntos. Ansió estar tan pegado a ella que nada pudiera separarlos.
Una mano presionó su brazo.
– Buscamos a Paul y a Tran.
Rory miró en dirección al sonido, observó a Jilly y repitió la operación. La voz pertenecía a Aura. La astróloga, el doctor John y un grupo de personas ataviadas con chalecos rojos a juego sobre sus peculiares vestimentas aguardaban instrucciones. Rory tragó saliva y preguntó:
– ¿Qué…? ¿Por qué estáis aquí?
– Hemos venido a ayudar a Paul y a Tran -repuso Aura sonriente. Bajo el brazo llevaba el cuaderno de tapas azules-. ¿Qué opinas de nuestros chalecos? Desempolvé mi máquina de coser y los hice con mis propias manos. Las costuras están reforzadas. Están totalmente forrados, pero no creo que sea necesario llevarlos al tinte. Bastará con lavarlos en el programa para prendas delicadas y pasarles la plancha tibia.
Rory la miró boquiabierto. Aura no solo se parecía muchísimo a Martha Stewart, sino que, por lo visto, también era capaz de hablar como la decana de las tareas domésticas.
– Los chalecos están muy bien -respondió distraído.
La astróloga sonrió.
– Dime, ¿dónde están Paul y Tran? Hemos venido a echarles una mano.
Al pasear la mirada por el grupo de excéntricos, el placer momentáneo que Rory había experimentado al ver a Jilly se convirtió en una fría consternación. Tendría que estar preparado porque sabía que esa noche los residentes de FreeWest pondrían su granito de arena, pero había preferido engañarse pensando que ya había pagado lo suficiente para evitar batacazos.
La luz del impresionante candelabro de hierro forjado y cristales de colores del vestíbulo se reflejó en la calva del igualmente imponente doctor John. También destacó los diversos piercings que el hombretón lucía en distintas partes de su anatomía. Alguien sonrió alegremente desde detrás del hombro del doctor John, y Rory supuso que se trataba del dependiente de la condonería, ese ser del que era imposible deducir el sexo.
Kincaid miró fijamente al dependiente, que tenía los dientes delanteros adornados con sendas banderas estadounidenses fielmente reproducidas; prefirió no pensar en el complejo proceso que llevaba a ese resultado. Tras el dependiente había varias personas que, salvo la última, lucían sorprendentes cortes de pelo, tintes, tatuajes o una combinación de los tres.
Rory apartó la mirada y se presionó las sienes.
– Paul y Tran están en la cocina; está por allí.
El dueño de casa señaló con el dedo y vio que el grupo se volvía y echaba a andar formando una desordenada fila. El gemido que acababa de descubrir que era capaz de emitir salió de sus labios al ver que el último residente de FreeWest, el único que de frente parecía mínimamente normal, llevaba el pelo con rastas hasta la cintura.
¡Dios mío…! ¡Dios mío…! ¡Dios mío…! A Rory no se le ocurrió un solo taco con el que maldecir el lío en el que se había metido. Estaba en un buen aprieto y no podía hacer nada, ya que los invitados no tardarían en llegar. Seguramente no imaginaban que asistirían a una fiesta en la que se haría realidad la peor pesadilla del anfitrión.
En cuanto los residentes de FreeWest desaparecieron de su vista, Kincaid se dirigió a Jilly, diana roja y rosa de su impotencia y sus presentimientos, y se quejó: