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– ¿Por qué no le dices que prefieres que continúe? ¿Por qué no le confiesas tus sentimientos?

– ¿Qué dices? -Jilly abrió desmesuradamente los ojos-. A Rory no le interesa el amor de una mujer como yo.

– Eso no te lo crees ni tú -la regañó Kim-. Por eso insistió en que dijerais que estáis comprometidos e hizo un pacto contigo para llevarte a la cama.

Jilly se mordió el labio. Era posible que Rory la desease, pero también sabía que era lo peor que podría hacer. Tenía otro motivo para no decirle la verdad, un motivo que predominaba por encima de todos los demás.

– ¿Y si utiliza esos sentimientos en mi contra? -preguntó la joven con voz ronca.

Aquella era la lección que había aprendido de su abuela: el afecto puede emplearse para hacer daño, manipular y humillar, y Jilly no estaba dispuesta a permitir que alguien volviese a tener ese dominio sobre ella.

– Jilly… -dijo Kim, y en su tono hubo una congoja equivalente a la que afligía el corazón de su amiga.

Un movimiento llamó la atención de Jilly, que cogió la copa de champán de la mano de Kim y añadió:

– Greg está en aquel rincón e intenta llamar tu atención. Será mejor que averigües qué quiere.

Kim dirigió una última mirada de preocupación a su amiga y no tardó en reunirse con su marido. Jilly se apoyó en la balaustrada, observó cómo la ex modelo se alejaba y pensó que, en realidad, caminaba hacia una nueva vida. Eso también era consecuencia de sus rifirrafes con Rory.

Había perdido a su amiga. Durante cuatro años Jilly y Kim habían luchado contra el mundo. El negocio y la amistad proporcionaron a Jilly un punto de referencia y una finalidad, pero ahora Kim tenía a Greg y a su hija. Jilly no se lo censuraba en absoluto, pero eso significaba que sus vidas cambiarían. Significaba que volvía a estar sola, como durante los años pasados en la casa gris y blanca de su abuela.

Cerró los ojos con fuerza y reprimió el escalofrío que amenazaba con dominarla. Se dijo que así era la soledad, oscura y absorbente, y que ya encontraría la manera de combatirla.

Llegó a la conclusión de que era absurdo sentirse tan triste. Carecía de sentido porque había estado sola la mayor parte de su vida y estaba segura de que no tendría dificultades para salir a flote.

Respiró hondo y abrió los ojos. Caidwater se había llenado de invitados, muchos de los cuales habían salido a la terraza. A través de las cristaleras, vislumbró que Rory se encontraba en la biblioteca en compañía del senador; claramente a sus anchas con el traje de etiqueta, el dueño de la casa tenía el aspecto de un rico triunfador y sus facciones exóticas lo volvían todavía más irresistible.

Se estremeció al recordar esas manos cálidas que se habían deslizado lentamente por su piel, el tono risueño con el que había reconocido que le molestaba despertar con el pelo tan revuelto y el encaje de sus cuerpos, tan preciso como el de una llave en la cerradura. A pesar de su voto de castidad, lo cierto es que Rory había despertado su sensualidad y su corazón.

Kincaid volvió la cabeza cuando se le acercó una belleza rubia con un ceñido vestido azul hielo. Rory se inclinó y la besó en la boca. Aunque solo fue un saludo, Jilly estuvo a punto de quedarse sin aliento. El resto de su respiración se lo llevó la forma nada casual en la que la mujer alta lo cogió del brazo. Era el tipo de mujer que a Rory le interesaba, alguien que estaba a la altura de lo que él quería en la vida.

Jilly les volvió la espalda y miró hacia los jardines. Bueno, ahí estaba el fin de lo que había existido entre ellos. Lo había visto y había sobrevivido. Ya nada podía ir peor.

En ese preciso instante percibió un aroma conocido y caro, y alguien la llamó:

– ¡Gillian…!

Era su antiguo nombre, pronunciado por una voz inconfundible. El pasado resurgió y con él la sensación clara de que todo podía empeorar… muchísimo.

Jilly apoyó una mano en la balaustrada de piedra y se volvió. Esa soledad oscura y aterradora volvió a dominarla y reprimió el desagrado que le produjo el escalofrío que le recorrió la espalda.

– Jilly, abuela, ya no me llamo Gillian -puntualizó, y miró con frialdad a la mujer que, aunque la había criado, jamás la había querido-. Mi madre quería que me llamasen Jilly y así me llamo ahora.

Rory se liberó de las garras de Lisa. Quería controlar el desarrollo de la fiesta y, lo que era todavía más importante, el paradero de Jilly. La discusión que habían mantenido le había dejado mal sabor de boca y un peso abrumador en el pecho. Aún no había decidido si quería disculparse o librar algunos asaltos más, pero sabía perfectamente que deseaba estar con ella.

Sonrió amablemente al senador y dijo:

– Le pido mil disculpas, pero tengo que ocuparme de algunos asuntos.

El anciano inclinó su cabeza plateada.

– Hijo, no tardes en volver y trae contigo a Gillian… mejor dicho, a Jilly. Quiero que hagas la declaración lo antes posible y ella debe estar a tu lado. Así esta velada se convertirá en una celebración.

La declaración… Rory se llevó la mano al arrugado papel que guardaba en el bolsillo e intentó pasar por alto la envolvente nube que descendía cada vez más. Impostó otra sonrisa y replicó:

– Señor, enseguida vuelvo.

Como creía haber visto a Jilly en el exterior, salió rápidamente a la terraza. Una vez allí, lo abordó el jefe del servicio de seguridad contratado para la fiesta.

– Señor Kincaid… -dijo el hombre en medio de los suaves sones de la orquesta.

Rory notó que su expresión era muy seria y frunció el ceño.

– ¿Hay algún problema?

– En la entrada de la casa se han congregado varios periodistas que tienen credenciales pero no figuran en la lista.

– ¿Ha dicho credenciales? En ese caso, ¿qué pro…?

Kincaid calló porque avistó a Jilly y la actitud de la joven llamó su atención. Estaba en la otra punta de la terraza, apoyada en la balaustrada con actitud tensa y rígida, y fruncía el entrecejo mientras escuchaba a la mujer canosa que tenía delante.

Aura se acercó con una bandeja de canapés.

– Rory, ¿te molestaría que repartiera mi tarjeta?

El dueño de la casa giró la cabeza hacia la astróloga.

– ¿Cómo dices?

Aura depositó la bandeja en manos del guardia de seguridad, que la cogió con fuerza. La astróloga introdujo la mano en el bolsillo del chaleco rojo y sacó un pequeño fajo de tarjetas.

– Las llevo siempre conmigo. Nunca se sabe en qué momento alguien puede necesitar mi ayuda.

– Señor, ¿qué quiere que les diga a los periodistas apostados en la verja? -insistió el guardia de seguridad.

Una mujer demasiado delgada y peinada con excesiva laca cogió a Aura del brazo y preguntó:

– ¿Eres la que esta noche adivina el porvenir? Soy géminis con ascendente virgo.

Aura sonrió a la desconocida.

– Un momento, querida. Rory, ¿me lo permites?

Kincaid no pudo responder porque la mujer mayor que hablaba con Jilly se volvió. Ese rostro conocido le produjo un escalofrío e intentó recordar su nombre. Claro que sí, se trataba de Dorothy Baxter; el senador se la había presentado hacía varios meses en otra fiesta para recaudar fondos.

Dorothy Baxter era una vieja y generosa amiga del senador y, por consiguiente, una persona importante para el Partido Conservador. ¿Qué hacía hablando con Jilly?

– Rory… Rory… -Aura insistía-. Rory, ¿puedo repartir mi tarjeta?

– Señor Kincaid, ¿qué hago con los periodistas? -preguntó el jefe de seguridad, que seguía sujetando la bandeja.

Rory concentró su atención en las cuestiones más acuciantes. Buscó rápidamente una solución y replicó al jefe de seguridad:

– Aunque no figuren en la lista, si tienen credenciales los periodistas pueden entrar, pero no quiero cámaras.

– Sí, señor.

El jefe de seguridad asintió y miró la bandeja de canapés y a Aura, que charlaba animadamente con su clienta en ciernes.